CAPÍTULO 21
La grieta
Ian volvió de sus “cosas de trabajo” tres días después, bajándose de otro tren con la misma sonrisa y, esta vez, una bolsa de dulces rusos rarísimos que repartió como si fueran tesoros.
—¡Los extrañé, bola de mugrosos! —gritó, y el grupo lo recibió con abrazos y gritos, porque Ian tiene ese don: llegar a un lugar y volverlo un relajo.
Pero a quien de verdad extrañaba, no lo disimuló ni dos segundos.
Porque en cuanto vio a Andy, su cara se suavizó y caminó directo hacia ella ignorando a todos los demás.
Andy se levantó a recibirlo, y el abrazo de esta vez ya ni siquiera intentó disfrazarse de abrazo de amigos.
Y cuando se separaron, se quedaron viéndose con una sonrisa boba compartida que me dio ternura y un nudo en la garganta al mismo tiempo.
Esa noche, sin que nadie me lo pidiera, hice mi mejor intento de dejarlos solos sin ser obvia.
—Voy a caminar un rato —anuncié, agarrando la cámara—. Necesito fotos nocturnas. Arte. No me esperen.
Andy me lanzó una mirada de “no tienes que hacer esto” ; le contesté con una de “ya sé, pero quiero”, y me fui a dar la vuelta por el pueblito dormido, dejándolos a ella y a Ian todo el tiempo que se merecían. Tomé fotos de faroles y de gatos y por un rato me sentí bien, generosa, feliz por ellos.
Cuando volví, ya tarde, Andy dormía con una sonrisa que no se le borraba ni siquiera cuando estaba inconsciente, e Ian estaba despierto todavía, sentado afuera, escuchando música.
Me senté a su lado.
—Gracias —dijo, sin que yo preguntara. Por lo de hoy.
—No sé de qué hablas —dije, muy digna—. Yo hacía arte.
—Ajá. —Se rió. Y después, más bajito: Me cae bien, Reny. Andy. Me cae… más que bien.
—Ya sé —dije—. Se te nota a kilómetros. Eres pésimo para esconder lo que sientes.
—Mentira, sí soy muy discreto. —Yo sí —dijo.
Y algo en cómo dijo el «Yo sí» —no como broma, sino como una puerta que se abre con un dedito— me hizo voltear a verlo.
—¿Cómo está? —Pregunté, antes de poder detenerme. No tuve que decir quién. Los dos sabíamos quién.
Ian no contestó enseguida. Le dio vueltas a un dulce ruso en la mano, y cuando habló ya no traía el tono de payaso.
—Mal —dijo simplemente—. Está mal, Reny.
Se me paró el corazón un segundo.
—¿Mal cómo? Si en las stories se ve…
—¿Te crees las stories? —Me miró con una ceja levantada—.
Esas las sube Camila. Mi hermano sale ahí porque ella lo planta enfrente de un cuadro y le dice “quédate quieto”.
—Negó con la cabeza—. Yo lo veo de cerca, Reny.
Y ese no es mi hermano. Mateo siempre fue serio, sí, pero antes era…
un serio que funcionaba. Comía. Dormía. Se reía de mis estupideces aunque no quisiera.
—Hizo una pausa—. Ahorita no. Está como apagado.
Contesta cuando le hablas, hace lo que tiene que hacer, posa para las fotos. Pero no está . Se le fue.
No dije nada. Tenía toda la atención puesta en no dejar que se me notara en la cara lo que sentía por dentro.
—Así que andas de stalkeadora, ¿eh?
—No empieces —dije, mientras lo empujaba un poco.
Levantó las manos. —Solo digo lo que veo. Y vi muchas cosas este verano, Reny.
Sonrió de lado, sin alegría. —Yo no sé qué pasó entre tú y mi hermano. Y no te voy a preguntar porque no es mi asunto y porque ninguno de los dos me lo va a contar. Pero sé que pasó algo . Y sé que los dos están del mismo lado del mundo fingiendo que no.
Me quedé mirando el cielo, haciéndome la boba. Dijo que no preguntaría, así que no tenía que responderle.
Toda la resignación que había construido en Roma, ladrillo por ladrillo, se me cuarteó de un solo golpe con esa frase tonta de Ian.
Está mal, Reny.
Yo, que me había pasado noches enteras buscando una cara de inconformidad en esas stories, escarbando en la cara de Mateo una señal de que él también estaba roto, sin encontrar nunca nada. Y resulta que la grieta sí existía.
No sabía qué hacer con eso. No cambiaba nada —seguíamos en mundos opuestos, él seguía con Camila—. Pero algo, una cosita necia y peligrosa que yo creía haber matado, volvió a respirar en mi pecho.
—No me veas así —le dije a Ian, limpiándome rápido un ojo—. No me des esperanzas que no lleven a ningún lado.
—No te estoy dando nada —dijo, encogiéndose de hombros, volviendo a su tono ligero como si nada.
Solo te estoy diciendo que mi hermano es un idiota.
Igual que tú. Par de idiotas necios. —Me pasó el brazo por los hombros y me jaló hacia él, fraternalmente—.
Anda, vete a dormir, Reny. Mañana seguimos.
Me fui a la combi. Me acosté al lado de Andy.
Pero no dormí. Y mis ojeras de mapache están en su esplendor.
Maldito Ian.
Maldita esperanza.