El verano de mi libertad CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El encargo

POV IAN

Con fines de información, y para que se entienda lo que viene a continuación, tienen que conocerme un poco.

Soy el hermano mayor de Mateo. Fui un hermoso bebé primogénito; como nací primero, soy quien tiene permiso para hacer todo mal sin consecuencias parentales.

Ellos creen que es su culpa echarme a perder y yo lo aprovecho.

Mi extenso currículum incluye: chocar dos carros, reprobar química tres veces, perderme un fin de semana entero en un festival sin avisar, cosas esas, nada grave, mi mamá me adora de todas formas. Es injusto, lo sé. No me quejo.

Mi hermano Mateo es lo opuesto. Es el que hace las cosas bien. El estudiante de medicina, el que nunca decepciona a papá. Pero también el que menos ha vivido por portarse bien.

Trabajo con mi papá; es una forma elegante de decir que mi papá me mantiene para que yo finja ser un adulto funcional.

Así que cuando me llama con un “necesito que pases a verme, hijo, es importante”, yo acudo al batillamado (si no, pierdo mis beneficios).

Lo primero que pensé fue: ay, no, ¿qué hice ahora?

Porque cuando mi papá dice “es importante” con esa voz, normalmente alguien está en problemas, y ese alguien suele ser yo.

Dejé a la mejor compañía del verano —no diré nombres, para despistar a las masas, ya que soy muy discreto—. Agarré un tren a la ciudad donde andaba mi papá por sus cosas de trabajo.

Lo encontré en el bar de un hotel, tomándose un café como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Hicimos lo del trabajo, que fueron unos papeles aburridísimos que firmé sin leer (no me juzguen, ustedes tampoco leen los términos y condiciones). Y cuando pensé que ya habíamos terminado y que me iba a regresar a mi lata de sardinas, mi papá hizo un encargo algo raro.

Miró alrededor. Como si se cuidara de que nadie escuchara. Créeme que nadie habla español en Rusia, y mi papá es la persona más paranoica del planeta.

Y me explicó todo…

Lo miré. Asentí. Lo volví a mirar.

Pregunté el porqué. Me respondió:

—No es asunto tuyo.

Y mi único acto fue apuntarme en la muñeca con un lapicero para no olvidar el encargo de papá.

Mi papá sonrió, de esas sonrisas suyas tranquilas que dan más miedo que un grito.

—Tres reglas —dijo, levantando los dedos—. Uno: no preguntes. Dos: no le digas a nadie. Tres: haz lo que te pedí. ¿Entendido?

—Papá. —Me eché para atrás en la silla—. Esto es rarísimo. ¿Estás metido en algo? ¿Lavas dinero? ¿Te debo cubrir? Porque si vamos a delinquir, necesito saber mi rol.

—No seas payaso. —Se rió—. Solo confía en mí, Ian. Por una vez en la vida, haz algo sin preguntar y sin arruinarlo. ¿Crees poder?

Y ahí me agarró. Porque toda la vida he sido el que arruina las cosas, el que no se toma nada en serio. Y mi papá me estaba pidiendo, mirándome a los ojos, que confiara en él y que no lo arruinara. Como si de verdad creyera que yo fuera capaz de algo importante.

No me pude negar.

—Oki doki —dije—, tu hombre ilegal de confianza reportándose.

Ya en el tren de regreso, quemándome de la curiosidad, le di vueltas al asunto.

Y por un segundo —solo un segundo, no pidan más con mi déficit de atención— se me cruzó algo por la cabeza. Naah, pensé, sacudiéndome la idea. Imposible. Son cosas de trabajo. Papeles aburridos. Cosas de adultos.

Me acomodé en el asiento, me puse los audífonos, y decidí dejar de pensar. Tenía un encargo simple: cero preguntas. Hasta yo podía con eso.