El verano de mi libertad CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El desayuno

Bajé a desayunar con el discurso ensayado y el corazón en modo avión para que no me delatara. Lo tenía todo planeado: esperar a que estuvieran los papás, ya que sabía que mi tía me alentaría, anunciarlo con voz firme, no temblar. Me voy con el grupo, road trip, Italia, ya lo decidí. Punto.

No conté que Ian me ganara el micrófono.

—¡Familia, atención! —dijo, parándose con su jugo en alto como si fuera a brindar, apenas me vio sentarme—.

Tengo chisme fresco. ¿Ya supieron que Reny se nos adelantó a todos en eso de tener vida?

Se va de aventurera con la bola de hippies.

Road trip, sin fecha de regreso, empezando por Italia, cuando acabe nuestro viaje.

—Me señaló con el vaso, orgulloso, como si me hubiera inventado él—. La nena creció, señores.

Qué cabrón. No sé si me ayudó o jodió mi única oportunidad.

Se hizo un silencio de medio segundo en la mesa.

Yo no miré a mis papás. No miré a Ian. No miré el plato.

Miré a Mateo. Porque tú y yo sabemos que era la única cara que me importaba en esa mesa.

Y la vi.

Vi cómo, por una fracción de segundo, se le cayó la máscara.

La taza se le quedó suspendida a medio camino de la boca.

Algo en su cara se desencajó —los ojos, la mandíbula, una cosa diminuta alrededor de la boca— como si le hubieran sacado el aire de un golpe.

Fue rapidísimo. Tan rápido que dudo que alguien más lo notara.

Pero yo lo noté. Llevaba todo el verano estudiando esa cara. Me la sabía de memoria.

Y entonces, igual de rápido, la guardó. Bajó la taza, se encogió de hombros y le dio un trago a su café con una calma de plástico.

—Qué bueno —dijo, sin mirarme—. Le va a hacer bien crecer y ver el mundo como es.

Qué bueno. Dos palabras. Después de la tormenta, del muelle, del vaso, del “Ren”. Dos palabras planas, como una piedra cayendo en un pozo seco.

Mis papás, mientras tanto, reaccionaron como reaccionan los papás cuando su hija crece de golpe: mi mamá soltó un “ay, mi niña” con los ojos vidriosos, mi papá hizo preguntas prácticas sobre fechas y seguridad y con quién exactamente, y mi tía dijo que le parecía maravilloso, que a mi edad ella habría dado lo que fuera por algo así.

Lo que casi nadie notó —yo sí, de reojo— fue a mi tío. El papá de Mateo. Que no dijo nada. Que solo se quedó mirando a su hijo un segundo de más, con una cejita levantada, como quien suma dos y dos en silencio.

—¿Y ustedes qué? —preguntó mi mamá, cambiando de tema—. ¿Sigue en pie su viaje?

Y ahí Mateo, milagrosamente, recuperó la voz. Se volteó hacia Ian, demasiado interesado de pronto en la logística.

—¿Sigue en pie lo nuestro? —preguntó—. Porque Camila llega en unos días. Ya tiene los boletos. Era para irnos todos juntos.

Camila llega.

Se me cayó el tenedor, o se me habría caído si lo hubiera estado sosteniendo. Camila. Aquí. En unos días. La voz de la videollamada con cara y cuerpo y maletas, instalándose en esta casa, colgándose del brazo de Mateo enfrente de mí.

Genial. Justo lo que necesitaba para irme con la conciencia tranquila: ver en vivo y a todo color que yo nunca tuve nada que hacer ahí.

—Claro que sigue en pie —dijo Ian, sirviéndose más fruta—. De hecho —agregó, masticando— yo a lo mejor después me escapo a alcanzar a Reny y a su gente. Me caen bien. Buena vibra. No los quiero perder de vista.

Levanté una ceja, agradecida de tener por fin una excusa para sonreír.

—Ajá. ¿Y eso? ¿Te vienes a cuidarme a mí —dije, con toda la malicia del mundo— o vas por cierta hippie de pulseras y de anteojos setenteros?

Ian se atragantó con la fruta. Se puso del color de las fresas que estaba comiendo.

—Voy a cuidarte a ti, obviamente —dijo, dignísimo, sin engañar a nadie.

—Obvio —contesté.

Y por un momento, entre risas y fresas y la complicidad tonta de Ian poniéndose rojo, casi se sintió como una mesa normal, una familia normal, un verano normal.

Casi.

Porque al otro lado de la mesa, Mateo seguía tomando su café con una calma de plástico, mirando fijamente un punto de la pared, con los nudillos un poquito más blancos de lo normal alrededor de la taza.

Y yo, que había bajado decidida, valiente, lista para empezar mi vida lejos de él, descubrí que esa cara —la que se le desencajó por medio segundo— me había desordenado todo otra vez.

Maldito sea.

POV MATEO

Se va.

Lo soltó Ian entre carcajadas, como un chiste, como un brindis, y a mí se me cayó el verano entero encima en una sola frase.

Road trip. Sin fecha de regreso. Italia.

Con él. Con el árabe ese que le toca la espalda con toda confianza.

Lejos. De verdad lejos. No los pocos kilómetros que nos ha separado el pueblo; océanos.

Sentí cómo me cambió la cara antes de poder evitarlo.

Medio segundo de honestidad pura que no pedí permiso para dar.

Y la sentí a ella viéndome —porque ella siempre me está viendo, aunque finja que no, igual que yo a ella—, así que hice lo único que sé hacer: me tragué todo y dije una estupidez.

Qué bueno. Le va a hacer bien. Intentando que suene a que soy un hombre maduro.

Le va a hacer bien. ¡Ren es mía! , pensé. Pero solo pude decir «Le va a hacer bien», y lo dije como si me importara un comino su bien, y no se me estuviera partiendo algo por dentro.

Después me agarré de lo único firme que me quedaba: el viaje, Camila, los boletos, la logística.

Mencioné que Camila llega en unos días y vi a Ren bajar la mirada al plato, y me odié por el alivio cobarde que sentí.

Que venga Camila. Que venga la realidad.

Que venga todo lo que me ate a la vida que escogí antes de conocer lo que era no poder respirar por culpa de alguien.

Porque eso es lo correcto, ¿no? Ella se va a volar por el mundo. Yo me caso con mi caja, con mis diez años de hospital, con Camila que me quiere a su modo y a la que le debo, por lo menos, no seguir mintiéndole con la cabeza puesta en otra parte.

Es lo correcto. Me lo repetí toda la mañana, taza tras taza, mientras mi hermano hacía reír a la única persona que quiero, mientras mi papá me miraba como si me leyera el pensamiento, mientras los nudillos se me ponían blancos solos.

Es lo correcto.

Y nunca en mi vida algo correcto me había dolido tanto.