Capítulo 3
Por la boca vive el pez
Fito & Fitipaldis & Andrés Calamaro
Quiero mirar tus ojos del color de la Coca Cola.
N o soporto verla llorar. Ni siquiera es la primera vez que la he visto triste. Todavía recuerdo aquella verbena de hace unos años cuando encontré a Sofi llorando detrás de los baños portátiles por culpa de un imbécil con el que había estado quedando.
Ella pensaba que nadie la había visto. Pero yo sí.
La vi secarse las lágrimas con rabia. La escuché insultarse a sí misma por haber vuelto a confiar en alguien. Y me quedé al otro lado de la esquina con las manos apretadas en puños porque, durante unos segundos, pensé seriamente en matar a alguien.
Dramático. Sí, pero también verdad.
Lo que Sofi no sabe es que al día siguiente fui a buscar al gilipollas aquel a la salida del supermercado donde trabajaba. No estoy orgulloso. Tampoco soy un matón. Pero hay líneas que simplemente no permito que la gente cruce.
Y hacer llorar a Sofía es una de ellas.
Así que esperé apoyado en el coche de mi padre hasta que salió por la puerta trasera con el uniforme verde arrugado y cara de cansancio.
Cuando me vio, frunció el ceño. Ni siquiera sabía quién era yo.
Curioso.
Porque yo sí sabía perfectamente quién era él. El imbécil que había jugado con la chica en la que llevo pensando media vida.
—¿Gael, no? —preguntó confundido.
—Tenemos que hablar.
La conversación duró poco.
Muy poco.
Le expliqué a base de semántica como se tratan a las mujeres. Aunque, seguramente el puñetazo ayudó a sintetizar bastante bien el mensaje.
Después de aquello, desapareció de la vida de Sofi y yo fingí que aquello bastaba. Que mientras nadie volviera a hacerla llorar, todo estaría bien.
Pero la verdad era otra.
Cada vez que alguien le rompía un pedazo del corazón, sentía que me rompían algo a mí también.
Porque llevaba cinco años enamorado de ella.
Y aún me quedaban muchos más por aprender que querer a alguien también significa saber cuándo acercarte... y cuándo solo puedes quererla en silencio.
—¿Te has vuelto a quedar en la inopia?
La voz de mi abuela me devuelve al presente. La miro de reojo mientras me quito las gafas que uso para ver de cerca. Las uso más de lo que me gustaría, ya que estoy estudiando para conseguir una plaza fija en algún colegio.
Ser profesor interino no mola. Cubres bajas, o como mucho un curso escolar y vuelves a estar sin trabajo. No soy mayor, apenas tengo treinta años, pero me gustaría estabilizarme en algún sitio, aunque sea temporalmente hasta poder conseguir una plaza en el colegio del pueblo.
En eso mi hermano y yo no nos parecemos.
Se enamoró de una chica de Alicante y se fue sin mirar atrás. Supongo que tampoco ayuda el tener una madre que a ratos es insoportable y un padre que, por no discutir, no le lleva la contraria nunca.
También es cierto, que uno de los motivos que me atan a seguir volviendo a casa es mi abuela.
Ya está bastante mayor y estos últimos años ha pegado un bajón bastante notorio.
Ya no sale de casa, sus piernas no se lo permiten.
Tiene ayuda de Sofía para casi todo y por las noches nos turnamos entre mi padre y yo.
Tengo pánico de marcharme y que en cualquier momento suene el teléfono con la fatídica noticia de que ha fallecido y no haya podido estar a su lado.
—Un poco. La cabeza me va a explotar de tanto usarla —respondo sin pensar.
Mi abuela se ríe con malicia y cuando consigue hablar me suelta sin filtro:
—¿La de arriba o la de abajo?
Rompo a reír a carcajadas con ella sin poder evitarlo.
Es única. Siempre ha sido bastante moderna para su época y no se corta a la hora de sacarme los colores.
—La de abajo está cerrada a cal y canto —respondo dejándome caer en el respaldo de la silla.
Mi abuela arquea una ceja y me escanea como solo ella sabe hacer.
—No será por falta de pretendientas. Eres muy guapo y por lo que me he enterado, estuviste viéndote unos meses con una chica.
Hago un gesto con la mano quitándole importancia.
—Estoy centrado en estudiar, abuela. Quiero conseguir una plaza fija y necesito sacar el tiempo de debajo de las piedras. Si me echo novia, sé que no le voy a dedicar el tiempo necesario. Soy joven. Ya tendré tiempo para tener pareja.
Mi abuela suspira antes de tomar un sorbo de agua.
—Eso es porque no te has enamorado.
Si tu supieras…
El sonido de la puerta corta la conversación en seco.
Sofía entra en el salón tan preciosa como siempre. Se ha cortado el pelo a la altura de los hombros y viste un vestido de verano azul con flores blancas y amarillas.
Me quedo más segundos de lo que me gustaría enganchado a su mirada y mi abuela carraspea devolviéndome a la realidad.
Me pongo las gafas de nuevo y entierro la cabeza entre los apuntes.
« ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza! »
Miro de reojo a mi abuela que ya tiene una sonrisita que no me gusta un pelo.
Si. Que no os engañe la abuela Reme. Tendrá noventa y cuatro años. Pero como dice el refrán: «Más sabe el diablo por viejo que por diablo».
—Reme, ¿qué te apetece para merendar? —pregunta Sofía mientras deja el móvil y las llaves sobre la mesa.
Mi abuela me guiña un ojo antes de contestar:
—Un café con leche y uno de esos dulces que escondes en lo alto del armario.
Me quito las gafas para poder atravesarla mejor con la mirada.
—¿Café? Sabes de sobra que no puedes tomar —dice Sofía poniendo los brazos en jarra.
—¿Y eso quien lo dice? —pregunta mi abuela con toda su jeta.
—El médico —respondemos Sofía y yo a la vez.
Nuestras miradas vuelven a chocar como dos trenes de mercancía sin frenos y cuesta abajo.
—¡Ohh, por Dios! —dramatiza mi abuela—. Por un café flojito al día no me va a pasar nada.
Niego con la cabeza mientras me levanto y me dirijo a la cocina. Sofía me pisa los talones y al entrar me freno en seco provocando que se choque contra mi espalda.
—¡Por las chanclas de Moisés! —dice Sofía llevándose la mano a la nariz—. ¿Es que no puedes tener más cuidado?
Me cruzo de brazos intentando aparentar que no me afecta, cuando en realidad, me muero por abrazarla y comprobar si está bien.
—¿No deberías ser tú la que mira por dónde vas? —la pregunta sale más arisca de lo que pretendía.
Sofía me lanza dagas invisibles con la mirada y con razón. Cada vez que la tengo delante me comporto como un gilipollas de manual.
—No, si ahora también dentro de mis funciones, tengo que saber cuándo vas a pararte en seco.
Nos retamos con la mirada no sé cuánto tiempo. Solo sé que mi abuela grita desde el salón:
—¿Me vais a traer la merienda hoy o mañana?
Sofía pone un mohín muy gracioso con los labios al aguantarse la risa.
—Anda, apártate y déjame de hacer mi trabajo —dice de mala leche.
No le hago caso. Abro el armario de los dulces y veo el arsenal que hay ahí.
—Joder. Hay comida aquí para alimentar a todo el pueblo.
Me ignora.
Me giro y la veo que está poniendo un poco de café con mucha leche a calentar en el microondas.
—Si se toma ese café, sabes que luego no querrá dormir.
Sofía se apoya en la encimera y la muy cabrona se cruza de brazos provocando que sus pechos amenacen con salírsele del vestido. Mis ojos se desplazan desde su cara a sus tetas involuntariamente más veces de las que me gustaría.
—Lo sé. Para eso estás tú aquí por la noche… —dice con ironía mientras saca el café del microondas.
¡Será cabrona!
—¿Lo estás haciendo adrede? —pregunto acercándome demasiado sin poder evitarlo.
Sofía estira el cuello hacia arriba para poder mirarme a la cara.
Es tan menudita…
La de cosas que le haría con ese puto vestido, joder.
—Puede… —responde mordiéndose el labio.
Mis neuronas cortocircuitan en ese instante y la arrincono contra la encimera sin pensarlo demasiado. Me deleito en sus labios un poco más hasta que Sofi se pasa la lengua por el labio inferior. Trago saliva mientras asciendo despacio hasta llegar a sus ojos.
Que bonitos que son…
Son perfectos. Tienen un marrón profundo y su forma es rasgada.
—No juegues con fuego Sofía… Puede que nos conozcamos de toda la vida, pero necesito descansar —susurro con voz ronca intentando que mi abuela no me escuche.
Sofía baja apenas una fracción de segundo la mirada a mis labios. Tan rápido que parece una alucinación, pero sé que ha sido real.
—¿Y qué pasaría si te dijera que no me asusta el fuego? —responde tragando saliva.
Cojo aire y al instante me arrepiento. Huele a vainilla y verano. Y mi cerebro empieza a enseñarme imágenes que llevo demasiados años intentando enterrar:
Sofía debajo de mí, riéndose contra mi boca, durmiendo en mi cama, quedándose.
Mala idea.
Muy mala idea.
—Hay incendios que no se pueden controlar. —Me separo antes de cometer una locura—. No despiertes al demonio que llevo dentro, Sofía.
Pongo algo de distancia y cojo lo primero que hay en el armario para que ella no se suba de nuevo a la silla.
—Por cierto, te queda muy bien el pelo así —digo antes de salir de la cocina sin mirar atrás.
Recojo las cosas del salón y me encierro en la habitación lo que queda de tarde.
Si salgo, no sé si seré capaz de controlarme.