El verano de mi libertad CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La misma lluvia

Para cuando llegamos a Brujas, el verano ya se estaba despidiendo sin avisar, con las mañanas un poco más frías y la luz cayendo más temprano.

Brujas parecía sacada de un cuento de los que se dibujaban a mano: canales quietos, puentes de piedra, casas viejas inclinadas unas contra otras, calles empedradas que se enredaban sin lógica, las pérdidas que nos dimos, y un cielo gris perla que olía a lluvia desde que abríamos los ojos.

A mí me encantó de inmediato. Era el tipo de lugar que pedía cocoa caliente y mantas.

Esa tarde, Mateo y yo nos quedamos completamente solos.

Porque Andy e Ian, después de semanas de tensión, por fin se habían animado a su primera cita oficial, los dos solos, de pareja de verdad.

Ian había aparecido en la mañana peinado —sip, Ian, peinado— y se la había llevado a no sé qué paseo en bote por los canales; estaba rojo como tomate, y Andy me había guiñado el ojo por encima del hombro antes de irse.

Así que nos quedamos él y yo, con una ciudad de cuento para nosotros.

Caminamos sin rumbo, jugando al laberinto en las callecitas.

Mateo se había convertido en mi modelo y un asistente devoto, yo me detenía cada tres pasos a fotografiar el encantador lugar, un reflejo, un cisne malencarado. Hablamos de todo. Pero sobre todo, empezamos a hablar de nosotros, de los veranos pasados y de los viajes con nuestras familias.

—¿Te acuerdas del muelle? —Le pregunté, saltando un charco—. La primera vez. Cuando rozaste mi mano y luego saliste corriendo como si hubieras tocado hiedra venenosa.

—Me acuerdo de cada segundo —dijo—, y no había broma en su voz. No dormí esa noche. Me quedé repitiéndome las mil razones por las que no podía sentir lo que estaba sintiendo.

—¿Y desde cuándo…? —empecé, y dejé la pregunta colgando.

Mateo se quedó callado un momento, mirando el canal.

—Desde mucho antes de lo que voy a admitir —dijo con media sonrisa—. Digamos que esto no empezó este verano para mí, Ren. El verano solo fue cuando dejé de poder fingir.

Algo me dio un brinco en el pecho. Porque yo había sentido lo mismo, mirando hacia atrás: las veces que lo cachaba mirándome, las fotos viejas donde siempre salía cuidándome, esa costumbre suya de revisar que yo estuviera en su radar.

La chispa no había nacido en ese muelle.

Llevaba años ahí, dormida, esperando un verano para prenderse.

—Qué tontos fuimos —dije.

—Tú no. Yo. —Me jaló de la mano para esquivar a un grupo de turistas—. Yo fui el tonto. Tú solo eras una niña creciendo. Yo era el que sabía y lo negaba.

Caminamos un rato en silencio, agarrados de la mano. Y por debajo de toda esa ternura, yo tenía un tema pendiente, el que llevábamos días esquivando con una habilidad profesional.

Porque tarde o temprano íbamos a tener que hablar de lo que pasaría después . Cuando los boletos se acabaran. Cuando él volviera a su carrera, y yo a… lo que fuera que me esperara. Esa conversación estaba ahí, caminando con nosotros como un tercero incómodo, y los dos fingíamos no verlo.

—Mateo, cuando volvamos… —empecé, porque alguien tenía que.

—No —dijo suavecito, apretándome la mano—. Hoy no. Hoy es de Brujas. Lo de después lo resolvemos después. ¿Va?

Siendo cobarde y feliz, acepté la prórroga. Total, ¿qué más daba un día?

Empezó como un chispeo. Cuatro gotas tímidas que ni sentimos.

Y de pronto, el cielo se abrió igual que aquella tarde en la montaña, y se soltó un aguacero. La gente corrió a meterse a los cafés, los paraguas brotaron como honguitos, y nosotros, que andábamos en una callecita vacía sin un techo cerca, nos empapamos en cuestión de segundos.

Vi la cara de Mateo cambiar: ambos recordamos ese momento en el carro, y ya no era un recuerdo pesado, era hasta dulce pensar en esos dos ignorantes de su futuro.

La misma lluvia. El mismo diluvio que una vez nos atrapó y nos delató.

—Ven —dijo él, reaccionando, y me jaló de la mano.

Corrimos, chapoteando, hasta el portal de una casa vieja y torcida, con una puerta chiquita de madera oscura y espacio apenas suficiente para los dos.

Nos apretujamos ahí, empapados hasta los huesos, el pelo pegado a la cara, la ropa chorreando, sin aliento de tanto correr; tenemos condición física de morsas.

Y entonces nos quedamos quietos.

Lo miré. Me miró. Y en ese rincón, los dos escurriendo agua, con el cielo tronando, se nos encendió la misma cosa en los ojos al mismo tiempo.

No sé cuál de los dos se movió primero. Creo que los dos.

Nos buscamos la boca con una urgencia, subiendo de tono ahí mismo, en un portal ajeno, bajo la lluvia.

Sus manos en mi cara, en mi cuello, en mi cintura empapada; las mías agarrándole la camisa mojada, pegándolo a mí.

Y lo más raro, lo que todavía no entiendo: que en algún momento dejé de sentir frío.

Dejé de sentir la ropa mojada y helada pegada al cuerpo, porque entre los dos hacía un calor que la lluvia no alcanzaba a quitarnos.

—Ren —dijo contra mi boca, ronco, agitado—. El hostal está a dos calles.

—Lo sé —contesté, igual de agitada.

—¿Corremos?

Corrimos.Cruzamos Brujas bajo el aguacero como dos locos, agarrados de la mano, esquivando charcos y sin esquivar ninguno, empapados, urgidos.

Llegamos al hostal chorreando agua por todas partes, dejando un caminito de huellas mojadas en la madera vieja de la escalera, temblando —de frío no, de otra cosa— mientras él peleaba con la llave y yo me reía contra su hombro.

Y nada de eso importaba —ni la ropa pegada, ni el pelo escurriendo, ni el frío de Brujas—, porque teníamos una situación pendiente. Abrió la puerta.

Y ahí, por fin, empezó lo nuestro.

CAPÍTULO 27

No era un sueño

Yo creía que conocía a Mateo. Llevaba toda la vida creyéndolo.

Resulta que no conocía ni la mitad.

Porque desde que apareció en el patio del hostal —cambió su maleta de ruedas ridícula por una mochila prestada—, no se parecía en nada al de la casa del lago. Era como si alguien hubiera abierto una celda oscura y cerrada, y de repente entrara todo el aire y toda la luz de golpe.

El serio de los monosílabos ya no tenía botón de mute; se quedó el amargado en el pasado, y en su lugar apareció este otro: uno que se reía fuerte, con esa risa completa que yo coleccionaba en secreto y que ahora regalaba a diestra y siniestra.

Uno que se aventaba al agua helada, que bailaba pésimo a propósito para hacerme reír, que discutía con Ian sobre estupideces durante horas, y me robaba besos a media calle sin importarle quién mirara.

—¿Quién eres y qué hiciste con el parquímetro? —Le pregunté una tarde, muerta de risa, mientras él intentaba —y fracasaba— hacer malabares con tres naranjas en un mercado.

—El parquímetro está de vacaciones —dijo y una naranja le cayó en la cabeza.

Admito que ya estaba enamorada de la versión gris de él, pero me enamoré otra vez, desde cero, de esta versión a todo color. Porque este era el verdadero Mateo. El que siempre había estado ahí, debajo, esperando permiso para salir. Y verlo así, suelto y feliz y mío, me hacía sentir plena.

Los cuatro nos volvimos una tribu perfecta.

Andy e Ian, que eran puro caos enamorado.

Mateo y yo, que recuperábamos todo el verano que habíamos perdido fingiendo.

Cruzamos países en trenes de tercera, dormimos en hostales y una vez bajo las estrellas, cocinamos desastres en hornillas, nos perdimos a propósito en ciudades cuyos nombres no sabíamos pronunciar.

Ian resultó ser un guía turístico malísimo y un compañero de viaje insuperable.

Andy nos leía las cartas del tarot junto a las fogatas y siempre, siempre, me salía el mismo arcano de los enamorados, y ella me guiñaba el ojo como si lo hubiera acomodado a propósito.

De día éramos los cuatro.

De noche, cada quien tomaba su camino.

La primera noche que Mateo y yo nos quedamos solos de verdad —una habitación chiquita de hostal, una ventana abierta a una plaza, la música lejana de alguien que tocaba un saxofón— me di cuenta de que estaba nerviosa. Ridículamente nerviosa, como si no llevara semanas soñando exactamente con esto.

Lo había soñado. Tantas veces. Me había despertado tantas madrugadas sudando, con su nombre atorado y el cuerpo encendido, prometiéndome que algún día iba a terminar ese beso y que no iba a ser un sueño.

Y ahora el «algún día» era hoy.

Mateo cerró la puerta. El ruido de la lluvia afuera parecía amortiguar todo lo demás, dejando la habitación en silencio.

No había prisa, y eso era lo que más me aceleraba el pulso.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, no hubo necesidad de palabras.

Me senté en el borde de la cama y él se acercó despacio, arrodillándose a medias frente a mí.

Sus manos, habitualmente firmes, temblaban un poco cuando tocaban mi rostro.

Ese pequeño destello de nerviosismo de su parte me pareció la cosa más íntima del mundo.

Me miraba como si fuera de cristal, pero al mismo tiempo, con una intensidad que me encendía la piel por dentro.

Su pulgar delineó mi labio inferior antes de inclinarse para besarme.

Fue un beso lento, que empezó con suavidad pero que pronto se transformó en algo más hondo, una necesidad contenida que finalmente se liberaba.

Su aroma —esa mezcla de su perfume de siempre y el calor de su propia piel— lo inundó todo.

Deslizó sus manos hacia abajo, acariciando mi cuello y luego mis hombros, desabrochando los botones de mi camisa uno a uno con una lentitud exasperante y deliciosa.

Sentí un escalofrío cuando el aire frío de la habitación rozó mi piel expuesta, pero inmediatamente fue reemplazado por el calor de sus manos.

Esos dedos largos se movieron con una delicadeza increíble, memorizando el contorno de mis costillas, subiendo hasta mi espalda para atraerme hacia él.

La fricción de nuestros cuerpos, la suavidad de su piel contra la mía, hacía que cada rincón de mi cuerpo se sintiera extrañamente despierto.

Cuando nos deshicimos del resto de la ropa, el mundo se redujo a la textura de las sábanas y el calor de su cuerpo sobre el mío.

No fue perfecto como en las películas, y eso lo hizo mil veces mejor.

Hubo un momento de torpeza, un roce de rodillas, una risa ahogada que se perdió contra mi cuello mientras buscábamos acomodarnos, lo que rompió la tensión y nos unió más.

Después de recorrer mi cuerpo con sus labios, él se sostuvo sobre sus brazos, mirándome desde arriba, con el cabello ligeramente revuelto y los ojos oscuros de deseo.

¿Sigo? , susurró, con la voz áspera de una manera que me hizo vibrar el pecho.

Yo solo pude negar con la cabeza, incapaz de articular palabra, aferrándome a sus hombros. Esta vez no me desperté.

Cuando finalmente nos unimos, el tiempo se detuvo.

Sentí una oleada de calor que me recorrió desde la espina dorsal hasta la punta de los dedos.

Fue una mezcla intensa de peso, fricción y una sensibilidad tal que, cada vez que él se movía, mi respiración se cortaba.

Cerré los ojos, concentrada en el ritmo de nuestros corazones latiendo desbocados uno contra el otro, en el sonido de nuestras respiraciones mimetizadas y en la forma en que sus manos me sostenían la cintura, aferrándome a él, como si tuviera miedo de que me desvaneciera.

Cada roce era eléctrico, una marea de sensaciones que iba creciendo en el estómago hasta volverse casi insoportable, un vaivén de calor.

Después, el silencio regresó, pero ya no era tenso; era un silencio cálido, protector.

Nos quedamos tumbados de lado, uno frente al otro, tratando de recuperar el aliento.

Él estiró la mano y apartó un mechón de pelo húmedo de mi frente.

Tenía la piel brillante por el esfuerzo y una sonrisa suave, cansada y ridículamente hermosa.

Me arrastré un poco más cerca, pegando mi frente a la suya, escuchando su respiración ir bajando de ritmo poco a poco.

En ese momento, envueltos en las sábanas revueltas, entendí que algo había cambiado para siempre, y no tenía nada que ver con lo físico, sino con la forma en que su mano buscó la mía debajo de la manta, entrelazando nuestros dedos en un agarre perfecto.

La música de fondo siguió sonando allá afuera, ajena a que dentro de ese cuartito se había cumplido un deseo.

No soñé con él esa noche.

No hizo falta.

Así fueron pasando las semanas, en una felicidad tan grande que a veces me daba miedo, porque las cosas tan bonitas siempre me han dado un poquito de susto, como si fueran prestadas.

Pero ninguna libertad dura para siempre, y nosotros lo sabíamos. Los boletos de regreso existían. Las familias esperaban. La vida real que se había quedado en pausa cuando me subí a una combi con seis desconocidos, seguía ahí, latiendo, esperándonos.

Una noche, ya entrando el otoño, acostados en una cobija viendo las mismas estrellas de siempre, Mateo me apretó la mano y dijo, en voz bajita:

—Hay que volver, ¿verdad?

Había estado huyendo de esa frase, pero no tenía más remedio.

—Hay que volver —dije.