CAPÍTULO 16
¿Te hago spoiler?
La mañana llegó como llegan las cosas que uno no quiere que lleguen: puntual y sin piedad.
Amaneció despejado, de un azul insultante, como si el cielo no tuviera ni idea de que se me estaba acabando algo.
Bajé mi maleta —la misma que había subido yo sola el primer día, jurando que podía con todo— y la dejé junto a la puerta.
El nudo del pecho no se había deshecho en toda la noche. Lo cargaba como una piedra.
La casa entera bajó a despedirme. Mi mamá lloraba sin disimulo, abrazándome como si me fuera a la guerra y no de vacaciones.
Mi papá me dio uno de esos abrazos largos de papá, me dijo al oído “cualquier cosa, me llamas y voy por ti hasta el fin del mundo”, y casi me hizo llorar también.
Mi tía me llenó de besos. Ian me revolvió el pelo y me dijo “pórtate mal, Reny, pero no tanto”, y me prometió, guiñando un ojo, que “a lo mejor nos vemos por allá”.
Hasta Camila se asomó, cordial como siempre, a desearme buen viaje desde una distancia segura.
Y Mateo.
Mateo estaba un poco apartado, con las manos en los bolsillos, esa postura suya de cuando aguanta algo. Lo dejé para el final, claro. Me acerqué con el corazón en la garganta, lista para el apretón de manos, el “buen viaje, cuídate”, el protocolo de extraños que nos habíamos prometido sin querer.
Afuera, en el camino, sonó la bocina. Dos veces. El grupo. Tomás. Mi vida nueva, esperándome.
—Bueno —dije, tendiéndole la mano como una idiota, con la voz temblándome—. Pues… gracias por todo. Por cuidarme. Aunque no te lo haya pedido.
Mateo miró mi mano. No la tomó.
En cambio, miró hacia la casa —rápido, como quien calcula—, me agarró de la muñeca, y me jaló los pocos pasos que nos separaban del costado del carro, ese rincón ciego entre el auto y el muro de piedra donde, por un segundo, no nos veía nadie.
—¿Qué haces? —Alcancé a decir.
—Algo que llevo deseando hacer todo el verano —contestó.
Y me besó.
No fue un beso cuidadoso de esos que uno se imagina de un chico que se la pasa midiéndolo todo.
Fue lo contrario. Me tomó la cara con las dos manos —esas manos de dedos largos que tanto me gustaban de él— y me besó como quien por fin suelta algo que llevaba años cargando.
Empezó tierno, casi tembloroso, con una disculpa y una pregunta al mismo tiempo.
Y cuando yo —porque por supuesto que le correspondí ese beso, porque llevaba el verano entero esperándolo, igual que ustedes— me derretí contra él, el beso cambió.
Se volvió hondo, urgente, con una desesperación que no le conocía.
Una mano bajó a mi cintura y me pegó a él con una fuerza que me arrancó un suspiro contra su boca; la otra se enredó en mi pelo, cerrándose, reclamándome.
Sentí su cuerpo entero tenso contra el mío, conteniéndose a duras penas, todo lo que se había prohibido el verano entero peleando por salir en un solo beso.
Me besó como si quisiera dejarme una marca por dentro.
Como si quisiera arruinarme para cualquier otro.
Y vaya que lo logró.
Se me cayó el bolso. No me importó. El verano entero —los casi — se concentró en ese único punto donde su boca tocaba la mía, y como nunca antes en la vida, no hubo ningún casi . Hubo un sí . Un sí completo, redondo, sin comillas.
Cuando por fin nos separamos, los dos respirábamos como si hubiéramos corrido. Apoyó su frente en la mía, los ojos cerrados.
—No podía dejar que el primer beso de tu verano fuera de alguien más —susurró, ronco, todavía sosteniéndome la cara—. Perdóname. No me aguanté. No con la idea de que te ibas con él sin saber esto.
—Mateo… —Tenía mil cosas que decir y ninguna me salía.
La bocina sonó otra vez, más larga, más impaciente.
—Vete —dijo—, y le tembló la voz. Antes de que sea yo el que no te deje ir. Vete, Ren.
Y porque soy una cobarde igual que él, porque tenía dieciocho años y un carro lleno de libertad esperándome y el cerebro hecho confeti, hice lo único que supe hacer: agarré mi bolso del suelo, me di la vuelta y caminé hacia el carro con las piernas temblando y los labios todavía calientes, sin mirar atrás, porque sabía que si miraba atrás no me iba a ir nunca.
Me subí. Tomás me sonrió, Andy me apretó la mano emocionada, el carro arrancó.
Y mientras la casa del lago se hacía chiquita por la ventana trasera, me toqué los labios con dos dedos, incrédula, y pensé que por lo menos —por lo menos— nadie nos había visto. Que ese beso imposible había sido solo nuestro. Un secreto que me llevaba conmigo.
En eso, como en casi todo ese verano, me equivoqué.
POV MATEO
La vi subirse al carro. La vi irse. Y me quedé ahí, en el rincón ciego entre el auto y el muro, con sus labios todavía en los míos y el pecho vacío de una forma nueva, como un cuarto al que le acaban de sacar todos los muebles.
Acababa de hacer la cosa más egoísta y más honesta de mi vida en un mismo gesto.
La besé sabiendo que está mal, sabiendo que Camila recién se había entrado a la casa con los demás, sabiendo que no resuelve nada.
La besé porque la idea de que se fuera para siempre sin saber lo que siento era, de golpe, mucho más insoportable que cualquier consecuencia.
Por una vez, no medí. Por una vez, no fui el niño bueno.
Y se sintió como respirar después de meses bajo el agua.
Me quedé mirando el polvo que dejó el carro hippie, hasta que se asentó. Y cuando me di la vuelta para volver a la casa —para enfrentar lo que tuviera que enfrentar—, me topé con algo que me heló la sangre.
Dos personas, en el porche, mirándome.
Ian, con la boca entreabierta, las cejas hasta el pelo, una expresión a medio camino entre “no puede ser” y “lo sabía”.
Y a su lado, mi papá.
Mi papá no tenía la boca abierta. No estaba sorprendido.
Me miraba con una calma rarísima, una calma de quien acaba de confirmar algo que ya sospechaba desde hace años.
No había enojo en su cara. No había decepción —la única cara suya que yo no habría podido soportar—.
Había otra cosa. Algo parecido a… ¿ternura? ¿Cálculo? No supe leerlo.
Solo asintió. Despacio. Una vez. Como quien guarda una pieza en su lugar.
Y se metió a la casa sin decir una palabra.
Yo me quedé afuera, con el corazón a mil, sin comentar nada.