El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 1
3%

Capítulo 1

Puede ser

El canto del loco es peor.

De esos que parecen inofensivos hasta que sonríen y consiguen que se te olviden hasta las tablas de multiplicar.

Tiene cara de niño bueno y mirada de protagonista de dark romance .

Es guapo y lo sabe el muy canalla.

Siempre lo ha sido. En las fotos que tiene la señora Reme en el salón, ya desde pequeño, apuntaba maneras. Supongo que ligues no le faltarán, aunque rara vez lo he visto con alguna chica por el pueblo.

Cuando termino de guardar la compra en los armarios inferiores, me incorporo con un suspiro y dejo la bolsa reutilizable sobre la encimera.

Gael sigue junto al fregadero limpiando la taza de café de su abuela con una tranquilidad que empieza a ponerme nerviosa.

« ¿No tenía algo mejor que hacer? Porque yo sí » .

Con él mirándome de reojo cada treinta segundos, respirar ya me estaba costando bastante.

Aprieto los labios y saco una silla para alcanzar el armario superior.

—Eso no parece muy seguro —comenta a mi espalda.

Ni siquiera me giro.

—Llevo sobreviviendo sola muchos años, gracias.

—Ya, y aun así has decidido desafiar a la gravedad con unas zapatillas que resbalan.

Mierda.

Bajo la vista un segundo hacia mis deportivas y después vuelvo a colocar las galletas en el estante más alto.

—Tu abuela tiene un radar para el azúcar.

—Eso es verdad.

Noto cómo se mueve detrás de mí.

Demasiado cerca.

El aroma limpio de su colonia me alcanza incluso subida a la silla, y, tengo que concentrarme en no pensar en lo absurdo que resulta estar nerviosa por alguien a quien conozco desde que llevaba pantalones pirata y ortodoncia.

—Espera, voy a sujetarte la silla...

Justo cuando me giro un poco para mirarlo, apoyo mal el pie. La silla se tambalea provocando que mi corazón de octogenaria sedentaria se sobresalte. Después, el vacío y la gravedad en todo su esplendor.

—¡Mierda!

Todo ocurre demasiado rápido.

Por el camino hacia el impacto, me cago en los fabricantes de zapatillas low cost con suelas de pacotilla, en las sillas de la época franquista y mi escaso equilibrio.

En ese instante acepto mi destino: morir aplastada por un paquete de galletas en casa de mi jefa. Una esquela poco digna, la verdad.

Sin embargo, el golpe nunca llega.

Siento unos brazos rodeándome la cintura antes de que llegue al suelo. Abro los ojos despacio. Gael me sostiene con una facilidad insultante, una mano firme en mi espalda y la otra aferrada a mi cintura.

Demasiado cerca.

Tan cerca que puedo distinguir las pequeñas motas color miel alrededor de sus pupilas.

—Te tengo —murmura.

Y no sé qué me pone más nerviosa: estar prácticamente encima de él… o la forma en que lo dice.

Por unos segundos el mundo se detiene. Ninguno de los dos respira. El silencio se instala en la diminuta cocina hasta que la voz de la señora Reme me saca del trance en el que mi cerebro ya estaba inventando escenas no aptas para menores de dieciocho años y con poca ropa… o ninguna.

—Sofía, ¿estás bien?

En apenas un segundo, Gael me suelta como si se hubiera quemado. Chasquea la lengua mientras sale en tromba hacia el salón.

—Sí, abuela. Está bien. Casi se cae de la silla acomodando algunas cosas de la compra… —responde Gael.

—¿Y tú por que la dejas subirse a la silla? —Silencio—. ¿Es que no te he educado bien?, ¿Qué modales son esos? —continúa Reme con el interrogatorio.

Me llevo una mano a la boca para contener la risa.

Con noventa y cuatro años tiene mala leche para dar y regalar.

—Abuela…

—¡Ni abuela ni ocho cuartos! —vocifera Reme con tanta energía que seguro se ha enterado todo el bloque de vecinos—. Ahora mismo vas a la cocina y la ayudas en lo que precise. Desde que ha cogido peso le cuesta más hacer las cosas —susurra o hace el intento ya que lo escucho perfectamente.

Y razón no le falta.

A veces cuando subo las escaleras me falta un poco el aire. Me digo que es por el calor, pero sé que también tiene mucho que ver que mi peso ha aumentado en los últimos años.

—¡Abuela! ¿La de no hablar sobre cuerpos ajenos te la conoces? —responde Gael en tono de reproche.

Hay algo en su tono que me hace alzar la vista. No suena avergonzado. Suena molesto de verdad.

Se me calientan las mejillas al instante.

—¿Y tú la de ayudar a Sofía si ves que no alcanza un armario? —replica Reme al instante.

Escucho resoplar a alguien. Me juego la mano y no la pierdo a que es Gael. Tiene su carácter y sé que se está conteniendo para no contestar.

—Le he dicho que no se subiera a la silla —contesta—. Pero alguien decidió que era buena idea hacerse la independiente.

—¡Será cretino! —susurro sin poder contenerme.

Y el muy idiota tiene la poca vergüenza de sonreír al escucharme.

Solo un poco.

Pero lo suficiente para que me entren ganas de tirarle la caja de galletas a la cabeza.

—Pues eso —dice la Reme—. Dos cabezotas. No sé cómo vais a sobrevivir juntos.

El silencio que sigue después es tan brutal que incluso la nevera parece dejar de hacer ruido.

Parpadeo.

Gael también.

Y la muy bruja empieza a reírse desde el salón.

Escucho unos pasos acercarse por el pasillo y finjo que estoy ocupada acomodando algo en uno de los armarios.

—Bajo un segundo a fumar. No tardo —dice Gael antes de cerrar la puerta con demasiada energía.

Y yo… me quedo apoyada en la encimera con las palabras de la señora Reme resonando en bucle en mi cabeza: « Desde que ha cogido peso le cuesta más hacer las cosas ».

Qué maravilla.

Trago saliva. Intento ignorar el nudo que empieza a formarse en mi garganta, pero una lágrima traicionera termina deslizándose por mi mejilla antes de que pueda detenerla.

Maldición.

Voy hasta el espejo de la entrada y me limpio rápido con las yemas de los dedos, procurando no arrastrar la raya negra del ojo y acabar pareciendo un panda deprimido.

Justo entonces la puerta vuelve a abrirse. Gael entra con el pelo revuelto por el viento y expresión seria.

Al verme frente al espejo se detiene en seco.

Sus ojos bajan directamente a los míos.

—¿Por qué lloras? —pregunta frunciendo el ceño—. ¿Te ha dicho algo mi abuela?

Me giro demasiado rápido.

—¿Qué? No. Qué va.

Echo un vistazo rápido a mi reflejo. Bueno. Quizá sí tengo cara de haber llorado un río entero.

—Me ha entrado algo en el ojo y…

Gael se acerca despacio.

Un paso. Otro. Y otro… Hasta invadir completamente mi espacio.

—…ha empezado a llorarme —termino con menos convicción de la que pretendía.

No dice nada enseguida.

Solo me observa. Demasiado. Como si estuviera intentando decidir cuánto de la mentira piensa dejarme sostener.

—Mientes fatal —murmura al cabo de unos segundos—. Tienes los dos ojos a punto de desbordarse.

Contengo el aliento.

Mierda.

« ¿Por qué es tan observador? »

Gael aprieta la mandíbula. Por un instante parece querer decir algo más. Algo importante. Pero finalmente aparta la mirada y da un paso atrás.

—No le hagas caso —dice en voz baja—. Mi abuela a veces habla sin pensar.

La frase me golpea más de lo que debería.

Porque sé que intenta ayudar. Y porque una parte ridícula de mí desearía preguntarle si él piensa lo mismo.

Gael se pasa una mano por la nuca mientras deja salir un suspiro entre sus labios.

—Puedes irte si quieres. Yo me encargo de la fiera de mi abuela.

Y esta vez, antes de entrar al salón, sí me mira. Solo un segundo. Pero es suficiente para dejarme todavía más nerviosa que antes.

Y eso es peligroso.

Porque no debo olvidar que Gael siempre me ha odiado.