CAPÍTULO 10
A plena vista
Hay una mirada que no se puede disimular, y la reconocería en cualquier parte del mundo: la de dos personas que se acaban de gustar y todavía no lo saben.
La descubrí entre Ian y Andy una tarde, sin buscarla.
Ian había empezado a aparecer por el grupo “de casualidad” —que si pasaba por ahí, que si lo invitaron, que si no tenía nada mejor que hacer—, y la casualidad tenía cara de Andy.
Los dos se buscaban con los ojos antes de buscarse con cualquier otra cosa.
Ian, que normalmente hablaba para una sala entera, bajaba la voz cuando hablaba con ella.
Y Andy, que andaba por la vida en paz absoluta, se reía de los chistes de Ian con una risa medio nerviosa que no le había oído con nadie más.
—Te gusta —le dije a Ian, mientras él fingía revisar su teléfono y en realidad veía a Andy bailar descalza junto a la fogata.
—Cállate, Reny.
—Le. Gus. Tas. —canturreé.
—Que te calles. —Pero se puso rojo, y eso lo dijo todo.
Andy, por su lado, ya andaba trabajándoselo a su manera hippie y descarada.
—Deberías venirte con nosotros al road trip —le dijo a Ian esa noche, como quien no quiere la cosa—. La carretera te va a sentar bien. Tienes alma de nómada atrapada en cuerpo de niño rico.
Ian se rió, pero por un segundo se le notó que lo estaba considerando en serio.
—No puedo —dijo al final—. Ya tengo un viaje planeado con Mateo y unos amigos. Hoteles, museos, lo típico. —Se encogió de hombros, mirándola de reojo—. Pero… no sé. A lo mejor los alcanzo después. Si me mantienes informado de su viaje.
—El universo dirá —contestó Andy, sonriendo, juro que en ese momento el universo ya había dicho.
Me dio ternura. Y, no lo voy a negar, también un poquito de envidia. Qué fácil se veía cuando era de los demás.
A Mateo, en cambio, casi no lo veía.
Se había vuelto un fantasma en su propia casa. Salía temprano, volvía tarde, comía en su cuarto. Pensé que estaba evitándome —porque lo estaba—, pero la dimensión completa de su huida la entendí una mañana, oyendo sin querer a mi mamá y a mi tía en la cocina.
—¿Y Mateo? —preguntó mi mamá.
—Otra vez en el pueblo —suspiró mi tía—. Encontró una cafetería con internet y se va a estudiar para allá todo el día. Dice que aquí no se concentra. —Una pausa—. Yo no sé qué le pasa este verano; anda rarísimo.
Mi mamá no dijo nada. Pero me la imaginé cruzando una de esas miradas.
Yo me quedé con mi café entre las manos, entendiéndolo todo. Aquí no se concentra. Claro. Cómo se iba a concentrar en una casa donde a tres puertas dormía la razón por la que no podía pensar. Se había ido a esconder a cuarenta minutos de distancia.
Y una parte fea de mí pensó: bien. Que se esconda. Que le cueste a él también, para variar.
El destino, que es un guionista con muy mal sentido del humor, nos llevó esa misma tarde justo a esa cafetería.
Fue idea de Andy —“necesito un matcha decente o me muero”— y fuimos el grupo entero, riéndonos, empujándonos por la puerta de una cafetería chiquita y bonita del pueblo, con plantas colgando y música suave.
Y ahí estaba él.
En una mesa del rincón, con los audífonos puestos, rodeado de libros y resaltadores, unos lentes que yo no sabía que usaba resbalándole por la nariz. Mateo. Concentradísimo en no concentrarse, supuse.
Levantó la vista cuando entró la bulla. Y sus ojos —esos ojos pequeños a lo Richard Gere que yo había jurado que no me importaban— encontraron los míos al instante, como si me hubieran estado esperando sin saberlo.
El mundo se puso lento medio segundo.
Y entonces Tomás, que venía detrás de mí, me puso la mano en la parte baja de la espalda para guiarme hacia una mesa.
No fue nada. Un gesto cualquiera. Pero lo sentí, porque sentí los ojos de Mateo bajar a esa mano como si fuera lo único en el cuarto.
Soy humana y estaba herida, y llevaba semanas tragándome el orgullo, asi que no me quité.
Al contrario.
Me senté junto a Tomás, cerca, muy cerca.
Dejé que me acomodara un mechón de pelo detrás de la oreja mientras me contaba algo, dejé que su brazo descansara en el respaldo de mi silla, dejé que el grupo nos viera reírnos juntos como si fuéramos algo.
Y todo el tiempo, sin mirar ni una sola vez hacia el rincón, sentí la mirada de Mateo clavada en mi nuca como una brasa.
No volteé. No le di el gusto. Pero por dentro, una vocecita amarga y satisfecha y profundamente triste susurraba: ¿ahora sí me ves? ¿Ahora quién es otro que me toca?
POV MATEO
Vengo a esta cafetería porque es el único lugar donde no huele a ella.
En la casa no se puede. En la casa están su risa en la cocina, su cámara en la sala, su toalla en el baño, su nombre en cada cuarto.
Aquí no. Aquí solo somos yo, mis libros y el ruido blanco de la cafetera, y por unas horas finjo que soy el de antes, el que tenía los próximos diez años bajo control.
Funcionaba. Hasta hoy.
La puerta se abrió con esa bola de gente riéndose, y supe que era ella antes de levantar la vista, porque se me erizó la piel, que es lo que me pasa siempre, como un perro que oye a su dueño a dos cuadras.
Levanté los ojos y ahí estaba, Ren, despeinada y dorada por el sol del verano y feliz, feliz de un modo que conmigo no es, feliz de un modo que yo le maté en un pasillo a oscuras.
Y luego vi la mano.
La mano de él en su espalda. Bajita. Cómoda. Con la confianza de quien ya tiene permiso de tocar.
Algo se me rompió adentro, despacio, como una rama que aguanta y aguanta el peso de la nieve hasta que un día, sin ruido, cede.
Intenté volver a mis libros. Leí el mismo párrafo sobre el sistema circulatorio cuatro veces y no entendí ni una palabra, porque mi propio sistema circulatorio estaba demasiado ocupado bombeando rabia.
La vi sentarse pegada a él. La vi dejar que le acomodara el pelo detrás de la oreja — ese gesto, el que yo no me he permitido ni en sueños—.
La vi reírse con él a plena luz, a plena vista, sin esconderse, porque con él no hay nada que esconder.
Apreté el resaltador hasta que tronó.
No tengo ningún derecho. Eso es lo que me repito.
Ningún derecho. Yo la empujé hacia allá.
Yo le actué una llamada para que me odiara.
Yo decidí ser ese que la hizo llorar en vez de ser un hombre.
Esto es exactamente lo que quería: que se fuera con el que es todo lo que encaja con sus deseos, con el espíritu libre, con el que la va a llevar a Italia y al fin del mundo sin enjaularla.
Lo conseguí.
Entonces, ¿por qué se siente como morirse?
Cerré el libro. Junté mis cosas. Y salí de la única cafetería del mundo donde ya tampoco podía respirar, sin que ella volteara a verme ni una sola vez.
Lo cual, supongo, es justo lo que me merezco.