El verano de mi libertad CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Un nombre en la pantalla

A la mañana siguiente decidí que el muelle no había existido.

Es una técnica que recomiendo mucho: si algo te incomoda, simplemente niégalo con la fuerza de mil soles hasta que se rinda; es como manifestar en inversa.

Bajé a desayunar decidida a tratar a Mateo exactamente como lo había tratado siempre —con un desprecio cordial— y a demostrarle al universo, y sobre todo a mí, que lo de la noche anterior había sido un espejismo del cansancio.

El problema fue que él bajó con el pelo todavía mojado, riéndose de algo que le contaba Ian, y la risa esa, la completa, me agarró desprevenida a media tostada con queso cottage.

Bajé la mirada al plato como si ahí estuviera la respuesta a todo.

—Buenos días, Reny —canturreó Ian, robándome una fresa—. ¿Por qué tienes cara de que dormiste en un avión?

—Dormí mal —dije.

No mentí. Simplemente omití por qué.

Mi salvación llegó a media mañana, en forma de mensaje.

Era Tomás. “El grupo va a subir al mirador hoy. Vistas brutales, te van a encantar para tus fotos. ¿Vienes? Paso por ti.”

Y yo, que necesitaba con urgencia poner kilómetros entre mi cabeza y ese muelle, contesté que sí antes de terminar de leerlo.

Sí, mil veces sí. Un plan con gente que me trataba como adulta, que no me hacía soñar cosas raras ni apartaba la mano como si yo quemara.

Justo lo que necesitaba: algo fácil. Algo que sí se podía.

Estaba subiendo a mi cuarto a buscar la cámara; me detuve cuando lo vi.

Mateo estaba en el pasillo, de espaldas, con el teléfono pegado a la oreja y la otra mano en la nuca, en esa postura que pone la gente cuando una llamada le está costando. Hablaba bajo, tenso.

—…ya sé, Camila. Ya sé. No es que no quiera, es que estoy con mi familia; no puedo, solo… —un silencio—. No empieces. Por favor. Hoy no.

Camila.

Me quedé clavada en el primer escalón, con la mano en el barandal, sintiéndome la persona más estúpida del planeta.

Claro. Camila. Tenía novia. Por supuesto que tenía novia.

Un tipo de veintitantos, de medicina, con esa cara cuando se reía, obvio que tenía a alguien esperándolo en algún lado.

Y yo, como una niña tonta —como LA niña tonta—, había soñado con él y me había quedado sin aire por un roce de meñiques en un muelle.

Lo peor no fue eso. Lo peor fue darme cuenta, ahí parada, de un detalle absurdo que se me clavó como una astilla: él decía Camila con toda la facilidad del mundo. El nombre le salía normal. Y a mí me trataba casi como con un «¡Hey, tú!».

Tenía un nombre en la boca para ella y para mí, apenas sus palabras cortas educadas.

—¿Espías llamadas ajenas? —Ian apareció atrás de mí, masticando.

—No —dije, recuperándome—. ¿Esa es… su novia?

—Camila —confirmó Ian, poniendo los ojos en blanco con cariño—. Llevan como dos años. Lo trae cortito. Se la ha pasado todo el verano peleando por teléfono porque él se vino con nosotros en vez de irse con ella. Drama nivel telenovela. —Se encogió de hombros—. Yo qué sé, allá ellos.

—Ah —dije, como si no me importara—. Qué bien.

Subí los escalones de dos en dos, agarré la cámara, y me prometí que esa tarde no iba a pensar en Mateo ni en sus meñiques ni en su risa ni una sola vez.

Cumplí como un treinta por ciento.

El mirador sí tenía vistas brutales. Tomás tenía razón.

Subimos en grupo, entre risas, el grupo entero y yo, por un sendero que trepaba entre los árboles hasta abrirse de golpe a un acantilado verde desde donde se veía el valle completo, el pueblo chiquito allá abajo y el lago como una lámina de plata.

Tomé fotos hasta que me dolió el dedo. Andy —una de las chicas del grupo, toda pulseras y felicidad, con una energía que te abrazaba sin tocarte— me enseñó a recostarme en el pasto para fotografiar el cielo, y nos quedamos las dos viendo las nubes inventándoles formas.

—Tomás está bien traumadito contigo, ¿eh? —Me dijo, con una sonrisa pícara y sin malicia.

—Qué va, ¿cómo crees?

—Ay, por favor. No te quita los ojos de encima. —Me dio un codazo suave—. Y no está nada mal. Yo que tú me dejaría querer un poco. La vida es corta y el verano más. Somos un grupo nómada; no tardaremos en movernos.

Me reí. Y la verdad es que, cuando Tomás se sentó a mi lado en la orilla del mirador, con esa mirada tierna, hablándome de los lugares a los que quería ir, sí me dejé querer un ratito. Era agradable. Era sencillo. Me hacía sentir vista y libre.

Y si de vez en cuando, sin permiso, la cabeza se me iba a un muelle oscuro y a una mano que se apartó, pues nadie tenía por qué enterarse.

Volví a la casa cuando ya oscurecía, cansada de buena manera, con tierra en las rodillas y el rollo casi lleno.

Mateo estaba en el porche. Esperando. No fingía hacer otra cosa: estaba sentado en las escaleras, con los codos en las rodillas, y en cuanto el carro de Tomás me dejó en la entrada y arrancó, se puso de pie.

—¿Sabes qué hora es? —dijo.

Parpadeé dos veces.

—¿Perdón?

—Te fuiste todo el día sin avisar. Con gente que apenas conoces.

—Le avisé a mi mamá —contesté, desconcertada—. ¿A ti qué te…?

—Pudo pasarte cualquier cosa.

Y ahí, en el porche, con la luz amarilla del foco y los grillos cantando, algo dentro de mí —que llevaba todo el día apretado, desde el “ya sé, Camila” del pasillo— se soltó.

—¿Por qué te molesta tanto? —dije, dando un paso hacia él—.

En serio. Dime. Porque no eres mi papá, ni mi hermano, ni nada.

Te pasas el verano tratándome y cuidándome como cuando tenía cinco, como a una niña, apartándote de mí como si te diera asco, y ahora resulta que te importa con quién salgo.

—Respiré—. Mateo, preocúpate más por Camila y menos por mí.

No entiendo por qué te crees con derecho a reclamarme.

Le di donde dolía. Lo supe por cómo se le borró la cara.

Abrió la boca. La cerró. Por un segundo larguísimo pareció que iba a decir algo enorme. Pero solo apretó la mandíbula, bajó la mirada y dijo, en voz baja:

—Tienes razón. No es mi asunto.

Y entró a la casa, dejándome sola en el porche con la victoria más amarga que he ganado en mi vida.

Esa noche no soñé con él.

Me quedé despierta, que es peor.