El verano de mi libertad CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Chispas

—Yo voy a esa fiesta —anunció Ian mientras cenábamos, con la boca llena y la naturalidad de quien comenta el clima.

Casi me atraganto. No había dicho ni una palabra de la invitación, que, por cierto, era para mí; estaba segura de que en el momento en que la mencionara, los papás la iban a vetar entre todos.

Pero Ian lo soltó así, fresco, sin pedir permiso, porque Ian tenía veinticinco años y el superpoder de que nada le diera vergüenza.

—¿Cuál fiesta? —preguntó mi mamá.

—Unos hippies del pueblo, gente que anda viajando —dijo Ian. Reny también está invitada, ¿verdad, Reny?

Y ahí, mentalmente me paro y aplaudo, véanlo, señores y señoras, un traidor maravilloso, me abrió la puerta.

—Sí —dije, con toda la calma que pude fingir—. Los conocimos hoy en la plaza.

Los papás cruzaron una de esas miradas suyas —una miradita rápida, de adultos que se entienden sin hablar, de las que yo todavía no sabía leer— y mi tío se encogió de hombros.

—Pues vayan, están de vacaciones. Pero juntos. Y alguien que maneje de regreso con la cabeza fría.

Todas las miradas, como por arte de magia, aterrizaron en la misma persona. Nuestro obvio conductor designado.

Mateo dejó el tenedor en el plato muy despacio.

—Yo no pienso ir a ninguna fiesta de hippies —dijo.

—Entonces Reny no va —respondió mi papá, tan tranquilo.

Y así fue como, después de mi mirada de cachorro callejero, Mateo quedó condenado a la fogata. Lo vi entender que su noche de canciones tristes y soledad acababa de morir y que el culpable era yo. Me dirigió una mirada que habría derretido el hielo del lago.

Yo le sonreí con toda la dulzura del mundo.

—Gracias por cuidarme —le dije.

No me contestó. Claro que no.

La casa donde se quedaban los del grupo estaba del otro lado del pueblo, una construcción medio destruida con un patio enorme que daba a la nada oscura del bosque.

Habían prendido una fogata en el centro, y alrededor de ella se movía un montón de gente, vasos en la mano, una bocina enorme con música de moda europea, la cual no entiendo pero me resulta pegajosa, alguien intentando bailar y casi todos intentando hablar más fuerte que la bocina.

Olía a vapes, a pasto y a verano.

Ian se evaporó a los tres segundos, tragado por un grupo de rubias que lo recibió como si lo conociera de toda la vida —ese era su don—.

Mateo se quedó plantado en la orilla del círculo de luz, con los brazos cruzados y la espalda contra un árbol, como guardaespaldas en una boda a la que no quería ir. Yo decidí ignorarlo profesionalmente.

—¡Viniste! —Tomás apareció de entre la gente con dos vasos, me pasó uno sin preguntar—. No estaba seguro de que te dejaran.

—Casi no me dejan —admití—. Vine con escolta.

Señaló con la barbilla hacia el árbol, donde Mateo seguía montando guardia.

—¿Ese es tu… hermano?

—Algo así. Es hijo de los mejores amigos de mis papás. Crecimos juntos. —Hice una pausa—. Tiene la personalidad de un parquímetro.

Tomás se rió con ganas, una risa abierta, sin pena, y por un rato todo fue fácil.

Me llevó a conocer al resto de sus amigos, me preguntó por las fotos del día, me contó de los lugares por donde habían pasado antes de llegar aquí: un pueblo donde dormían en una playa, una ciudad donde se les acabó el dinero, un tren que perdieron por andar viendo el atardecer.

Hablaba del mundo como si fuera un patio en el que se podía jugar.

Y a mí —no lo voy a negar— me encantaba cómo me miraba. Como a una igual. Como a alguien que también tenía historias, que también iba a algún lado. Por una noche no fui la nena de nadie.

Cada tanto, sin querer, mis ojos se iban hacia el árbol.

Y cada tanto, los de Mateo ya estaban ahí, en mí, antes de que llegaran los míos.

Apartaba la mirada enseguida, como si lo hubiera cachado en algo.

Pero no decía nada. Solo seguía ahí, cruzado de brazos, sosteniendo una bebida que no se tomaba.

Como a la hora me harté del ruido.

Es algo que me pasa: en medio de mucha gente, de pronto necesito un minuto de silencio o se me cae el techo encima.

Agarré la cámara y me alejé de la fogata, hacia el borde del patio, donde la luz se acababa y empezaba el bosque de verdad, ese negro espeso lleno de luciérnagas.

El cielo, lejos del humo, estaba tapizado de estrellas. Tantas que daba vértigo.

Levanté la cámara hacia arriba, aunque sabía que en la foto no iba a salir nada —no había luz suficiente—, pero a veces uno fotografía cosas solo para tener una excusa de mirarlas más tiempo.

—No va a salir nada con esa luz.

Pegué un brinco. Mateo estaba a unos pasos, también fuera del círculo de la fogata, también escapando. No lo había escuchado llegar.

—Ya sé —dije—. La estoy mirando, nada más. ¿Tú qué haces aquí? ¿Las fiestas también te aburren en la orilla?

—Las fiestas me aburren en general. —Se acercó un poco, miró hacia arriba, las manos en los bolsillos—. Pero esto sí está bonito.

Y eso me descolocó. No el qué, sino el cómo.

No lo dijo con sarcasmo, ni con esa voz de regaño que usaba conmigo siempre.

Lo dijo bajito, casi para él, como si se le hubiera escapado.

Aquella noche fue la excepción a todos los veranos: no parecía estar aguantando algo.

Solo estaba ahí, mirando las estrellas, siendo una persona y no una pared».

Lo miré de reojo. La luz de la fogata le llegaba apenas, le dibujaba la mitad de la cara y dejaba la otra en sombra.

Se veía distinto lejos del ruido. Más joven. Menos amargado.

—No sabía que te gustaban estas cosas —dije, por decir algo.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí. —Lo dijo sin acidez, casi divertido. Después, tras un silencio—: Y muchas que yo tampoco sé de ti, supongo. Como el gusto por los trapos que usa como ropa tu amigo Tom.

Nos quedamos así, callados, mirando el mismo cielo desde un metro de distancia, y por algún motivo el silencio no se sintió incómodo.

Se sintió como cuando estás a punto de entender algo, justo antes de entenderlo.

Algo raro me pasó en el estómago, una cosita chiquita que no supe nombrar y que decidí ignorar de inmediato.

—¿Por qué eres tan…? —empecé.

—¿Tan qué?

Iba a decir insoportable . Pero abrí la boca y de la fogata llegó la voz de Tomás:

—¡Renata! ¡Ven, vas a querer ver esto!

Y fue como si alguien apagara un interruptor. Mateo se enderezó, metió las manos más hondo en los bolsillos, y la pared volvió. La sombra le ganó a la otra mitad de la cara.

—Te están llamando —dijo, otra vez plano, otra vez lejos—. Ve. Para eso viniste, ¿no?

No supe qué contestar. Me quedé un segundo mirándolo, intentando encontrar al de hacía diez segundos, pero ya no estaba. Así que hice lo único que tenía sentido: me di la vuelta y caminé de regreso al fuego, donde Tomás me esperaba con una sonrisa fácil y una historia que contar.

Pero a medio camino, sin saber por qué, volteé.

Mateo seguía en la orilla, mirándome. Y esta vez no apartó la vista.

Esa noche no le di importancia. Lo juro. Me dormí pensando en Tomás, en el grupo, en los lugares a donde quería ir como ellos.