El verano de mi libertad CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La carta

La carta apareció un martes cualquiera, mientras jugaba a Marie Kondo con mi maleta, para movernos al siguiente pueblo por milésima vez.

Y digo apareció porque no encuentro otra palabra. No la metí yo. No la tenía antes. Estaba doblando ropa, sacando cosas del fondo de la mochila para reacomodar, cuando entre mi cuaderno de rollos y una sudadera cayó al piso un sobre.

Un sobre de papel sencillo, cerrado, con mi nombre escrito por fuera.

Ren.

Me quedé mirándolo en el suelo estática. Porque no debería estar ahí. Yo había vaciado mi mochila y vuelto a llenar mil veces en el viaje, y ese sobre no existía ni ayer ni anteayer ni nunca. Y sin embargo ahí estaba, con mi nombre escrito en una letra que no reconocí.

—¿Qué es eso? —Andy se asomó desde su litera, con medio chicle de fuera.

—No sé —dije—, y mi voz salió rara. Estaba… en mi mochila. No es mía.

—Tiene tu nombre, Renata. Más tuya no puede ser. —Bajó de un salto, curiosa—. Ábrela.

No quería. Y quería con toda mi alma. Las manos me temblaban tanto que tardé un minuto en rasgar el papel.

Adentro había una hoja, doblada en tres. La abrí. Y en cuanto mis ojos cayeron en la primera línea, supe de quién era —no por la letra, sino por las palabras, porque las palabras eran tan suyas que era como oírlo—, y se me nubló todo tan rápido que no pude seguir leyendo.

—No puedo —le dije a Andy, pasándole la hoja, con los ojos ya llenos de aguita—. Léela tú. Por favor. No puedo.

Andy se sentó a mi lado, me pasó un brazo por la espalda, y empezó a leer en voz alta, despacio, con esa voz suya de paz que volvía soportable cualquier cosa.

Ren:

Llevo años escribiendo esta carta en la cabeza y borrándola antes de que llegue al papel. Hoy no la voy a borrar. Te debo por lo menos la verdad, aunque llegue tarde y aunque no sirva para nada.

Siempre te quise. Desde antes de tener edad para saber que eso tenía nombre.

Crecí cuidándote, y todos pensaban que era porque eras la más chica, la nena, la que había que vigilar.

No era por eso. Te cuidaba porque, desde que tengo memoria, fuiste lo más valioso que había en cualquier cuarto en el que entrabas, y la sola idea de que algo te pasara me quitaba el sueño.

Nunca me sentí suficiente, Ren. Soy el segundo.

El que tuvo que pelear por cada mirada, por cada “bien hecho”, por un lugar en una casa donde el lugar ya estaba ocupado.

Y tú nunca tuviste que pelear por nada: la gente te quería por existir.

Yo te miraba y no entendía cómo lo hacías. Todavía no lo entiendo.

¿Quieres saber cuándo lo supe? En tus quince años.

Fui tu chambelán, ¿te acuerdas? A media pista, con esa música cursi, con tu vestido y tu cara de susto, me di cuenta —de golpe— de que estaba enamorado de ti.

Perdidamente. Y que no podía hacer absolutamente nada con eso, porque tú tenías quince , yo veinte, y porque quererte de esa forma en ese momento me convertía en alguien que yo no quería ser.

Así que hice lo único que sé hacer cuando algo me supera: me alejé. Me metí en la carrera, en el plan, en los diez años de hospital que tengo enfrente. Me dije que se me iba a pasar.

No se me pasó.

Este verano te volví a ver, ya con dieciocho, libre, viva, con tu cámara y tus ganas de comerte el mundo, y entendí dos cosas.

La primera, que no solo no se me había pasado, sino que se había hecho más grande.

La segunda, que sigo sin ser lo correcto para ti: sigo siendo mayor, sigo siendo una jaula para ti, y tú tienes alas que yo jamás te voy a cortar para que me quepas en la mano.

Por eso me alejé otra vez. Por eso fui frío, cobarde, imposible. No, porque no me importas. Porque me importas demasiado.

Pero no te confundas con lo que siento, Ren. Ya no es solo el cariño tierno del que te cuidaba. Te deseo. Con una intensidad que me da miedo y vergüenza y que no se apaga con nada. Te quiero de todas las formas en las que se puede querer a alguien, incluidas las que no me atrevo a escribir.

No te mando esto para atarte. Te lo mando porque me cansé de que lo único valiente que he hecho en toda mi vida sea un beso robado en un rincón, el día que te ibas.

Vive. Vuela. Sé feliz.

Pero ten por seguro que, en algún lugar, hay alguien que te quiso desde siempre y que te va a querer siempre, aunque sea de lejos.

Andy bajó la hoja. Y por un segundo no pasó nada.

El mundo entero se calló —los pájaros, el pueblo, todo— como esperando a ver qué hacía yo.

Y entonces me rompí. No bonito. No de película.

Un sonido feo me salió del fondo del pecho, y de repente no me entraba el aire, no me entraba, y la carta retumbaba en mí y veinte recuerdos detonaban a la vez.

Andy me agarró antes de que me doblara. Me aferré a su camiseta.

¿Me quiso desde siempre?

Me quiso todo el tiempo.

Me había pasado el verano sintiéndome la hermanita, el apéndice más joven al que nadie veía, resulta que había sido vista todo el tiempo. Por él. Más que por nadie.

—Renata —dijo Andy, bajito, sosteniéndome—. Amiga. Esto no es para dejarlo ir. Esto es un «ve por él».

—Está con Camila —sollocé—. No sé ni cómo llegó esta carta a mi mochila, Andy, esto es… esto es imposible, esto no tiene sentido…

—Nada de lo bonito tiene sentido —dijo ella, con una calma de oráculo—. ¿Y a quién le importa cómo llegó? Llegó. El universo acomoda las cosas, ya te lo había dicho. —Me limpió una lágrima con el pulgar—. La pregunta es qué vas a hacer tú ahora que la leíste.

Porque desde que me subí a esa combi, supe, con una certeza que me quemaba en el pecho, exactamente lo que quería.

No quería seguir el camino. Quería dar la vuelta.

CAPÍTULO 23

La caja en llamas

POV MATEO

Llevaba semanas funcionando en piloto automático.

Me levantaba. Desayunaba platillos gourmet que no me sabían a nada.

Caminaba por museos viendo cuadros que no registraba, asentía cuando Camila me hablaba, posaba cuando me decía “quédate quieto”, sonreía en las fotos que ella subía para demostrarle al mundo que éramos felices.

De noche me acostaba a su lado y miraba el techo, contando las horas, repasando el beso de Renata, preguntándome dónde estaría ella, en qué tren, en qué pueblo, riéndose con quién.

Ian me lo había dicho, las pocas veces que coincidíamos: Andas como apagado, hermano. Y tenía razón. Estaba apagado. Había hecho lo correcto —la dejé ir, me quedé con mi plan, con mi novia—, y lo correcto me estaba matando despacio, como una fuga de gas.

La carta llegó una tarde. La encargada de recepción del hotel me la entregó.

Un sobre. Papel sencillo, cerrado, con mi nombre escrito por fuera en una letra que no reconocí. No tenía remitente. No tenía sello.

Lo abrí con el ceño fruncido, esperando cualquier cosa menos lo que era.

Mateo:

Soy malísima para esto, así que perdón si me sale todo torcido.

Toda mi vida estuviste ahí. Fuiste el que me quitaba las tijeras de la mano, el que vigilaba que no me cruzara la calle sola, el que me agarraba para que no me quedara atrás cuando éramos chicos.

Estuviste en cada cumpleaños, en cada Navidad, en cada verano.

Te tenía tan cerca, desde siempre, que dejé de verte.

Y este verano —no sé qué pasó, no sé en qué momento— empecé a verte. De verdad. Y ya no pude dejar de hacerlo.

Me di cuenta de una cosa, Mateo: que el lugar más seguro en el que he estado en toda mi vida tiene tu nombre. No una casa, no un país. Tú. Siempre fuiste tú, y yo tardé dieciocho años en notarlo.

Nunca te miré con estos ojos hasta ahora. Y ahora no sé cómo dejar de mirarte así.

No te lo dije porque me moría de miedo. Porque tú lo tienes todo calculado y yo soy un desastre. Porque no sabía si era la única que sentía esto, o si me lo estaba inventando del aburrimiento, como me digo a mí misma cuando algo me da pánico.

Pero ya no me lo quiero callar.

No sé qué somos. No sé qué podemos llegar a ser, con todo lo que hay en juego. Solo sé que el día que me besaste no quise irme a ningún lado.

El único lugar al que quería ir eras tú.

—Ren

Leí la carta una vez. La leí dos veces. La tercera ya no veía las palabras; el piso se me movió.

Tenía la hoja temblándome en las manos —yo, que no había sentido un nudo de emociones desde que la besé—, y de repente sentí mis labios volverse una sonrisa completa.

No me importó lo que tenía en contra. Como si todo el verano que me había tragado en silencio se me hubiera atorado de golpe en la garganta y no encontrara por dónde salir de la emoción.

El lugar más seguro tiene tu nombre.

El único lugar al que quería ir eras tú.

Ella también. Todo este tiempo. Mientras yo me ahogaba fingiendo que no, ella se ahogaba del otro lado fingiendo lo mismo,  y como un imbécil, como un cobarde con título de noble, la había empujado lejos, la había dejado subirse a ese carro creyendo que para mí no significaba nada.

Camila entró media hora después, fresca de la alberca, y me encontró sentado en el piso con la espalda contra la cama, y tuve que fingir seriedad; ya no estaba ahí, pero la costumbre me ayudó a que se viera real.

—¿Qué te pasó? —preguntó, asustada. Mateo, ¿qué…?

Y ahí, mirándola —a Camila, que no me había hecho nada, que solo había cometido el error de querer a alguien que quería a otra—, supe que el peor favor que le podía hacer era seguir mintiéndole un día más.

—Tenemos que hablar —dije—. Y te voy a deber una disculpa enorme.

No fue una pelea. Esa fue la parte más triste.

Camila no gritó, no aventó nada. Se sentó frente a mí, escuchó, y conforme yo hablaba, ella apenas y cambió su rostro.

Le dije que no era justo, que mi cabeza llevaba todo el verano en otro lado, que ella merecía a alguien que la quisiera con todo y no con las sobras.

Fue asintiendo despacio y hasta sonrió como aliviada.

—Ya lo sabía —dijo al final—. Lo supe desde que llegué a esa casa, la verdad. Por cómo no me veías a mí. Y está bien: llevamos meses siendo dos extraños que quieren lo mismo, hacer felices a sus padres. Solo estaba esperando a ver cuánto tardabas en ser honesto. Tardaste mucho, Mateo.

—Lo sé. Perdón.

—Es la de la cámara, ¿verdad? La “hermanita”. ¿No es muy pequeña?

No le contesté. No hacía falta.

Se levantó, juntó sus cosas y me deseó que fuera feliz y que siguiera a mi corazón, que ella haría lo mismo. Eso me hizo quererla mejor justo cuando la perdía. Y antes de salir, se detuvo en la puerta.

—Ve por ella —dijo, sin voltearse—. Aunque sea lo único loco que hagas en tu vida. No la dejes ir.

Y se fue.

Me quedé solo en ese cuarto, con la carta en una mano y años de hacer siempre lo correcto pasándome factura.

Se acabó.

Saqué el teléfono. Le marqué a la única persona que sabía exactamente dónde estaba el grupo de hippies en ese momento, porque andaba entrando y saliendo de él como Pedro por su casa.

—¿Ian? —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—. Necesito que me digas en qué pueblo están. Ahora.

Una pausa del otro lado. Y después, la risa de mi hermano, feliz, y nada sorprendido.

—Ya era hora, hermano —dijo—. Anota.

Colgué, aventé la ropa en la maleta sin doblarla y salí corriendo detrás de mi deseo más grande.