CAPÍTULO 25
En voz alta
Mi mini yo que vive en mi cabeza me estaba dando un sermón, diciendo que siempre me quejo de no poder tomar mis decisiones y que quería crecer.
«Veme ahora aquí, jugando a ser adulta, sin excusa para esconderme.
Ahora se puso bonita la cosa, Reny. Ve y sé una niña grande», dijo la vocecita, empujándome a tomar un respiro profundo.
Miré a Tomás —Tomás merecía, por lo menos, que no le mintiera—. Y dije la verdad, completa.
—Tomás. Tú me diste lo más bonito de este viaje. —Me tembló la voz, pero no me detuve. Me trataste como nadie me había tratado: me viste como alguien que valía la pena esperar. Y lo intenté. Te juro que lo intenté. Quise que fueras tú, porque contigo todo era fácil y sin dramas.
Tragué saliva. —Pero no me sale, Tom. Lo intenté en cada beso, pero mi cuerpo nunca llegó a donde llegaba mi cabeza. No es por ti, y sé que suena a cliché, pero en serio: llegaste en un momento de confusión y no es justo que quedes en medio.
El patio estaba en silencio absoluto. Hasta los grillos parecían estar escuchando el chisme.
Tomás me miró un largo rato. Y vi cómo, detrás de sus ojos, peleaban dos personas: el chico herido que acababa de soltar todo ese veneno, y el otro, el de siempre, el que andaba por el mundo en paz y sin reloj.
Ganó el de siempre.
Cerró los ojos un segundo, respiró, y cuando los abrió ya no había rencor. Había algo más triste y más bonito: aceptación.
—Sabía que ibas a decir eso —dijo, con media sonrisa—. Sabía que, cuando te besaba y tú cerrabas los ojos, tu mente estaba en otros labios, pero lo intenté. —Se encogió de hombros—.
—Tom…
—Déjame terminar, fotógrafa, que esto me está costando.
—Se rió, bajito, y dio un paso hacia mí, y me agarró las dos manos—.
Yo sé lo que tu corazón quiere. Lo supe antes que tú, creo.
Y no te voy a hacer un drama, porque eso no es lo mío y porque tú no te lo mereces.
—Me apretó las manos—. Pero te voy a decir una cosa, y quiero que te la guardes.
Tú tienes un alma libre y curiosa, Renata.
De las que no se quedan quietas. Y las almas libres siempre, tarde o temprano, vuelven a la carretera.
—Sonrió, y esta vez sí le llegó a los ojos—.
Así que yo voy a seguir rodando por ahí.
Te veré del otro lado, guardándote el mejor lugar para el atardecer.
Sin prisa. Las cosas buenas no se apuran, ¿te acuerdas?
Palabra por palabra, era la cosa más generosa que alguien me había dicho.
—Gracias —fue lo único que me salió—. Por todo. De verdad.
—Anda —dijo, soltándome las manos, recuperando su tono ligero—. Ve. Antes de que me arrepienta de ser tan maduro.
Y luego, volteándose hacia Mateo, lo miró de arriba abajo una última vez, y le señaló con la barbilla.
—Tú. —Mateo se tensó—. La hiciste llorar una vez. Si lo vuelves a hacer, cruzo el continente que haga falta para partirte la cara. ¿Estamos?
Y Mateo, por increíble que parezca, le sonrió. Apenas. Pero sonrió.
Y entonces, por fin, me di la vuelta hacia él.
Hacia Mateo, que llevaba todo este rato parado a un metro de mí, dejándome resolver lo mío sin meterse, esperando.
No hizo falta decir nada más. Ya estaba todo dicho. Caminé los pasos que nos separaban. Le tomé la cara con las dos manos —esas que tantas veces lo habían sostenido a él en mi imaginación— y lo besé.
Y esta vez nadie interrumpió.
Esta vez el beso fue entero, sin prisa, sin culpa, sin nadie a quien esconderle nada.
Sentí su sonrisa contra mi boca, sentí sus brazos cerrarse alrededor de mí como si llevara semanas —años— ensayando ese abrazo, y me dejé ir completa, por fin, en el único lugar al que de verdad había querido llegar en todo el viaje.
Atrás, el grupo estalló en aplausos y silbidos. Andy gritó algo que sonó a “¡YA ERA HORA!”. Ian, que apareció de quién sabe dónde con su talento de siempre para los momentos importantes, chiflaba como loco.
No me importó ninguno. Solo me importaba esa boca, por fin.
Esa noche, el grupo se preparó para seguir su camino —ellos siempre seguían, esa era su naturaleza—, y nosotros nos quedamos a inventar el nuestro.
Porque Andy, mi Andy, decidió que su carretera, por ahora, iba en otra dirección.
—El universo me trajo un niño rico con alma de mochilero —dijo, abrazada a Ian. No lo voy a contradecir.
Así que cuando amaneció, mientras Tomás y los demás se subían a la combi y arrancaban hacia el siguiente atardecer —Tomás me guiñó un ojo desde la ventana, y yo le mandé un beso, y los dos supimos que estábamos bien—, nosotros cuatro nos quedamos en el andén con nuestras mochilas y una libertad nueva, recién estrenada.
Andy y Ian, agarrados de la mano.
Mateo y yo también.
Cuatro personas que no tenían un plan, ni un itinerario, ni la menor idea de a dónde iban. Solo ganas.
—¿Y ahora para dónde? —preguntó Ian, estirándose al sol.
Levanté la cámara. Los enfoqué a los tres, despeinados y felices y míos, con el andén vacío de fondo y toda Europa por delante.
—A donde sea —dije— y disparé. Mientras estemos juntos.
Clic.