El verano de mi libertad CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El mismo vaso

El calor de esa noche no era normal.

Como si el cielo, después de la tormenta, hubiera decidido cobrarse toda el agua con intereses.

El aire estaba espeso, quieto, pegajoso.

Me daban ganas de salirme de mi propia piel.

Di vueltas en la cama, con la sábana hecha bola a los pies, los ojos hinchados de tanto llorar y la cabeza repitiéndome en bucle esa voz suave que no era para mí.

Te extraño así. No tienes idea de las cosas que… ¡aaahhshhh!!!!

Y entonces, moví mi mano sobre mi mesa de noche buscando mi vaso de agua. Lo había dejado en la cocina cuando subí corriendo, sin llevarme nada más que el corazón roto. Y ahora tenía la garganta seca como lija y cero ganas de pasar la noche así.

Bajé otra vez. Descalza, en shorts y una camiseta vieja, con el pelo pegado a la nuca por el calor y la cara que seguro traía de haber llorado. No me importó. Eran las tres de la mañana. Todo el mundo dormía. Lo único que quería era mi agua y volver a mi cuarto a seguir odiándome en privado.

Pero la cocina no estaba vacía.

Mateo estaba ahí, de espaldas a mí, frente al refrigerador. Sin camisa. Solo con el pantalón de manta de la pijama, colgándose bajo las caderas, y la espalda brillándole apenas de sudor bajo la única luz que entraba, la de la luna por la ventana. El calor también lo había echado de la cama, supuse.

Me quedé congelada en el umbral, según yo, sin hacer ruido. Mi primer instinto fue dar media vuelta y huir. Pero ahí, sobre la encimera, justo al lado de su mano, estaba mi vaso. Mi estúpido vaso medio lleno.

Caminé de puntillas, decidida a agarrarlo y desaparecer antes de que él notara que yo existía.

No funcionó.

Él se volteó justo cuando yo estiraba la mano, y los dos alcanzamos el vaso al mismo tiempo. Mis dedos sobre el vidrio. Los suyos sobre los míos.

Ninguno lo soltó.

—Es mío —dije, sin mirarlo. No podía mirarlo. Si lo miraba, iba a recordar la sonrisa que le daba a la pantalla, y no iba a aguantar.

—No sabía que era tuyo —dijo él en voz baja.

Y entonces, en vez de devolverme el agua, su otra mano encontró mi cintura.

No con las yemas tímidas de antes: con la palma entera, abierta, caliente, y me jaló hacia él hasta pegarme a su pecho desnudo.

El golpe de su piel contra la mía me sacó el aire.

Sentí el calor de su cuerpo, su respiración volverse pesada contra mi frente, y —Dios— sentí todo lo que no me estaba diciendo, todo lo que llevaba el verano entero tragándose, ahí, sin palabras, imposible de disimular tan cerca.

Mis manos subieron solas. Encontraron su abdomen —la piel firme, ardiendo— y se quedaron ahí, sintiéndolo respirar.

Él soltó un sonido bajito, ronco, contra mi sien, y bajó la boca por mi mandíbula, despacio, hasta el borde de mi cuello, y yo eché la cabeza para atrás sin decidirlo, ofreciéndole un camino que mi cabeza juraba que no íbamos a tomar.

Cada centímetro de mí estaba despierto, encendido, gritando que sí.

Déjate querer , decía Andy en mi cabeza. Y por un segundo le hice caso. Me derretí contra él, sentí sus dedos apretarse en mi cintura, su boca abrirse contra mi piel—

Y entonces, desde algún rincón cruel de mi memoria, su otra voz. Te extraño así.

Abrí los ojos.

—¿Con esa voz también le hablas a ella? —susurré.

Lo sentí ponerse rígido.

—Ren, no es lo que…

—Porque por un momento —seguí, y me odié por el temblor en mi voz— deseé que esas palabras que escuché de ti fueran para mí.

Ahí, parada como una idiota en tu puerta, deseé ser yo.

—Di un paso atrás, quitándome sus dedos de la cintura, sintiendo el frío donde antes ardía—.

Y eso es justo lo patético que no me voy a permitir ser. Quédate el vaso.

Me di la vuelta y subí las escaleras antes de que se me cayera la última gota de dignidad que me quedaba.

No me llamó. No me siguió.

Otra vez.

POV MATEO

No bajé por agua. Bajé porque no podía dormir con el sonido de su llanto metido en la cabeza.

Llevaba media hora parado en la cocina como un fantasma, dándole vueltas a un vaso de agua a medio llenar que alguien había dejado olvidado, cuando la oí entrar.

Y cuando me volteé y le vi la cara —los ojos hinchados, la nariz roja, esa cara de haber llorado durante horas por mi culpa— juro que se me cerró la garganta.

Yo le hice eso. Yo, con mi numerito del teléfono, con mi cobardía disfrazada de nobleza.

Y lo único que quería en el mundo, lo único, era soltar el maldito vaso, agarrarla por la cintura, pegarla a mi pecho y no soltarla hasta que se le borraran esos ojos.

Decirle la verdad. Decirle que la llamada era mentira, que hace rato le hablé a una pantalla negra, que la única persona a la que extraño así duerme a tres puertas de la mía y tiene exactamente esa cara cuando llora.

Que me perdone porque soy un estúpido y llevo todo el verano ahogándome y ella es la única bocanada de aire.

La tomé de la cintura y casi me caigo del precipicio, pero tenía que acercarla a mí.

Porque sentirla ahí, temblando, a un suspiro, con el calor pegándonos la ropa al cuerpo y su respiración chocando contra mí, fue lo más cerca que he estado en la vida de mandar al diablo todas mis razones.

Las familias. La edad. Los diez años de hospital.

Todo. En ese segundo no me importó nada de eso. Solo ella.

Dije su nombre. No pude evitarlo. Ren, es que llamarla así era muy íntimo y personal; lo había evitado para marcar distancia . Mientras sentía el calor ahora también dentro de mí, subiendo por mi entrepierna. ¿Cómo podía estar pensando así en ella, cuando recién la escuché llorar? Soy un egoísta.

Y entonces me preguntó si con esa voz también le hablaba a Camila, y me dijo que había deseado que esas palabras fueran para ella, y se me partió el alma en dos pedazos exactos: uno de felicidad salvaje, porque ella también quería lo mismo de mí ; y otro de horror, porque la verdad estaba ahí, en la punta de mi lengua, y decirla habría significado aprisionarla.

Así que no dije nada. La dejé irse. La dejé subir esas escaleras pensando que es patética, cuando la única persona patética en esta casa soy yo.

Me quedé solo en la cocina, con el calor, con su vaso, con sus dedos todavía fantasmas en las palmas de mis manos.