El verano de mi libertad CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La fuente cumplió

Esa misma tarde, todavía con los ojos hinchados y la carta doblada contra el pecho como si fuera a salir volando, ya estaba haciendo cuentas.

—Me regreso —le dije a Andy, caminando en círculos por el cuartito del hostal—. No sé cómo. Tomo un tren, un avión, lo que sea. Pero me regreso. Tengo que verlo, tengo que decirle que yo también, que la carta, que… —Me senté de golpe en la cama—. Andy, ¿esto es una locura? Dime que es una locura.

—Es una locura total —dijo ella, tranquilísima, doblando una blusa—. Las mejores cosas lo son. —Me miró por encima de sus lentes setenteros—. ¿Quieres mi opinión de bruja? El universo ya hizo su parte. Te mandó una carta. Lo único que falta es que tú dejes de hacerte la digna y le respondas.

Tenía razón. Otra vez. Empecé a aventar mis cosas en la mochila sin orden —no tenía tiempo para que entrara todo—, con el corazón corriendo más rápido que mis manos, ya pensando en estaciones de tren y horarios y en qué le iba a decir cuando lo tuviera enfrente.

Estaba tan metida en mi plan que no oí el alboroto afuera.

Fue Andy la que se asomó por la ventana, y la que se quedó muy quieta, y la que dijo, despacito, con una sonrisa creciéndole en la cara:

—Renata. Creo que no vas a necesitar el tren.

—¿Qué?

—Asómate.

Me asomé.

Y unas cosquillas subieron desde mi estómago a la garganta.

Abajo, en el patio de tierra del hostal, entre las combis y la ropa colgada y el grupo que jugaba cartas a la sombra, estaba parado un muchacho que no encajaba ahí ni un poquito. Con una maleta de ruedas ridícula. Despeinado, ojeroso, como si no hubiera dormido en días.

Mateo.

Mateo, aquí. En mi hostal, en mi patio, buscándome con la mirada entre la gente como había hecho yo con él en sus stories.

Bajé las gradas dando saltos de dos en dos. Crucé el patio con las piernas temblando. Y cuando él me vio, sonrió como nunca, al fin, una versión alegre de él y era para mí. Una sonrisa de oreja a oreja, de niño, de loco con juguete nuevo.

—Hola —dijo cuando quedé a tres pasos de él. Sin aliento, por la corrida que di.

—¿Qué… —apenas me salía la voz— qué haces aquí?

—Dejé a Camila. Dejé el viaje. Dejé el plan. Dejé mi amargura en el último hotel. —Lo dijo así, en lista, como quien por fin hace una pelota con la hoja de vida y la tira a la basura.

—Resulta que no quería nada de eso, Ren. Llevaba toda la vida cargando un peso que ni siquiera era mío. Y lo solté. —Dio un paso hacia mí—. Y lo primero que hice cuando me quedé con las manos libres fue venir a buscarte.

Yo no sabía ni cómo reaccionar, más que intentar no poner la cara de tonta que sentía aparecer. Él, así —feliz, relajado, suelto, diciéndome estas cosas delante de todos—, era exactamente lo que le había pedido a la Trevi en Roma.

Que lo vuelva a ver. Que ese beso no haya sido el último.

La condenada fuente me había tomado la palabra.

—Pedí esto —dije, medio riéndome, sin que tuviera ningún sentido para él.

—¿Qué?

—Nada. Luego te cuento. —Di otro paso. Su mano ya subía hacia mi cara, yo ya estaba cerrando los ojos, lista para terminar de una vez por todas lo que nos había interrumpido hacía semanas.

—Vaya. Qué bonito.

La voz cayó entre nosotros como un balde de agua fría.

Tomás.

Estaba a unos metros, recargado en la combi, con los brazos cruzados y una sonrisa que no tenía nada de su calidez de siempre. Lo había visto todo. Claro que lo había visto todo. Todo el grupo lo había visto: un montón de ojos iban de Mateo a mí y de mí a Tomás como en un partido de tenis.

—Así que tú —dijo Tomás, despegándose de la combi, caminando hacia nosotros sin prisa— eras por quien la vi llorar casi todas las noches este viaje, lo cual ignoré, pensando que se le pasaría y vendría a mí por consuelo.

Tú, el que —si mal no recuerdo— escuché que la trataste de invisible este verano, y le restriegas a tu novia por la cara, mientras yo la hacía reír y esperaba paciente a que me mirara.

¿Qué no eras como tu hermano? —Ladeó la cabeza.

—Tomás —empecé.

—No, déjalo —dijo Mateo, y para mi sorpresa no se achicó.

El de antes se habría cerrado y habría evitado la discusión; se habría ido.

Este no—. Tiene razón en todo. La traté pésimo.

La hice llorar. Fui un cobarde todo el verano.

—Sostuvo la mirada de Tomás sin parpadear—.

Por eso estoy aquí. Porque me cansé de hacer lo correcto y perderla.

—Qué conveniente —dijo Tomás—,le oí filo en la voz.

Yo llevo semanas aquí. Cargándole la mochila, guardándole los lugares, esperándola sin presionarla.

Y tú vienes un día y crees que con una sonrisita borras todo eso.

—Volteó a verme, y su cara cambió, se suavizó, y eso fue lo que más me dolió—.

Renata. No tienes que escoger al que más drama te haga sentir. Lo intenso no es lo mismo que lo sano.

Y ahí, parada entre los dos, con medio grupo de testigos y el corazón latiéndome en la garganta, me sentí fatal por Tom, pero no podía verlo de la misma manera; aunque lo intenté muchas veces, sus besos no me sabían a nada.

Y es que Tomás no estaba siendo malo. Estaba siendo justo. Había sido bueno conmigo cuando Mateo jugaba al estira y encoge. Tom ahora me miraba con una mueca de decepción y tristeza, y con toda la razón del mundo. Él llevaba semanas siendo el príncipe azul, y Mateo aparecía arrebatándole todo.

Los dos me miraban. El patio entero me miraba.

Y me tocaba dejar de huir y decir en voz alta lo que quería.