El verano de mi libertad CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El mismo muelle

El verano, que durante semanas se había estirado como un chicle eterno, de repente empezó a contarse en horas.

Dos días. Después uno. El grupo arrancaba el sábado; Tomás ya había confirmado que pasaban por mí temprano.

Y la casa, que había sido mi mundo entero, comenzó a despedirse de mí en pedacitos: la última vez que bajé al lago por la mañana, la última vez que fotografié la niebla sobre el agua, la última vez que oí a mi mamá tararear en la cocina mientras hacía café.

Empaqué despacio, doblando cada cosa como rollitos para ver si así me cabía más, como si en lugar de irme de vacaciones me estuviera mudando de vida. Y en cierto modo era eso. Me iba a estrenar la libertad que tanto había soñado. Debería haber estado dando saltos.

No los daba.

Porque la casa también tenía a Camila, instalada como dueña, contando los días para su propio viaje, colgada de Mateo en cada esquina. Y tenía a Mateo, que se había vuelto un experto en estar en el mismo cuarto que yo, lo hacía a propósito para que lo viera con su mascotita.

Nos habíamos dicho adiós sin decirnos nada. Eso era lo que más me dolía. Que después de los encuentros y los viajes al pueblo, nos íbamos a separar para siempre con un protocolo de extraños educados. Un apretón de manos. Buen viaje. Cuídate.

Y ya.

La última noche no pude dormir. Por supuesto que no.

A las dos de la mañana me rendí, me puse una sudadera sobre el pijama y bajé descalza, sin rumbo, solo para no seguir mirando el techo. Los pies me llevaron solos a donde tenían que llevarme: crucé el pasto frío y bajé al muelle.

El mismo muelle. Donde todo había empezado, donde una mano rozando la otra me arruinó —o me salvó, ya no sé— la vida.

Y ahí estaba él.

Sentado en el borde, los pies colgando hacia el agua negra, una silueta contra la luna en el lago. Como si lo hubiera invocado. Como si los dos, sin ponernos de acuerdo, hubiéramos sabido que esta noche, en este lugar, había una conversación pendiente.

—No puedes dormir —dije. No era una pregunta.

—No —contestó, sin voltear—. Tú tampoco.

Me senté a su lado. No tan cerca como aquella primera vez. No tan lejos como las últimas semanas. En la distancia exacta de dos personas que ya no saben cómo estar juntas ni cómo estar separadas.

Nos quedamos callados un largo rato, mirando el agua. El silencio, esta vez, no era de guerra. Era de despedida, que es peor.

—Mañana te vas —dijo al fin.

—Mañana me voy.

—Con él.

—Con el grupo —corregí—. Con Andy. Con Tomás. Sí.

Asintió despacio, como guardándose algo. La luz de la luna le hacía esa cosa de siempre, partirle la cara en mitad clara y mitad sombra, y me permití observarlo. Memorizarlo. Porque sabía que era la última vez que lo iba a tener así, a un brazo de distancia, en nuestro muelle.

—¿Sabes qué es lo más estúpido? —dije, porque ya qué más daba, porque mañana me iba y las cosas que se dicen la última noche no cuentan—.

Que me paso la vida diciendo que quiero irme.

Que quiero ver el mundo, vivir fuera de mi caja, no echar raíces en ningún lado.

Y resulta que lo único que no quiero dejar…

está en la casa equivocada, con la persona equivocada, siendo imposible.

Mateo cerró los ojos. Como si le hubiera pegado.

—Ren —otra vez en esa voz—. No digas eso.

—¿Por qué no? Si es verdad. Mañana me voy y si no fuera así, nunca te lo hubiera dicho, así que prefiero decirlo mal a no decirlo. —Se me quebró la voz; la odié por eso—. Me hubiera gustado, Mateo. En otra vida. En otra etapa, con otras familias, otro todo. Me hubiera gustado tanto.

Se volteó hacia mí. Y ya no había pared. No quedaba nada de la pared.

Levantó la mano —despacio, temblando, igual que aquella vez en el carro— y me acomodó un mechón detrás de la oreja, dejando los dedos ahí, en mi mandíbula, en mi cuello. Sentí su pulgar trazarme la mejilla. Me incliné hacia su mano sin poder evitarlo, como una planta hacia el sol.

—No tienes idea —dijo, la voz hecha pedazos— de lo que daría por que esto fuera otra vida.

Nos acercamos. Los dos. Su frente bajó hasta tocar la mía, su respiración se mezcló con la mía, su otra mano encontró mi cintura y me atrajo, y por un segundo eterno estuvimos así, suspendidos, a un suspiro, con el lago y la luna y todo el verano conteniendo el aliento con nosotros.

Habría sido tan fácil. Solo un centímetro más.

Pero él se detuvo. Justo ahí. Con sus labios a nada de los míos y su corazón —lo sentía, golpeándole el pecho— a mil.

—No así —susurró, con un dolor que no le había oído nunca—. No contigo dormida a tres puertas de Camila. No te mereces ser el secreto de nadie, Ren. Tú mereces que alguien te grite, no que te susurre a escondidas.

Y eso —que me apartara por respeto y no por miedo, que la única vez que tuvo el valor de decirme algo fuera para protegerme de él mismo— me rompió y me reparó al mismo tiempo.

—Eres imposible —dije, con los ojos llenos.

—Lo sé. —Una media sonrisa triste—. Es mi único talento.

Me reí. Lloré y me reí, las dos cosas, ahí en el muelle, con su frente todavía pegada a la mía.

Nos quedamos así un rato más, sin cruzar la línea, despidiéndonos en el único idioma que nos habíamos permitido todo el verano: el de las cosas que casi pasan.

Después subí. Él se quedó.

Y mientras me metía a la cama, con el pecho hecho un nudo imposible, pensé que así terminaba: en un casi , como todo el verano. Que mañana me subiría a ese carro y lo dejaría atrás para siempre.

POV MATEO

La dejé subir. Otra vez.

Pero esta vez fue distinto, y solo yo lo sé.

Esta vez no me aparté porque fuera un cobarde.

Me aparté porque la quise bien . La quise lo suficiente para no robarle un beso a escondidas en un muelle a las dos de la mañana, con mi novia durmiendo arriba, convirtiéndola en algo de lo que después tuviera que avergonzarse.

Ella no es un secreto. Es lo más lejano a un secreto que existe. Es la persona más luminosa que he conocido, y se merece la luz, no un rincón oscuro de mi vida mal resuelta.

Me quedé en el muelle hasta que amaneció, mirando el lago, sabiendo dos cosas con una claridad que daba miedo.

La primera: que mañana se iba, y que verla subir a ese carro iba a ser lo más difícil que hiciera en la vida.

La segunda —y esta me cayó encima como el agua de aquella tormenta, de golpe, empapándome entero—: que ya no podía seguir siendo el niño bueno. Que guardar todo esto, recibir a Camila, decir adiós con un apretón de manos y dejarla ir sin pelear… eso no era ser noble.

Eso era ser un cobarde con mejor vestuario. Otra vez.

Y se me estaban acabando, de una vez por todas, las razones.