El verano de mi libertad CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El Tsunami de la despensa y el secreto de Ian

La convivencia en la casa del lago tenía una regla no escrita: la despensa se regía por las leyes de la física, pero el apetito de Ian se regía por las leyes del caos.

Para mi tía, mantener la cocina abastecida durante ese verano se convirtió en una batalla perdida. Cada mañana bajaba a la cocina y su queja era constante, cruzando los brazos frente a las alacenas vacías:

—¡Es que esto no es una casa, es la ruta de un tsunami!

—exclamaba, sacudiendo un frasco de vidrio—.

Hace dos días les pedí que fueran por un bote nuevo de café, leche, cartones de huevos para el desayuno y la harina para los pancakes del domingo.

¡Y solo quedan botes vacíos y aire! ¿Quién se está tragando la comida por las noches?

No puedo creer que críe ratones en lugar de hijos.

Todos en la mesa bajábamos la cabeza, pero mis ojos se iban directamente a Ian.

Ian siempre estaba comiendo. Si no era una manzana, era un trozo de pan, una galleta vieja o las sobras del almuerzo frío directo del refrigerador.

Su historial como devorador compulsivo venía de lejos, sin importar que ya fuera un adulto hecho y derecho.

De hecho, era imposible no recordar el verano de hacía cuatro años.

Yo estaba cruzando el pasillo de la cocina cuando vi a Ian tragándose de dos bocados unas pequeñas piezas de pollo que estaban sobre la superficie de la cocina, dejadas en un platito sospechoso.

Menos de cinco minutos después, mi tía entró a la cocina y soltó un grito que casi fracturó los vidrios:

—¿Quién tiró mi carnada para moscas?! ¡Dejé unos trozos de pollo con veneno concentrado junto a la ventana!

Nadie en la casa supo jamás qué había pasado con la famosa carnada.

Pero yo sí. En cuanto mi tía gritó, Ian me miró fijamente.

Su rostro pasó del bronceado veraniego a un blanco pálido, desencajado por el terror más absoluto al procesar lo que se acababa de comer.

Lo único que hizo, con las manos temblando, fue llevarse un dedo tembloroso a los labios, haciéndome una mueca de súplica desesperada para que guardara silencio eterno.

Hasta el sol de hoy, nadie más sabe qué pasó con la carnada, pero asumo que Ian no sufre de parásitos intestinales; el veneno de moscas al menos lo dejó limpio para siempre.

Así que sí, con Ian en la casa, el café, la leche y la harina desaparecían por arte de magia cada dos días. Y convenientemente, mi tía siempre terminaba diciendo: “Reny, Mateo, ya que conocen el camino, vayan al pueblo por los encargos”.

—¿Otra vez nosotros? —protesté la tercera vez, mirando a mi mamá.

—Es que ustedes ya conocen el camino —dijo ella sin levantar la vista de su libro, con mucha tranquilidad.

Atrás de ella, mi tío y mi papá se concentraban demasiado en sus periódicos. Demasiado.

Así que cuarenta minutos de ida y cuarenta de vuelta, una y otra vez, fueron limando algo entre Mateo y yo sin que ninguno lo decidiera.

Al principio, el trayecto en el auto siempre tenía el mismo inicio: Mateo atento al camino y yo intentando descifrar su silencio.

La playlist aburrida seguía sonando, pero un día me dejó cambiarla.

Otro día fui yo la que no la cambió. Empezamos a hablar —poco, a cuentagotas, como dos personas que se asoman a un cuarto oscuro— y resultó que debajo del parquímetro había alguien.

Las idas al pueblo empezaron a volverse nuestra pequeña rutina compartida, un espacio a salvo del resto de la familia donde, extrañamente, lográbamos conectar de formas que no planeábamos.

Como la tarde en que la lista de compras incluía “frutas de la temporada”. Estábamos frente al enorme estante de las sandías en la tienda de abarrotes, y yo estaba empeñada en escoger la más grande simplemente porque cargarla le tocaría a él.

—Hay que golpearlas, niña —me dijo Mateo, cruzándose de brazos con una pizca de diversión en los ojos mientras me veía batallar con una fruta que pesaba casi lo mismo que yo. Si suena hueca, es que está buena.

—Sé perfectamente cómo escoger una sandía, gracias —mentí, dándole un puñetazo torpe a la corteza verde. Solo conseguí que me dolieran los nudillos. Esta suena... sólida. Es perfecta.

Mateo soltó una carcajada limpia y se acercó. Apartó mis manos con suavidad, se inclinó y le dio tres toques rápidos a otra sandía más pequeña.

—Esta es la buena —dijo, cargándola con una sola mano como si fuera una pelota de playa. La que tú elegiste parece una piedra. Si nos la comemos, Ian va a terminar rompiéndose un diente.

Me reí, contagiada por su buen humor, y al fin, durante todo el viaje, no sentí la necesidad de levantar una defensa. Caminamos hacia la caja registradora compartiendo una paleta de limón que él había comprado para aplacar el calor, turnándonos para morderla como si tuviéramos diez años otra vez.

Dos días después, el tsunami de Ian volvió a atacar y nos enviaron de regreso, esta vez bajo un cielo gris que amenazaba con tormenta.

En la tienda, mientras Mateo pagaba los víveres en la caja, un estante lleno de sombreros de paja absurdos llamó mi atención.

Sin pensarlo mucho, tomé uno gigantesco, decorado con flores de plástico descoloridas, y me lo calcé hasta las orejas.

Cuando Mateo se dio la vuelta con las bolsas de lona en las manos, se detuvo en seco. Me miró fijamente y, por un segundo, creí que me diría que madurara o que nos apuráramos. En su lugar, sus labios se curvaron en una sonrisa enorme y sus ojos brillaron con una calidez que me derritió por dentro.

—Te queda increíble, niña —dijo, batallando por no reírse a carcajadas—. Definitivamente resalta tu... sentido de la moda veraniega. Deberías usarlo para la cena de hoy, a mi mamá le va a encantar.

—Es alta costura del pueblo, Mateo, no sabes nada de estilo —le respondí, haciendo una pose dramática de modelo.

Él negó con la cabeza, y caminó hacia la salida.

Pero antes de cruzar la puerta, estiró la mano y me acomodó el ala del sombrero con un toque ligero en la nariz.

Fue un gesto tan natural, tan extrañamente íntimo y muy ajeno a su usual distancia, que me dejó congelada a mitad del pasillo, con el corazón latiendo a un ritmo acelerado.

Sin embargo, la tensión inicial siempre regresaba cuando se trataba de hablar de nosotros.

En la siguiente ida al pueblo, la atmósfera en la tienda se sentía un poco más densa.

Mateo volvía a ser el de siempre en los pasillos: caballeroso, tomándolo todo con calma y cargando los galones de leche más pesados para que yo no hiciera esfuerzo.

Yo iba dictando las cosas de la lista mientras caminábamos.

—Llevamos tres botes de café en una semana, Mateo —le dije, deteniéndome frente al estante—. ¿No crees que deberíamos comprar el tamaño industrial? Tu hermano nos va a dejar en la quiebra.

Mateo sonrió de lado, de esa forma ligera que a mí me aceleraba el pulso, y tomó un frasco de café para meterlo en la carreta.

—Dale un respiro a Ian, Ren —dijo con voz suave—. Necesita cafeína para mantener su sistema colapsado como siempre, si no, ¿qué sería de Ian?

Me quedé mirándolo, animada por su tono relajado, y di un paso más cerca, apoyándome un poco en el carrito.

—Bueno, al menos venir tan seguido sirve para que salgas de la casa. A veces siento que te la pasas huyendo de mí en las tardes.

Al escuchar eso, la sonrisa de Mateo se desvaneció de inmediato.

Se quedó inmóvil por una fracción de segundo, sosteniendo un cartón de huevos.

Pude ver cómo se le tensó la línea de los hombros; se había dado cuenta de lo cómodo que se estaba sintiendo y de lo cerca que yo estaba.

Volvió a colocarse su armadura de parquímetro en un parpadeo, desvió la mirada hacia el estante y me respondió con un tono mucho más plano y distante, poniendo un freno seco:

—No huyo de nadie. Simplemente tengo cosas que estudiar y un horario que cumplir. Si ya tienes los huevos de la lista, camina al auto. No hay que hacer esperar a los demás.

Dio media vuelta y avanzó hacia la caja registradora, dejándome ahí con la palabra en la boca. Ese era el verdadero Mateo del verano: amable y cercano hasta que sentía que perdía el control de la distancia, justo antes de levantar un muro para empujarme lejos otra vez.

En el camino de regreso, el silencio se volvió pesado. Cansada del ruido del motor y de la música instrumental que Mateo llevaba en la radio, estiré la mano hacia el tablero.

—Voy a cambiar esto; me estoy durmiendo —anuncié.

—No toques mis cosas, niña —advirtió él, pero no hizo ademán de quitarme el teléfono cuando lo tomé para conectar el cable auxiliar.

Entré a su aplicación de música, buscando algo que no fuera jazz o música clásica.

Fue ahí cuando la vi. Una playlist guardada con un título simple, casi oculto.

Al abrirla, se me cortó la respiración. Baladas acústicas, bandas sonoras de películas antiguas...

Era mi gusto musical exacto. Canción por canción.

Era todo lo que a mí me gustaba y que jamás compartía con nadie porque pensaba que a los demás les parecía aburrido.

Mi corazón dio un vuelco. Sentí una oleada de emoción y calor recorriéndome el pecho. ¿Mateo y yo compartíamos el mismo refugio musical y yo no lo sabía? ¿Teníamos eso en común?

—Mateo… —dije, con los ojos brillando mientras le mostraba la pantalla—. Esta playlist... tiene todo lo que me fascina. No sabía que te gustaba este tipo de música.

Mateo desvió la mirada hacia la pantalla del teléfono por una fracción de segundo. Vi cómo la punta de sus orejas se tiñó de un rojo súbito. Se acomodó en el asiento, apretando el volante con más fuerza, y respondió con una voz fría, monótona, sin mirarme:

—Ah, eso. No es mía. Seguro la armó alguna chica con la que salí hace un tiempo en la universidad. Se quedó guardada ahí.