El verano de mi libertad CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Órbitas

Resultó que el mundo, siendo tan enorme, era ridículamente un pañuelo cuando uno no quería que lo fuera.

Porque el otro viaje —el de Ian y Mateo, el de hoteles con sábanas blancas y desayuno americano— iba trazando, sin proponérselo, una ruta parecida a la nuestra.

Europa en verano es así: todos los caminos llevan a las mismas plazas, a los mismos museos, a las mismas ciudades.

Dos grupos, dos presupuestos bastante opuestos, dos mundos, orbitando el mismo continente como planetas que cada tanto se cruzan en el cielo.

Y el cometa en común de ambos se llamaba Ian.

Ian apareció por primera vez en un pueblito del norte de Italia, sin avisar, bajándose de un tren con una sonrisa de oreja a oreja que lo caracteriza y una maleta totalmente fuera de lugar entre nuestras mochilas rasgadas.

—¡Me escapé un par de días! —anunció, abrazándome y levantándome del suelo—. Esos creídos que van de museo en museo, y los hoteles están bien, pero extrañaba la mugre, Reny. La mugre y las cucarachas de los hostales tienen mejor conversación.

Lo cierto es que no extrañaba la mugre, descarado mentiroso. Extrañaba a Andy.

Porque, qué casualidad, a los tres segundos de llegar, los ojos de Ian ya habían encontrado a Andy entre la gente, y Andy ya se había puesto esa sonrisa media boba que solo se ponía con él, y se saludaron con un abrazo que duró exactamente medio segundo más de lo que dura un abrazo de amigos. ¡Cronometrados!

Esos días Ian se volvió uno más de la combi.

Dormía en el piso, como el resto de las sardinas que viajábamos en ella, cargaba mochilas, aprendió a cocinar fideos en una hornilla portátil, y se la pasaba pegado a la hippie setentera del grupo.

A veces Jordi intentaba enseñarle a tocar la mini guitarra, otras veces no podía evitar escucharlos hablar hasta el amanecer en el techo de la combi, siempre les tocaba sentarse juntos.

Yo los miraba de lejos, con una mezcla de ternura y de algo de envidia de la buena.

Siempre digo que hay dos clases de envidia, y esta era de la buena.

Porque ellos sí podían, eran solteros, no existían novias instaladas, ni un océano de razones en contra. Lo de ellos solo tenía ganas. Y las ganas, cuando no traen password, son la cosa más fácil.

Lo que no debí hacer —pero ¿qué creen? Sí, hice de todas formas, porque la fuerza de voluntad nunca fue lo mío— fue ver las stories de IG.

Empezó como algo inocente. Tocaba la foto de Ian para mandarle un corazón, y de pasada veía las suyas: en una piscina infinita, un restaurante elegante, él haciendo caras tontas en un museo. Y entre las stories de Ian, inevitablemente, se colaban los demás.

Camila, perfecta, posando con un vestido nuevo cada día.

Y Mateo.

Ahí estaba. En una galería, frente a un cuadro enorme, con las manos en los bolsillos.

Seguro que le gustan esas manchas sin forma de los cuadros.

Luego aparecía en una terraza, en otra foto que claramente le tomó Camila sin avisar, medio volteado, con esa cara de Pinocho antes de ser un niño de verdad. O sea, de palo.

Yo me quedaba mirando esas stories como disociada. Buscaba algo. No sé qué. Una señal. Una grieta. Algo que me dijera que él también estaba hecho un desastre, que él también soñaba cosas y que él también pedía deseos imposibles.

Y no la encontraba.

Porque Mateo se veía… bien. Serio, sí, el de siempre. Pero no destruido ni incómodo. No como alguien que no podía dormir. Se veía como un tipo de vacaciones con su novia, la vida que había escogido. La vida ordenada, predecible, aesthetic.

Y su paz me molestaba y me dolía.

Claro, para él fue un impulso. “No podía dejar que el primer beso fuera de otro”, una cosa de orgullo. Y ya. Lo soltó y siguió con su vida perfecta. La jodida fui yo.

Como soy experta en tomar decisiones que después no me duran nada.

Dije…

Se acabó el stalkeo, la cabeza puesta en un lago, pero eso sí… me quedo con los sueños.

Mateo estaba bien; estaba con Camila. Probablemente no me iba a volver a ver en años, terminando los viajes. Cada quien a lo suyo y él pondría excusas en los viajes familiares. Cada quien a su vida. Yo, de pendeja, perdiendo el viaje más increíble de mi vida por suspirar como tonta.

La vida es una. Hay que vivirla donde una está parada. Mindfulness…

Estoy en Europa, con una nueva mejor amiga que me quería, un grupo que se sentía como una familia rara y elegida, y un chico hermoso que me besaba bonito aunque no me moviera el tapete. Eso era lo real. Eso era lo que tenía.

Viviré mi presente.

Cumplí, como siempre, esas decisiones, como en un cuarenta por ciento. Pero al menos lo intenté en serio.

Esa misma noche, mientras todos nos acomodábamos a dormir, vi a Ian alejarse unos pasos con el teléfono pegado a la oreja, hablando en voz baja, asintiendo. No me juzguen, que si están leyéndome hasta aquí, son igual de metidos que yo. Así que me acerqué un poco para escuchar más claro.

—Sí, papá. Ajá. No, sí puedo pasar… ¿El martes? Va. ¿Y qué necesitas que…? —una pausa larga—. Ah. Okey. Sí, yo me encargo. Cuenta conmigo.

Colgó, se quedó un segundo mirando el teléfono con cara de no entender muy bien para qué lo necesitaba su papá, y luego se encogió de hombros y volvió con nosotros.

—Me tengo que ir unos días —me dijo, dejándose caer a mi lado. Cosas de trabajo con mi jefe, o sea, mi papá. Pero los alcanzo en la otra ciudad, ¿va? No se diviertan sin mí.

—¿Qué cosas de trabajo? —Pregunté, por preguntar.

—Ni idea —dijo, robándome un pedazo de bagel—. Algo que me quiere encargar. Ya sabes cómo es el viejo.