CAPÍTULO 11
Dejarse querer
Déjate querer , me había dicho Andy. Y empecé a pensar que tal vez tenía razón.
Porque mientras en la casa todo era frío y fantasmas que se escondían en cafeterías, con Tomás todo era tibio y sencillo y cuesta abajo.
Yo estaba cansada. Cansada de remar contra la corriente por alguien que ni siquiera me daba la cara.
Porque aunque suene a migaja, yo sí buscaba toparme con él en los pasillos, verlo en las comidas, proponerme para las idas a comprar cosas, las cuales Mateo había designado ahora a Ian.
Tomás, en cambio, no se escondía de mí. Tomás me buscaba.
Y vaya que me buscaba. En esos últimos días se volvió mi sombra de buena manera: aparecía con dos frappuccinos de vainilla con caramelo, sin café; me guardaba el mejor lugar para ver el atardecer, me cargaba la mochila aunque yo le dijera que podía sola, me agarraba de la mano para cruzar la calle y luego “se le olvidaba” soltarla.
Se puso pegajoso de la manera más linda posible, y yo —lo confieso— me dejé.
Era agradable que alguien me quisiera cerca sin pelearse consigo mismo por ello.
—Cuando lleguemos a Roma —me decía, tirados en el pasto, planeando un viaje al que yo todavía no había dicho que sí—, vamos a perdernos a propósito. Sin mapa. Tú con tu cámara, yo cargándote los rollos. Y nos quedamos donde nos guste el tiempo que nos guste. ¿Te imaginas, Renata?
Y lo peor es que sí me lo imaginaba. Me imaginaba la vida entera con él: ligera, libre, sin cargas. La vida que siempre dije que quería, servida en charola, con fisonomía de jeque árabe, que me hacía reír y que no le tenía miedo a nada.
¿Qué más podía pedir?
—Me lo imagino —dije.
Y casi, casi me lo creí.
La noche casi perfecta parece diseñada para que algo pase.
Tomás me llevó a solas —“déjame robarte un rato del grupo”— a un puente viejo del otro lado del lago, lejos de la manada, lejos de todo.
Llevó una manta, una bocina chiquita con música suave, una botella de vino rosa barato que sabía a gloria porque la estábamos tomando a los dieciocho, en otro país, junto al agua.
Hablamos durante horas. Me contó de su familia, de por qué se había ido a rodar el mundo, de los lugares que le faltaban.
Yo le conté de mis sueños de ser artista nómada, de mis padres que esperaban que la nena siguiera la uni y del miedo que tenía a decepcionar a todos.
No me juzgó. Me entendió. Con él todo encajaba sin forzarlo.
Y en algún momento, bajo esa luna que ya me había visto temblar por otro en otro lugar, Tomás dejó de hablar. Me miró con esos ojos grandes y redondos, se acercó despacio, me puso una mano en la mejilla, y empezó a inclinarse hacia mí.
Iba a besarme.
Lo dejé acercarse, porque una parte de mí lo quería de verdad, quería cerrar los ojos y dejar que ese beso borrara todo, que escribiera encima de lo otro, que me hiciera libre.
Cerré los ojos.
Y en la oscuridad de mis propios párpados, a un suspiro de los labios de Tomás, la cara que vi no fue la suya.
Fueron microsegundos. Una tez de playa. Una voz ronca diciendo Ren en un carro lleno de lluvia.
Me moví sin pensar y el beso quedó colgando de la comisura de mi boca.
—Perdón —dije, con el corazón latiéndome por todas las razones equivocadas—. Perdón, Tomás, yo… no puedo. Todavía no.
Esperé que se molestara. Que se sintiera rechazado, que pusiera mala cara, cualquiera de las cosas que habría hecho un chico inseguro.
No hizo nada de eso. Solo sonrió, tranquilo, y se acomodó otra vez a mi lado, pasándome un brazo por los hombros, mirando el lago.
—No pasa nada —dijo, ligero—. No hay prisa, fotógrafa. Yo espero. Las cosas buenas no se apuran.
Y eso —esa madurez, esa paz, ese no exigir nada— lo hizo todavía más perfecto. Más fácil de querer. Más obviamente la opción correcta.
Apoyé la cabeza en su hombro y odié, con todas mis fuerzas, que la cabeza ahí apoyada estuviera pensando en alguien más.
Esa madrugada, de vuelta en mi cuarto, me quedé viendo el techo y tomé una decisión.
Porque no podía seguir así. No podía pasarme la vida esperando a que un cobarde se decidiera, llorando en pasillos, soñando con quien me trataba indiferente.
No podía dejar pasar al chico bueno, libre y presente que me ofrecía justo la vida que soñaba, por culpa de uno que prefería esconderse como ratón de biblioteca antes que decirme la verdad.
Iba a irme. Al road trip. A Italia. Con Tomás, con Andy y el grupo. Iba a tomar las riendas de mi propia vida en lugar de quedarme esperando a que alguien tomara las suyas.
Lo decidí ahí, en lo oscuro, con una mezcla de valentía y despecho que se sentía casi igual.
Mañana se lo diría a mis papás.
«¡Decidido!», dijo mi mini yo que vive en mi cabeza.