El verano de mi libertad CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El niño bueno

POV MATEO

Hay una foto en casa de mis papás, de cuando yo tenía seis años. En ella, Ian —que tenía ocho— está embarrado de pastel hasta las orejas, riéndose como un demente, estoy a su lado, impecable, con la camisa fajada como un señorcito, sosteniéndole el plato para que no lo tirara.

Esa foto explica mi vida entera mejor que cualquier cosa que yo pueda decir.

Ian fue el primero. Y al primero se le perdona todo.

Ian podía reprobar, llegar tarde, chocar el carro, desaparecerse un fin de semana entero, y mi mamá solo suspiraba un “ay, este muchacho” con una sonrisa escondida.

Ian nació con el permiso puesto como camisola.

El mundo lo recibió con los brazos abiertos y nunca le pidió nada a cambio.

A mí me tocó lo contrario.

Al segundo hijo no lo consienten igual. Al segundo hijo lo miden.

Yo fui el de las buenas calificaciones, el que no daba problemas, el que recogía los platos, el que se quedaba a cuidar de que el otro no hiciera un tiradero.

El niño diez. Mi mamá nunca fue cruel, que quede claro, pero conmigo era distinta: más exigente, más seca, como si yo fuera el experimento que sí tenía que salir bien para compensar al que salió libre.

Un nueve, para ella, era un “¿Y el otro punto?”.

Para Ian, un seis raspado era motivo de fiesta.

Dicen que los papás cuidan al hijo más tonto, y no me malinterpreten, amo a mi hermano, pero confirmo el dicho.

El único que me veía de verdad era mi papá.

Mi papá fue quien se sentaba conmigo a estudiar anatomía aunque no entendiera nada, quien me decía “vas a ser un gran médico, hijo”, quien me apretaba el hombro en silencio cuando sabía que yo estaba a punto de quebrarme tras largas horas de estudio y no me dejaba quebrar.

Mi papá creyó en mí cuando yo todavía no sabía si valía la pena creer.

Y ese es justo el problema. Porque cuando la única persona que te sostiene es una sola, decepcionarla deja de ser una opción. Yo podría soportar el mundo entero en contra. Lo que no podría soportar es ver esa cara —la cara de mi papá— mirándome con desilusión.

Así que aprendí a ser lo que necesitaban que fuera. Responsable. Contenido, con todo en su lugar. Escogí medicina —que sí quería, ojo, pero también porque era lo correcto, lo seguro, lo que hacía que valiera la pena ser el niño bueno—. Y me prometí no salirme nunca del plan.

Veintitrés años cumpliendo esa promesa. Hasta este verano.

Hasta Ren.

La estoy viendo ahora mismo, desde la ventana de mi cuarto.

Está allá abajo, junto al lago, con el grupo, con él.

Lleva esa blusa de tirantes que se le resbala del hombro y que ella vuelve a subir sin darse cuenta cada tres minutos.

Tomás le está contando algo, y mientras habla le pone la mano en la cintura, sube por su brazo, le acomoda de nuevo ese tirante, pasando cerca de su clavícula.

Con confianza. Con permiso. Con la naturalidad obscena del que puede tocar lo que quiere porque nadie le enseñó a tener miedo.

Desde aquí arriba, agarrado del marco de la ventana, lo envidio con una intensidad que me asusta.

Porque yo sé exactamente qué haría con esa oportunidad.

Lo he pensado más veces de las que voy a admitir jamás.

Sé cómo le bajaría ese tirante, despacio, con un dedo, para besarle el hombro que deja al descubierto.

Sé cómo subiría la mano por su espalda, por su cintura, por debajo de esa blusa, sintiendo el calor de su piel que ya conozco.

Sé cómo la besaría en el cuello hasta que se le olvidara cómo se llama, hasta hacerla temblar como tembló bajo la lluvia.

Ya no es solo que la quiera. La quiero desde siempre, desde que era la nena de la casa y yo le cuidaba que no se cayera, la tomaba de la mano para que no se quedara atrás. Eso es viejo, eso es tierno, eso casi se puede manejar.

Lo nuevo —lo que me tiene agarrado del marco de la ventana a las once de la mañana como un idiota— es que ahora también la deseo.

Con cada fibra del cuerpo. De una forma que no tiene nada de tierna y que me da vergüenza y que no se apaga por más que corra al amanecer, por más libros que estudie, por más cafeterías a las que huya.

Y la mano de ese tipo en su cintura me está volviendo loco, porque él hace —con tanta ligereza, sin que le cueste nada— lo único que yo me muero por hacer y no me permito.

¿Y saben qué es lo peor?

Que como nunca antes en mi vida, quiero mandarlo todo a la mierda.

Todo. El plan. Los diez años de hospital.

El niño diez. La promesa que le hice a mi papá sin que me la pidiera.

Quiero bajar esas escaleras, atravesar el pasto, quitarle la mano de encima a ese tipo, agarrarla a ella de la cara y decirle la verdad delante de todos: que la llamada era mentira, que no extraño a Camila, que la única persona a la que extraño duerme a tres puertas de mí, que llevo todo el verano ahogándome y que ella es lo único que me deja respirar.

Quiero ser, por una vez en la vida, el hermano al que se le perdona todo. El que choca el carro y se ríe. El que se sale del plan y manda la responsabilidad al diablo y se va detrás de una chica a Italia sin pensarlo dos veces.

Quiero ser Ian. Quiero ser Tomás. Quiero ser cualquiera menos el niño bueno que sostiene el plato mientras todos los demás se embarran de pastel.

Pero no lo soy.

Soy el que se queda en la ventana. El que calcula.

El que piensa en mi papá, en las familias, en su edad, en que ella merece volar y no que yo la haga ser una versión femenina mía justo cuando le están saliendo las alas.

El que se convence de que dejarla ir es lo noble, lo correcto, lo maduro —cuando a lo mejor solo es lo cobarde con mejor vestuario—.

Abajo, Ren se ríe de algo y echa la cabeza para atrás, y el sol le da en el cuello, ese cuello, y tengo que cerrar los ojos.

Faltan dos días para que llegue Camila.

Faltan pocos para que Ren se vaya.

Yo, el niño diez, voy a hacer lo que siempre hago: lo correcto. Voy a quedarme en mi ventana, voy a recibir a mi novia, voy a despedir a Ren con un apretón de manos, y voy a guardar todo esto en la maleta con todo lo demás.

Aunque por dentro, lo único que quiera de verdad sea prenderle fuego a la caja.

CAPÍTULO 14

En carne y hueso

Pasé dos días diciéndome que la llegada de Camila no me importaba.

Dos días enteros de “a mí qué”, como niña malcriada, “que venga”, de “yo ya tengo mi vida resuelta lejos de aquí”. Me lo repetí tantas veces que casi me lo creo. Casi, otra vez. Empezaba a pensar que mi autobiografía debería llamarse así: Casi .

Llegó un jueves, a media tarde, en un taxi que subió por el camino de terracería levantando polvo.

Yo estaba en el porche, fingiendo leer, cuando se abrió la puerta del carro y bajó ella.

Y lo primero que pensé, con una punzada de honestidad horrible, fue: claro .

Claro que Camila era así. Alta, de piernas largas, con un vestido de lino color crema que no tenía ni una arruga después de horas de viaje —algo que para mí es prácticamente un poder sobrenatural—.

El pelo liso y brillante, lentes de sol de los caros empujados sobre la cabeza, una sonrisa de comercial de pasta de dientes.

Olía a perfume bueno desde tres metros. Era la clase de chica que parece salida de una revista y que hace que una se acuerde de que trae las rodillas raspadas, el pelo hecho un nido por el lago y una camiseta con una mancha de matcha de Andy.

Era perfecta. La odié con una eficiencia admirable, sabiendo perfectamente que mi odio no era más que envidia con otro nombre.

—¡Mateo! —Gritó, y soltó la maleta evidentemente cara a media tierra para correr hacia él.

Y él —que había bajado del porche con las manos en los bolsillos, con esa cara suya de circunstancia— la recibió. Ella le echó los brazos al cuello y lo besó. En la boca. Frente a todos. Frente a mí. ¿Quién se cree? Ah, sí, claro, su novia… ¡buaahhhg!

Aparté la mirada hacia mi celular, fingiendo que veía el video que llevaba diez minutos en repetición generando vistas al creador, y me ordené a mí misma no sentir lo que estaba sintiendo.

No funcionó. Nunca funciona.

Las presentaciones fueron un desfile de cordialidad.

Camila era encantadora; hay que reconocerlo. Saludó a los papás con dos besos y cumplidos exactos, le dijo a mi tía de dónde había sacado ese collar tan divino, se rió de los chistes de Ian, elogió la casa, el lago, el aire. Una profesional. La clase de novia que cualquier mamá quiere para su hijo.

Hasta que llegó a mí.

—Y tú debes ser… —dijo, mirándome de arriba abajo en medio segundo, archivándome. La hija de los amigos, ¿verdad? La que vino con sus papás. —Sonrió, dulcísima—. Ay, qué tierna. Mateo me ha contado que te conoce desde chiquita. Como una hermanita, ¿no?

Una hermanita. Óiganse a esta…

—Algo así —dije, devolviéndole la sonrisa con todos los dientes.

—Qué linda —remató, como si fuera yo un perrito de bolsillo, y ya me había dado la espalda para colgarse otra vez del brazo de Mateo antes de que yo terminara de existir.

Y eso fue todo. En quince segundos, Camila había hecho lo que Mateo llevaba todo el verano intentando: me había dado el papel de la novela, de la nena, de la hermanita, de la niña de los amigos. Me había hecho invisible con una sonrisa de revista.

Lo curioso es que no me dolió por ella. Me dolió porque, durante unos días de tormenta y cocina y muelle, yo me había permitido creer que era otra cosa. Y Camila, sin saberlo, acababa de recordarme mi lugar oficial en esta familia.

La hermanita.

Subí a mi cuarto y le escribí a Tomás. ¿A qué hora dijiste que nos vamos?

La cena de esa noche fue una obra de teatro y yo tenía asiento de primera fila.

Camila se sentó pegada a Mateo, con una mano en su pierna o en su brazo todo el tiempo, hablando de los hoteles que había reservado, de los planes, del itinerario, contando los días para irse “los dos solitos —bueno, con Ian y los demás, pero ya saben—”.

Era la novia perfecta en su salsa, dueña de la escena, dueña de él.

Y Mateo… Mateo asentía. Sonreía cuando tocaba. Le contestaba. Hacía todo lo que un buen novio hace.

Buen chico retriever…

Pero yo, que llevaba un verano entero estudiando su cara, veía las costuras.

Veía que la sonrisa no le llegaba a los ojos.

Veía cómo se ponía rígido cuando ella lo tocaba, ese medio segundo de tensión antes de relajarse a propósito.

Veía que comía sin ganas, que contestaba en automático, que cada tanto su mirada se escapaba —rápida, involuntaria— hacia el otro lado de la mesa.

Hacía mí.

Una de esas veces, nuestros ojos se encontraron por encima del centro de mesa, por encima de la cabeza de Camila, que en ese momento le acomodaba el cuello de la camisa como quien acomoda un trofeo.

Y por una fracción de segundo, en esa mirada robada, vi todo lo que en el desayuno se había tragado.

La disculpa. El “no es lo que parece”. El “esto me está matando a mí también”.

Bajé la vista a mi plato.

Porque, ¿sabes qué es lo más patético de todo? Que esa mirada robada de medio segundo me dijo más que todas las caricias que Camila le hacía enfrente de mí. Y que una parte de mí, la idiota, la que no aprende, se aferró a esa mirada como a un salvavidas.

Pero ya no.

Me lo prometí ahí mismo, picando comida que no me iba a comer, porque mi tía era bella pero pésima cocinera. Se acabaron los salvavidas hechos de miradas robadas. Camila había venido a poner las cosas en su lugar, y por mucho que me ardiera, tenía razón en algo: yo no pintaba nada en esta historia.

Faltaban pocos días. El grupo arrancaba pronto. Tomás, Andy, Italia, la carretera, una vida entera esperándome lejos de esta mesa. Y del pato a la naranja más duro que había masticado.

Me iba a ir. Y esta vez no había nada que me hiciera dudar.

Eso me dije.

Y casi — casi , mi palabra favorita— me lo creí, hasta que al levantarme de la mesa lo sentí mirarme la espalda mientras Camila le hablaba al oído, y se me erizó la piel como a él se le erizaba con mis pasos.

Maldita sea. Maldito él. Maldito todo.

Dos almas necias atrapadas en la casa equivocada.