El verano de mi libertad CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

A través del lente

Descubrí que la mejor forma de no pensar en alguien es llenarse la vida de todo lo contrario a ese alguien.

Y todo lo contrario a Mateo tenía nombre: Tomás.

Después de la noche del vaso, Mateo y yo nos esquivábamos con una cortesía helada que era casi peor que la guerra abierta. Así que cuando Tomás empezó a aparecer —y empezó a aparecer mucho—, yo lo recibí como quien recibe aire puro.

Llegaba en moto a media mañana, tocaba el claxon dos veces,  yo bajaba corriendo antes de que alguien preguntara nada.

Nos íbamos al pueblo, al río, a un mercado de pulgas donde vendían discos viejos, a perseguir un atardecer hasta un cerro que él había encontrado.

Con Tomás no había silencios densos ni puertas que se cerraban.

Con Tomás todo era ligero. Hablábamos de todo y de nada, me hacía reír hasta que me dolía la panza, y por horas enteras —horas completas— se me olvidaba que en una casa junto al lago había un muchacho que me había hecho llorar.

Casi.

Una de esas tardes, tirados en el pasto del cerro esperando que el sol se decidiera a caer, lo vi.

No fue planeado. Estaba jugando con la cámara, y de pronto él se quedó quieto mirando el valle, con el pelo revuelto por el viento, y algo me dijo « Esta foto es buena» . Levanté la cámara, lo enfoqué y me detuve a mirarlo. A mirarlo bien. Cada rasgo.

Y pensé: nunca me había detenido a verlo así.

Tomás era guapo de una manera natural, un gitano con rasgos marcados.

Tenía el pelo largo, despeinado a propósito o por descuido; daba igual, le quedaba.

La piel oliva natural y su carisma de tanto andar por el mundo sin reloj.

Los ojos grandes y redondos, oscuros, de esos que parecen estar siempre a punto de reírse o de proponerte una locura —su rasgo más bonito, sin duda—.

La nariz un poco grande, fuerte, que en otra cara habría sobrado y en la de él era exactamente lo que la hacía suya.

Era un espíritu libre hecho persona: seguro, sin miedo, de los que piensan algo y lo hacen sin pedirle opinión al mundo.

Disparé. Clic.

Y entonces, sin querer, sin permiso, mi cabeza hizo lo que llevaba semanas haciendo: lo comparé.

Porque Tomás era todo lo que Mateo no era.

Mateo era blanco, con esa tez apenas bronceada, de niño bien que tiene una vida ordenada.

Era alto —uno ochenta y cinco, calculé una vez que lo vi en el marco de una puerta—, de ojos pícaros.

Que quede claro: nada de feo. Guapo, pero de otra forma.

Guapo de chico preppy, de portada de catálogo de ropa cara, de ese que cualquier mujer con dos dedos de frente escogería para una vida sólida, estable, segura.

Un futuro normal, predecible, bonito. Diez años planeados al día.

Tomás era exactamente lo opuesto. Tomás era el aventón en moto, el atardecer sin planear, el road trip sin fecha de regreso. Tomás era irse. Yo quería irme.

Entonces, ¿por qué —me pregunté, bajando la cámara— por qué, teniendo enfrente al gitano que me hacía reír, mi mente seguía colándose hacia el protector de siempre?

No me contesté. Algunas preguntas es mejor dejarlas sin revelar, como los rollos.

—Estás pensando en él otra vez —dijo Andy esa noche.

Estábamos las dos sentadas en la parte de atrás de la combi del grupo, compartiendo un mango con chile que ella había conseguido quién sabe dónde, las piernas colgando hacia afuera, los pies descalzos.

Andy se había vuelto, en cuestión de días, mi mejor amiga.

Era de esas personas raras que parecen llegar al mundo ya en paz, sin nada que demostrar.

Toda pulseras de hilo, faldas largas, risa despreocupada y lentes de sol rosas como sacada de los años 70.

Hablaba de energías y de soltar y de que el universo siempre acomoda las cosas, y aunque la mitad de lo que decía yo no me lo creía, la otra mitad me hacía sentir que respirar no costaba tanto.

Era tan distinta a mis amigas de casa. Las de mi país vivían angustiadas por el futuro, por las carreras, por el “¿Y ahora qué vas a hacer con tu vida, Reny?”. Andy nunca me preguntaba eso. Andy me preguntaba si era feliz hoy .

—No estoy pensando en nadie —mentí, con la boca llena de mango.

—Ajá. —Me sonrió sin juzgarme—. Mira, Renata, yo no sé qué pasó en esa casa tuya y no necesito saberlo.

Pero sí veo dos cosas. Una: que estando con nosotros estás queriendo volver a casa y cuando estás en casa quieres estar con nosotros.

—Me pasó el último pedazo de mango—. La vida es muy corta para quedarse donde se te apaga la cara, amiga.

Eso es todo lo que voy a decir. Y si lo que te falta con nosotros es otra persona, tráelo contigo y armas el rompecabezas que te tiene en medio de los dos mundos.

Mastiqué despacio. Tenía razón. La tenía toda.

Claro que Tomás era lindo, pero no era al que quería viviendo conmigo todos esos recorridos y risas. Con el grupo brillaba. Con Andy brillaba. Pero me hacía falta Mateo en mi vida. ¿Por qué seguir torturándome? Él jamás se adaptaría a esto; él tenía su vida resuelta.

Tomás esperó a que me terminara el mango y a que Andy se fuera a buscar a no sé quién, para acercarse y sentarse a mi lado, hombro con hombro.

—Oye —dijo, con esa naturalidad suya—. Ya casi nos vamos. El grupo, digo. Terminando el verano, arrancamos un road trip. Empezamos por Italia y de ahí pa' donde nos lleve el mapa. —Me miró, los ojos grandes brillándole con el reflejo de la fogata lejana—. Vente.

—¿Qué?

—Que te vengas, Renata. Con nosotros. Tú quieres ver el mundo, ¿no?

Pues el mundo está allá afuera, no en la casa de tus papás.

—Se encogió de hombros, ligero, como si me estuviera ofreciendo una paleta y no una vida entera—.

Pasamos por ti cuando termine lo de las familias y nos vamos.

Tú, yo, Andy, los demás. Italia para empezar. Imagínate lo demás.

Me quedé sin palabras.

Era todo. Era exactamente todo lo que yo había dicho que quería esa noche en el muelle, antes de que un meñique me arruinara la vida. Irme. Ver cosas. Una vida sin caja. Y me lo ofrecían en bandeja, con ojos bonitos y sin condiciones, un camino fácil hacia justo lo que soñaba.

Solo tenía que decir que sí.

—Déjame pensarlo —dije.

Pero por dentro, una parte de mí —la parte cansada, la herida, la que estaba harta de llorar por alguien que prefería esconderse tras libros antes que ser honesto— ya estaba haciendo las maletas.

El problema era la otra parte. La traicionera. La que, mientras Tomás me hablaba de Italia y de carreteras y de libertad, no dejó ni un segundo de preguntarse qué cara pondría Mateo cuando se enterara de que me iba.

¿Y por qué demonios eso me importaba tanto?