CAPÍTULO 17
El deseo
Resulta que la libertad sabe exactamente cómo la había imaginado. Y aun así, no es suficiente.
El road trip arrancó. Un día estaba haciendo maletas en una casa junto a un lago, con los labios todavía calientes por un beso imposible, y al siguiente iba apretujada en una combi vieja con seis desconocidos que se volvieron amigos en cuestión de kilómetros, cruzando fronteras como si cruzara la calle, durmiendo en hostales que olían a incienso y pachulí, despertando sin saber en qué país estaba y sin que eso importara lo más mínimo.
Era todo lo que había soñado. Irme. Ver cosas. Vivir.
Tomé miles de fotos. Llené rollos enteros: plazas a medianoche, pies descalzos en fuentes prohibidas, Andy riéndose con la cabeza echada para atrás, callejones donde la ropa colgaba de ventana a ventana como banderitas.
Comí cosas que no sabía pronunciar. Me bañé en un río helado a las tres de la mañana.
Bailé descalza en una plaza con músicos callejeros mientras el grupo aplaudía.
Y por dentro, en un rinconcito terco que no se callaba con nada, seguía estando ese beso.
Con Tomás las cosas se volvieron… algo. No sé ponerle nombre y creo que esa es justo la respuesta. Digamos que aún no tienen un nombre en FB de estatus para describirla.
En algún pueblo del camino, una noche de vino y estrellas, me besó.
Y esta vez lo dejé. Me dije que ya era hora, que la vida es una, que tenía enfrente a un chico hermoso que me quería cerca, y que seguir esperando a un imposible y qué amor de lejos…
tú sabrás el resto. Además, yo no era una quitanovios. (A buena hora lo pienso, ya lo sé).
Así que me dejé querer, como tanto me había insistido Andy.
Tomás besaba bien. Besaba bonito, suave, con calma, sin prisa. Esperaba sentir eso. El vértigo. El piso moviéndose. Lo que sentí en el rincón ciego entre un carro y un muro de piedra.
No llegaba.
Por más que él intentara subir el tono, por más que me acercara, por más bonito que fuera, mi cuerpo se quedaba a la orilla, mirando, educado, sin lanzarse. Era como tomarse el agua de lo que una vez fue una granizada. Estaba bien. Pero no me quitaba el calor.
Y siempre, siempre , en el peor momento posible, mi cabeza traicionera me devolvía a otra boca. A unas manos de dedos largos sosteniéndome la cara. A un “no podía dejar que el primer beso de tu verano fuera de alguien más”. Es que, admítanlo, ese instinto posesivo era sexy.
Me separaba de Tomás con una sonrisa fingida y un nudo en la panza, y él —que no era tonto— me miraba un segundo de más, como entendiendo algo que no decía.
—Todo bien, fotógrafa —me dijo una de esas veces, sin reclamo, acomodándome el pelo—. No hay prisa, ¿te acuerdas?
Cómo no quererlo. Y cómo no odiarme por no poder quererlo del modo en que se lo merecía.
Andy, por supuesto, lo veía todo.
—Sigues allá, ¿verdad? —Me dijo una noche, las dos acostadas en el techo de la combi viendo estrellas, mientras el resto del grupo cantaba mal abajo, con la mini guitarra de Jordi y los gallos de una de las Lolas—. Con el cuerpo aquí y la cabeza en ese lago.
—Estoy aquí —protesté—. Mírame. Estoy en Europa, durmiendo en una lata con ruedas, feliz.
—Estás feliz —concedió—. Pero hay una parte de ti que dejaste de equipaje en esa casa. Lo veo. —Me pasó el brazo por los hombros—. Y no pasa nada, Renata. A veces uno tiene que recorrer medio mundo para entender que lo que quería ya lo tenía. Ese tipo de viajes son los más largos.
No le contesté. Pero me acurruqué contra ella y dejé que su paz de hippie me arropara un rato, porque era lo único que me dejaba respirar.
Llegamos a Roma una tarde dorada, y fuimos directo a la Fontana di Trevi, porque Andy dijo que era obligatorio y porque yo quería la foto.
Estaba llenísima de turistas, claro, ese mar de gente con palos de selfie y gelatos derritiéndose.
Pero la fuente era imposiblemente hermosa, blanca y monumental, con el agua turquesa cayendo y los caballos de piedra a punto de salir volando del muro.
Saqué la cámara. Disparé hasta quedarme contenta.
—¡Tienes que aventar una moneda! —Me gritó Andy por encima del bullicio—. Es la tradición. Te paras de espaldas, avientas la moneda con la mano derecha por encima del hombro izquierdo, y pides un deseo. Como en Lizzie McGuire. Dicen que si lo haces, regresas a Roma algún día.
—¿Solo eso? ¿Regresar a Roma?
—Bueno —se rió—, dicen que la fuente concede lo que de verdad quieres. Pero hay que pedirlo en serio. Con todo.
Busqué una moneda en el fondo de mi bolsa. Me di la vuelta, de espaldas al agua, con la fuente rugiendo detrás de mí. Cerré los ojos. Y me dispuse a pedir algo bonito y sensato, algo de viajera: que nunca se me acabe el camino. Que vea el mundo entero. Que sea libre para siempre.
Eso debí pedir.
Pero cerré los ojos, y con la moneda apretada en el puño, lo único —lo único — que me salió del fondo del pecho, sin que yo lo eligiera, fue:
Que lo vuelva a ver. Que ese beso no haya sido el último. Que algún día, en algún lado, podamos terminar lo que empezamos en ese rincón.
Abrí los ojos, asustada de mí misma. Aventé la moneda. La oí caer en el agua con un plic diminuto, tragada por miles de monedas de miles de deseos de miles de personas que también querían algo que no tenían. ¿Será que sus deseos se cumplieron?
Y ahí, en medio de la fuente más famosa del mundo, con un chico hermoso esperándome a unos pasos, lo entendí con una claridad que dolía:
Yo no quería volver a Roma.
Yo quería volver a él.
Esa noche, en el hostal, me dormí con la moneda imaginaria todavía cayendo en el agua y la cara de Mateo detrás de los párpados, sin sospechar que mi cabeza —farisea, terca, enamorada— estaba a punto de darme mucho más que un recuerdo.