CAPÍTULO 18
Detrás de los párpados
Resulta que mi subconsciente es mucho más valiente que yo y definitivamente mucho más ardiente.
Porque de día yo me portaba muy digna, toda una señorita, besaba a Tomás sin sentir nada, miraba atardeceres, fingía que estaba completamente presente y feliz, hacía mindfulness con Andy.
Pero de noche, en cuanto cerraba los ojos, mi cabeza traidora hacía exactamente lo que yo no me permitía despierta.
Terminaba el beso.
Arrancó esa misma madrugada, en Roma, y volvió muchas otras. Siempre empezaba igual: en la despedida, con la bocina sonando a lo lejos. Pero en el sueño la bocina nunca ganaba. En el sueño nadie me apresuraba hacia ningún lado. En el sueño teníamos todo el tiempo del mundo.
Estábamos besándonos —no, me estaba besando , no, los dos, ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro—, y esta vez Mateo no se detenía.
Sus manos no se quedaban quietas como en la realidad.
En el sueño bajaban. Una se enredaba en mi pelo y tiraba apenas, justo para inclinarme la cabeza y tener mejor acceso, mientras yo soltaba un pequeño gemido por ese mínimo acto, y la otra se resbalaba por mi espalda, por mi cintura, hasta el borde de mi falda.
Sentía sus dedos —esos dedos largos que tanto le había elogiado— subían despacio por la cara interna de mi muslo, dejando un rastro de piel de gallina, haciéndome cosquillas y algo que no eran cosquillas, algo mucho más urgente, mientras yo me aferraba a sus hombros porque las piernas ya no me sostenían.
Su boca dejaba la mía y bajaba. Por mi mandíbula.
Por el cuello —ahí se quedaba un rato, justo donde el pulso me latía como loco, sentía cada beso en lugares del cuerpo que no tenían nada que ver con el cuello—.
Seguía bajando, por la clavícula, hasta detenerse justo en el centro del pecho, en ese huequito donde se junta todo.
Y ahí paraba.
Levantaba la cara, despacio, y me miraba desde abajo con esos ojos pícaros que en el sueño ya no eran serios ni eran una pared, sino dos brasas, brillantes, encendidos, preguntándome en silencio ¿sigo?
, mientras su respiración me calentaba la piel, yo me deshacía ahí mismo, en sus manos, en su boca, en la oscuridad tibia de un sueño que no quería terminar nunca.
Y justo cuando le decía que sí —que sí, que siguiera, que no se atreviera a detenerse esta vez—
Me despertaba.
Siempre igual. De golpe, sentada en la cama, con el corazón a mil, la respiración entrecortada, la piel ardiendo y una capa fina de sudor en la nuca a pesar de que la noche estaba fresca.
La primera vez me quedé mirando el techo del hostal completamente escandalizada de mí misma.
¿Pero qué te pasa, Renata? A mi lado, en la litera de arriba, Andy roncaba bajito, ajena al desbalance hormonal que ocurría a un metro de ella.
En la cama de la esquina, alguien del grupo se daba la vuelta.
Yo ahí, sofocada, deseando con todo el cuerpo a un hombre que estaba a un país de distancia, con su novia, viviendo una vida que no me incluía.
Era humillante. Era frustrante. Era —no lo voy a negar— delicioso.
Porque ese sueño me mostraba, sin filtros ni dignidad ni excusas, lo que yo me pasaba el día negando: que no era solo el corazón el que extrañaba a Mateo. Era todo. Cada centímetro de mí se moría —literalmente se moría— por saber qué venía después del beso.
Me acosté otra vez. Cerré los ojos aún algo mareada. Y en lugar de avergonzarme, me sorprendí sonriendo en la oscuridad, con la cara todavía caliente, las mejillas sonrojadas y abrazada a la almohada.
Algún día, pensé, ya medio dormida, con una seguridad tonta y necia que no tenía ningún fundamento. Algún día voy a terminar ese beso. Y no va a ser un sueño.
No tenía ni la más mínima idea de cómo. Mateo estaba con Camila. Yo estaba con un grupo de nómadas a mitad de Europa. Nuestras vidas iban en direcciones opuestas y a toda velocidad, y todo —las familias, la distancia, el sentido común— jugaba en contra.
Pero una parte de mí, la misma que había aventado una moneda a una fuente pidiendo lo imposible, se aferraba a ese “algún día” como a un salvavidas.
Y me dormí con la sonrisa puesta, soñando otra vez con sus manos y ojos encendidos.