El verano en que dejaste de odiarme Prólogo
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El verano en que dejaste de odiarme

El verano en que dejaste de odiarme

Por Jessica C. Diaz

© inepub.com

Prólogo

Ave María

David Bisbal

Y cuando yo te veo, no sé lo que siento.

Verbena de Fanzara, hace quince años.

E l verano olía a pólvora, cerveza derramada y fritanga.

A esas alturas del mes de agosto, el pueblo entero parecía pegajoso fruto de la humedad asfixiante.

Las luces de colores cruzaban la plaza de lado a lado y por los altavoces sonaba Ave María de David Bisbal demasiado alto, mientras los niños corrían entre las mesas y los mayores discutían por el mus.

Yo odiaba las fiestas del pueblo.

O eso decía siempre con la boca pequeña.

—No pongas esa cara, anda —se burló mi hermano, dándome un golpe en el hombro—. Pareces un viudo de cuarenta años.

Le lancé una mirada asesina y él se rio todavía más antes de levantar la mano para saludar a alguien detrás de mí.

No hacía falta girarme para saber quién era.

La reconocería hasta entre cien personas.

—¡Sofi! —gritó Dani.

Y ahí estaba ella.

Vaqueros cortos, camiseta blanca anudada a la cintura, el pelo rosa recogido en una coleta alta y esa sonrisa que hacía que todo el mundo pareciera girarse a mirarla, aunque seguramente solo me pasaba a mí.

Bueno… a mí y a medio pueblo.

—¿Qué pasa, familia? —saludó acercándose a nosotros.

A nosotros, pero le sonrió a él.

A Dani.

Como siempre.

Noté algo raro en el pecho. Algo incómodo. Caliente. Como cuando tragas demasiado rápido y el aire se queda atrapado donde no debe.

—Mira quién ha crecido este año —dijo Sofi revolviéndome el pelo al pasar.

Me aparté de golpe.

Ella soltó una carcajada.

—Uy, perdón. Está en esa edad en la que le da vergüenza existir.

—Déjalo, que está insoportable desde que empezó el verano —añadió mi hermano.

Insoportable.

Claro.

Porque era muchísimo más fácil parecer borde que explicar por qué me molestaba tanto verla tocar a otros como si nada.

O por qué me sabía de memoria cada color de pelo que había llevado desde que yo tenía doce años.

O por qué siempre me fijaba en ella primero al llegar a cualquier sitio.

Sofi siguió hablando con mi hermano, mientras yo me quedaba callado apoyado contra la barra, fingiendo desinterés. Entonces ella se rio. Dani le pasó un brazo por los hombros y algo dentro de mí se tensó tan fuerte que tuve que apartar la mirada.

Fue esa noche.

No antes.

No después.

Esa.

La noche en la que entendí que había cosas mucho peores que odiar a alguien.

Como querer que te mire a ti… y descubrir que nunca lo hace.