El verano de mi libertad CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Paredes delgadas

Esperé que después de la tormenta algo cambiara. Algo siempre cambia después de una tormenta.

Y cambió, sí. Pero al revés de como yo quería.

Mateo, al día siguiente, amaneció convertido en una versión todavía más fría de sí mismo.

Si antes me trataba de invisible, ahora yo era inexistente.

Ni los monosílabos me regalaba. Pasaba a mi lado en el pasillo como si yo fuera un mueble, salía a correr al amanecer antes de que nadie se levantara, y se encerraba el resto del día con sus libros gordos de medicina, esos llenos de huesos y palabras impronunciables.

El “Ren” no volvió a aparecer. Empecé a preguntarme si lo había imaginado, si la lluvia y el encierro me habían inventado un recuerdo que nunca pasó. Pero no. Yo sabía que había pasado. Me lo decía el cuerpo cada vez que él entraba a un cuarto.

Lo peor de todo era que entendía menos que nunca. Porque un hombre no dice “se me están acabando las razones” y luego te trata como a una desconocida… a menos que esté huyendo de algo. Y yo no lograba decidir si estaba huyendo de mí o de él mismo.

Tomás me escribía a diario. Cosas bonitas, simples, sin doble fondo. “El grupo se mueve la próxima semana, pero todavía me debes una foto del atardecer.” Y yo le contestaba, porque con Tomás todo era luz y nada pesaba, y porque una necesita aferrarse a lo que no le rompe el pecho.

Pero de noche, sola en mi cuarto, no pensaba en Tomás.

Fue tres días después, ya tarde, cuando no podía dormir.

La casa estaba en silencio, todos rendidos, y a mí el calor y la cabeza no me dejaban en paz. Bajé descalza por agua, sin prender luces, moviéndome de memoria por la casa dormida.

Y entonces lo oí.

La puerta del cuarto de Mateo estaba entreabierta, una rendija de luz azulada cayendo sobre el pasillo de madera. Y desde adentro, su voz. Baja. Distinta. Una voz que yo no conocía: suave, ronca, casi un ronroneo.

Me quedé congelada en el pasillo, con el vaso de agua en la mano.

—…ya sé, ya sé que te dejé esperando —decía—, y se rió bajito, una risa íntima, de las que se guardan para una sola persona. No te enojes. Ya falta poco para que nos veamos… Mmm. ¿Eso traes puesto?

Se me cayó el alma a los pies.

A través de la rendija alcancé a ver el resplandor de la videollamada iluminándole la cara, y a él recostado contra la cabecera, una mano detrás de la nuca, relajado, sonriendo a la pantalla de un modo que nunca, jamás, me había sonreído a mí.

—Te extraño así —dijo, todavía más bajo—. No tienes idea de las cosas que…

No quise oír el resto.

Retrocedí en la oscuridad, con el corazón hecho un nudo y la cara ardiéndome de vergüenza.

Vergüenza, sí, esa fue la peor parte. Vergüenza de mí misma.

Por haberme creído lo del muelle. Por haberle dado vueltas a una sílaba como una idiota.

Por haber pensado, aunque fuera un segundo, que en esa tormenta había pasado algo real.

Qué tonta. Qué tonta, Reny.

Mientras yo me desvelaba pensando en él, él le hablaba así a Camila.

Te extraño así. Con esa voz. Con esa sonrisa.

Lo del carro no había sido nada para él.

Una debilidad de un minuto, un casi-error del que se había arrepentido al instante, por eso me trataba como a un mueble: porque para él yo era exactamente eso, un tropiezo que ya había superado.

Subí a mi cuarto sin el agua. Me metí a la cama, me tapé hasta la cabeza y lloré bajito, con esa rabia particular de llorar por alguien que ni siquiera sabe que lo estás llorando.

Esa noche decidí, por segunda vez, que lo del muelle no había existido.

Y esta vez de verdad quise creérmelo.

POV MATEO

La llamada con Camila había terminado hacía como diez minutos.

Y no había terminado bien. Otra pelea, la número mil del verano, de esas circulares que no llevan a ningún lado: que por qué me fui, que ya no soy el mismo, que la tengo abandonada.

Tiene razón en todo, esa es la peor parte.

No soy el mismo. Y sé exactamente desde cuándo dejé de serlo, y no se llama Camila.

Ya había colgado. Estaba ahí tirado en la cama, viendo el techo, hecho un asco, cuando oí los pasos descalzos en el pasillo. Reconocería esos pasos en medio de un terremoto.

Ren.

Y vi su sombra detenerse en la rendija de la puerta. Quieta. Escuchando.

No sé qué me pasó. No, sí sé. Me acordé del carro de Tomás dejándola en la entrada.

Me acordé de sus mensajitos que la hacían reír, de cómo se le iluminaba la cara con ese tipo que sí podía darle el mundo entero sin enjaularla.

Me acordé de que en la tormenta estuve a un milímetro de arruinarlo todo, de cruzar la única línea que no me puedo permitir cruzar.

Y en lugar de cerrar la puerta, como debía, hice algo imperdonable. Pero admito que lo disfruté un poco.

Levanté el teléfono hacia mi cara, como si la llamada siguiera; usé mi cámara frontal para hacerlo más real. Y le hablé a una pantalla con mi cara y la voz más suave que pude fingir, sabiendo —sabiendo perfectamente— que ella estaba del otro lado escuchando cada palabra.

Te extraño así. No tienes idea de las cosas que…

No le hablé a nadie. Actué para ella. Para hacerle creer que lo del carro no significó nada.

Para empujarla de vuelta a los brazos del que sí le conviene.

Para que me odiara un poco y así dejara de mirarme como me miró bajo la lluvia, porque cada vez que me mira así se me olvida por qué no puedo tenerla.

Oí sus pasos alejarse, más rápidos que antes. Y un sonido pequeñito, ahogado, que me partió en dos: la oí tragarse el llanto en el pasillo. Y en ese momento ya no fue divertido.

Solté el teléfono. Me tapé la cara con las manos.

Felicidades, Mateo. Querías ser una caja, ¿no? Pues acabas de demostrar que adentro de la caja no hay más que un cobarde.

La lastimé a propósito. A ella . Y lo hice tan bien que ahora voy a tener que vivir con el sonido de ese llanto metido en la cabeza el resto del verano.

Tal vez el resto de mi vida.