CAPÍTULO 6
La tormenta
Después de la noche del porche, Mateo y yo inventamos un deporte nuevo: «el quítate que llegué». Se trataba de evitarnos en una casa que de pronto se sentía muy chiquita.
Era impresionante, la verdad. Lográbamos estar en el mismo cuarto, en la misma sala, en el mismo muelle, sin cruzar una sola palabra ni una sola mirada.
Si yo entraba a la cocina, él salía. Si él bajaba al lago, yo subía.
Nos movíamos por la casa como dos imanes al revés, repeliéndonos con una casi artística precisión.
Los demás lo notaron, claro.
—¿Ustedes dos se pelearon? —preguntó mi mamá al tercer día, entrecerrando los ojos.
—No —dijimos los dos al mismo tiempo, desde extremos opuestos de la mesa, sin levantar la vista del cereal.
Mi mamá cruzó una de esas miradas con mi tía. Otra de esas. Yo ya empezaba a odiar esas miradas.
—Pues qué bueno —dijo, demasiado contenta—. Porque hoy necesito que vayan al pueblo. Se acaba el gas de la cocina y hay que encargar el cilindro antes de que cierren.
—Que vaya Ian —solté.
—Ian se llevó el otro carro a no sé dónde —dijo mi tía, tan tranquila—. Vayan ustedes. Ya conocen el camino.
Ya conocen el camino. Empezaba a sospechar que esa frase era una maldición.
El cielo se veía grisáceo antes de salir. Nubes gordas, amontonándose sobre las montañas como si alguien estuviera arrastrando muebles allá arriba.
—Va a llover —dije, por decir algo. Inmediatamente me sentí tonta por resaltar lo obvio; en mi defensa, llevábamos veinte minutos de silencio sepulcral dentro del carro.
—Mmm —contestó Mateo.
De vuelta a los monosílabos. Genial. Habíamos retrocedido al capítulo uno.
Encargamos el dichoso cilindro, compramos un par de cosas más, como papalinas y cosas muy innecesarias pero de las cuales depende mi salud mental, y justo cuando subíamos de vuelta al carro, el cielo se rompió.
No empezó a llover: se vació. De golpe, como si arriba hubieran volteado una cubeta del tamaño del mundo.
La carretera se borró tras una cortina de agua; los limpiaparabrisas no se daban abasto, y a los diez minutos de subir por la montaña Mateo orilló el carro debajo de unos árboles enormes y apagó el motor.
—No se ve nada —dijo—. Hay que esperar a que baje.
Y así, sin planearlo, quedamos los dos encerrados en una caja de metal, con la lluvia sonando a pollo friéndose, el vidrio empañándose despacio, y todo lo que no nos habíamos dicho en tres días llenando el aire hasta que costaba respirar.
Aguanté un minuto entero. Un récord personal.
—¿Vas a seguir así todo el verano? —dije, mirando al frente, a la nada de la lluvia.
—¿Así cómo?
—Así. Mudo. Tratándome como apestada porque te dije una verdad.
—No te estoy tratando como nada de nada.
—Me estás tratando de invisible, que es peor. —Me volteé hacia él—. Mira, perdón si te dolió lo de Camila, ¿okay? Pero tú empezaste, reclamándome cosas que no te incumben. No puedes tener las dos. No puedes apartarte de mí como si quemara y a la vez ponerte celoso de…
—No estaba celoso. —Lo dijo demasiado rápido.
—Ah, ¿no?
—No.
—Entonces, ¿qué era? —Me incliné un poco hacia él, retándolo—. Dime qué era, Mateo. Porque desde el muelle traes una cara que no entiendo, y francamente ya me cansé de…
—No tienes idea. —Me cortó.
Y fijo su mirada en mí. De verdad me miró, con los ojos oscuros y algo ardiendo atrás de ellos que me hizo callar de golpe, y eso no es tarea fácil.
—No tienes la más mínima idea de lo que me cuesta apartarme.
No haces nada, ¿sabes? Nada. Te ríes, o sacas esa cámara, o hablas de irte a la otra punta del mundo, y yo…
—Apretó el volante, como buscando dónde agarrarse—.
Sí, estoy celoso y me paso el día buscando razones para no estar cerca de ti. Y se me están acabando las razones.
El mundo se quedó sin sonido. Solo la lluvia, pero ya estaba el sonido solo a lo lejos para mí.
No supe en qué momento nos habíamos acercado tanto, pero entre las salidas y las miradas, algo nos cambió.
El carro era chiquito, sí, pero ahora era diminuto, y de pronto su cara estaba a centímetros de la mía, y yo podía contarle las gotas que se le habían quedado en el pelo, y sentir su respiración —rápida, irregular— mezclándose con la mía en el poco aire que quedaba entre los dos.
—Mateo… —susurré. No sé qué iba a decir. No creo que fuera a decir nada.
—No deberíamos —dijo él. Pero no se apartó. Esta vez no se apartó.
Bajó la mirada a mi boca. Sentí su mano subir, apenas, hasta rozarme la mandíbula, los dedos fríos por la lluvia y temblando un poquito, y el corazón se me subió a la garganta porque esta vez era de verdad, esta vez la línea se iba a cruzar, esta vez sí iba a saber a qué sabía esa boca que llevaba semanas fingiendo que no miraba—
— Ren —dijo.
Su voz, ronco bajito, como si se le hubiera escapado del lugar donde lo guardaba. Ren. Solo él me había llamado así. Y de su boca sonó como si siempre hubiera sido mío.
Cerré los ojos. Sentí su aliento cálido a un suspiro de mis labios—
Dos golpes en el vidrio.
Pegamos un brinco los dos, separándonos como si nos hubieran echado agua hirviendo. Del otro lado del cristal empañado, empapado hasta los huesos y con una sonrisa de oreja a oreja totalmente ajena a lo que acababa de interrumpir, estaba Ian.
—¡¿Qué hacen ahí escondidos?! —gritó por encima de la lluvia, abriendo la puerta de atrás y metiéndose al carro chorreando agua. Los papás me mandaron a buscarlos, creyeron que se habían quedado varados. ¡Qué tormenta, por Dios! ¿Por qué tienen esas caras? Parece que vieron un fantasma.
—No es nada —dijo Mateo, arrancando el motor con la mandíbula otra vez de piedra—. Ya va bajando la lluvia.
No iba bajando. Pero nadie lo contradijo.
El resto del camino lo hice pegada a la ventana, con Ian parloteando en el asiento de atrás sobre no sé qué, y mi propio pulso retumbándome en los oídos tan fuerte que casi no lo escuchaba.
Ren.
Le di vueltas y vueltas a esa sílaba todo el camino, como quien le da vueltas a una liga en la muñeca.
Tres días odiándonos para llegar a esto: a saber, por fin, sin lugar a dudas, que yo no estaba sola en esto.
Que él también. Que el muelle no había sido mi imaginación ni el aire del lago ni el cansancio.
Que se le estaban acabando las razones.
Y lo más aterrador no fue eso. Lo más aterrador fue darme cuenta, mirando la lluvia escurrir por el vidrio, de que una parte de mí —una parte grande, traicionera, nueva— deseaba con todas sus fuerzas que Ian no hubiera tocado el vidrio.
Que se le acabarán las razones a él.
Y a mí también.