El verano de mi libertad CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Sentí un dolor físico en el estómago, un golpe seco y helado que me borró la sonrisa en el acto.

Una chica de la universidad. Claro. Alguien de su edad, alguien de su mundo, alguien que no era una niña de dieciocho años atrapada en las vacaciones familiares.

Lo único que pude hacer fue desconectar el teléfono, dejarlo en el tablero y mirar por la ventana del copiloto, tragándome el nudo que se me acababa de formar en la garganta.

POV MATEO

Cuando Ren me mostró la pantalla del teléfono, sentí que el coche se me iba de las manos. El pánico me golpeó directo en el pecho.

¿Cómo iba a explicarle que esa playlist no era de ninguna chica de la facultad?

No tenía forma de confesarle que llevaba meses prestando atención a cada detalle de su vida; que cada vez que ella elegía una canción específica para musicalizar sus historias de Instagram o sus estados, yo corría a buscar el título y lo guardaba en esa lista secreta.

Era mi forma de tenerla cerca cuando no estaba.

Era mi manera de coleccionar sus peculiares y nostálgicos gustos musicales, porque era el único territorio donde me permitía quererla sin romper las reglas.

Verla ahí, emocionada, pensando que teníamos una coincidencia, casi me hace romper el personaje.

Pero tuve miedo. Tuve miedo de que se diera cuenta de lo desesperadamente expuesto que estaba ante ella.

Así que inventé la mentira de la chica de la universidad.

Vi cómo se le apagaron los ojos y cómo se volteó hacia la ventana, y me odié.

Me odié todo el camino de regreso por haberle causado ese dolor, pero era preferible que me creyera un idiota distante a que descubriera que, en realidad, ya era completamente suyo.

POV RENATA

Mateo se acordaba de cosas mías de cuando yo era chica que ni yo misma recordaba.

Descubrí que, cuando se reía de verdad —no la sonrisa fantasma, sino la risa completa—, dejaba ver la ligera separación entre sus dientes frontales superiores.

Se veía como otra persona, una a la que nadie había invitado a la fiesta de su propia cara en mucho tiempo.

Y yo, que me había propuesto ignorarlo después del desplante del auto, empecé a coleccionar esas risas como coleccionaba fotos. Sin querer. Para el rollo sin revelar.

La noche que cambió las cosas —aunque yo todavía iba a tardar en admitirlo— no pasó nada. Ese es el detalle. No pasó nada y pasó todo.

Habíamos bajado al muelle después de la cena. El lago de noche era otra cosa: negro, quieto, con la luna partida en pedazos sobre el agua. Él llevaba dos tazas de algo caliente, una de las cuales me puso en las manos sin decir nada. Nos sentamos en el borde, con los pies colgando hacia el agua.

—¿Y tú qué vas a estudiar? —preguntó de la nada—. En el otoño.

Me reí. No de él, sino de la pregunta.

—Nada.

—¿Cómo nada?

—No voy a ir a la universidad. —Lo dije en voz alta y se sintió como quitarme un zapato que me apretaba—.

No quiero. Todos esperan que vaya, que escoja una carrera, que me forme, que me asiente.

Y yo lo único que quiero es… irme. Ver cosas.

Vivir sin que nada me quede pequeño. No quiero meter mi vida en una caja, Mateo, aunque sea una caja bonita.

Esperé el sermón. El «estás muy joven para decidir eso», el «te vas a arrepentir», el discurso responsable que me sabía de memoria en boca de los adultos.

No llegó.

Mateo se quedó callado, mirando el agua, y cuando habló, su voz era distinta.

—Yo voy en quinto de medicina —dijo—. Cinco años. Me quedan como tres más, después la residencia, después la especialidad. Tengo los próximos diez años de mi vida planeados al día. —Hizo una pausa—. Cuando te escucho hablar así, siento que tú respiras un aire que yo ni sabía que existía.

No supe qué contestar. Volteé a verlo y él ya me estaba viendo, y la luz de la luna le hacía esa cosa otra vez: partirle la cara en una mitad clara y otra en sombra.

—No lo digas como si fuera malo —dije, bajito.

—No lo estoy diciendo como si fuera malo.

Algo se movió entre nosotros, en ese metro de muelle, en esa oscuridad.

Él bajó la mano para apoyarse en la madera y la puso, sin querer o queriendo, justo al lado de la mía.

Tan cerca que sentí el calor de su piel antes de tocarla.

El dorso de su meñique rozó el mío. Solo eso.

Un roce, un milímetro de piel contra piel.

Y yo me quedé sin aire.

Fue ridículo. Fue solo un roce. Pero todo el cuerpo se me puso en alerta, como si ese punto chiquito de contacto fuera lo único encendido en la noche entera.

Ninguno de los dos movió la mano. Ninguno de los dos respiró, creo.

El lago, los grillos, la luna rota y nuestros meñiques tocándose como si fuera la cosa más prohibida del mundo.

Y por un segundo, creí que iba a decir algo dulce; apretó los labios. Apartó la mano. Se levantó y recogió las tazas.

—Se está haciendo tarde —dijo, otra vez plano, otra vez pared—. Mañana hay que madrugar.

Y se fue por el muelle hacia la casa, dejándome ahí con el meñique todavía caliente y una pregunta que no me atreví a hacerme.

Esa madrugada soñé con él.

No fue un sueño raro ni largo. Estábamos en el muelle, igual, con los pies sobre el agua, y esta vez él sí volteaba, no apartaba la mano y decía mi nombre —en el sueño sí lo decía, ya que lleva todo el verano sin llamarme Ren, como siempre, aunque al despertar no logré recordar cuál de los dos había usado—.

Se acercaba. Sentía su aliento, un aire cálido aproximándose a mis labios, hasta que por fin me besaba.

Despacio. Como quien por fin se permite algo que llevaba mucho tiempo aguantando.

Me desperté con el corazón a mil y un calor estúpido en la cara. Me senté en la cama, en lo oscuro, furiosa conmigo misma.

—No —le dije al cuarto vacío, en voz baja, como si negarlo en voz alta lo volviera verdad—. Ni de chiste. Es el aire del lago. Es que estoy aburrida. Es Mateo, por Dios. Es Mateo.

Me volví a acostar. Tardé horas en dormir, reviviendo ese beso en mi mente; cada vez era menos molesto. Y en algún rincón de mí, uno al que todavía no le ponía nombre, ya sabía que me estaba mintiendo.