CAPÍTULO 2
Cuarenta minutos
La primera traición del verano vino disfrazada de favor.
—Reny, necesitamos cosas del pueblo —dijo mi mamá esa mañana, con esa sonrisa de quien ya decidió todo y solo finge que pregunta—. ¿Vas, porfis?
Me emocioné tanto que casi tiro la silla. El pueblo. Mi escape de verano, el de la libertad prometida. Ya me veía vagando entre calles, comprando chuches del área, fotografiando puertas viejas y señoras con flores.
—Sí, claro, yo voy —dije, agarrando las llaves del carro de la mesa como si fueran un trofeo.
Mi papá me las quitó de la mano con la suavidad de quien le quita un cuchillo a un bebé.
—Vas con Mateo. Él maneja.
Y ahí, señoras y señores, murió mi independencia. A los dos días de nacida.
—Puedo manejar yo —protesté.
—En carretera de montaña que no conoces, no —cerró mi papá, y no había apelación posible.
Así que media hora después yo iba de copiloto, con la lista del mandado en una mano y mi celular en la otra, al lado de la persona menos conversadora del hemisferio.
Mateo manejaba como vivía: con las dos manos en el volante.
Sus manos eran grandes y de dedos finos y alargados.
Siempre había envidiado sus manos; las mías eran pequeñas y regordetas.
Tenía su mirada al frente y cero ganas de estar ahí.
Llevaba la misma cara de funeral de siempre y un brazo apoyado en la ventanilla.
Lo único que sonaba en el carro era una canción que yo no conocía, de esas tristonas que escucha la gente que cree que sufrir es personalidad.
Aguanté exactamente cuatro minutos.
—¿Siempre manejas con esta cara o es edición especial para mí?
—No toques la radio —dijo, sin voltear, justo cuando yo estiraba la mano hacia el volumen.
—No iba a tocar la radio.
—Ibas a tocar la radio.
Iba a tocar la radio. Pero ese no era el punto.
Crucé los brazos y miré por la ventana. Los árboles pasaban en cortina, gruesos y altísimos, y de vez en cuando se abría un claro y se veía el filo del lago abajo, brillando como una moneda. Saqué la cámara, bajé el vidrio y disparé.
—Vas a marear con eso —dijo.
—No te estoy fotografiando, tranquilo. No eres tan interesante.
Juro que vi —apenas, de reojo— que la esquina de su boca se movió. No fue una sonrisa. Fue el rumor de una sonrisa, el fantasma de una. Desapareció antes de que pudiera estar segura de que existió.
—¿Por qué tomas fotos con ese raspahielos? —preguntó después de un rato, señalando la cámara con la barbilla—. Tienes teléfono.
—Porque el teléfono te deja ver la foto enseguida y eso lo arruina —contesté—. Con esto no sabes cómo saliste hasta semanas después, cuando revelaste el rollo. Tienes que esperar. Y a veces lo que sale no es lo que creías haber visto.
Volteó un segundo, solo un segundo, con algo nuevo en la cara. Como si lo que dije le hubiera quedado dando vueltas.
—Mmm —dijo. Y volvió a la carretera.
Mateo y sus monosílabos. Una conversación con él era como sacarle agua a una piedra: posible, pero te quedabas con sed.
El pueblo valió cada uno de los cuarenta minutos.
Era de esos lugares chiquitos y testarudos, con la plaza en el centro, una iglesia, un mercado bajo toldos de colores y calles empedradas que subían y bajaban sin pedir permiso.
Olía a pan, a fruta y a café. La gente caminaba despacio, como si nadie tuviera ningún lado urgente a donde llegar, y eso me pareció lo más lujoso del mundo.
Mateo metió la mano en el bolsillo de mi sudadera sin permiso y sacó la lista de compras.
¡Qué abuso!, pensé, pero me interrumpió ver cómo rasgaba el papel a la mitad.
—Tú agarra lo de arriba, yo lo de abajo. Nos vemos en la plaza en media hora. No te pierdas.
—Tengo dieciocho años, no cinco.
—Por eso lo digo —contestó, ya caminando.
Idiota.
Pero la verdad es que media hora sola era media hora sola, así que no me quejé.
Compré lo de mi lista, sí, pero también me metí a una tiendita oscura que vendía dulces y los rollos de película —tres, los escondí en mi bolsa como contrabando— y me detuve a fotografiar a una señora que tejía afuera de su casa, y una bicicleta recargada en una pared azul, y un gato naranja que me miró con desprecio aristocrático a través de sus ojos coral.
Se sentía glorioso que, al fin, nadie supiera exactamente dónde estaba yo. A los del grupo los encontré sin buscarlos.
Estaban en la plaza, cerca de la fuente, un montón de chicos y chicas de mi edad o un poco más grandes, con mochilas, sandalias y ese aire de gente que anda recorriendo el mundo sin reloj.
Reían fuerte. Uno tocaba una guitarra miniatura malísima y a nadie le importaba.
Me quedé viéndolos como se ve un escaparate de ropa: con ganas.
—Tu cámara está increíble —dijo una voz a mi lado.
Era uno de ellos. Alto, despeinado a propósito, ojos grandes y con una sonrisa fácil que se notaba que había abierto muchas puertas.
—Es de mi abuelo —dije.
—¿Analógica de verdad? —Se acercó a verla, genuinamente interesado—. No conozco a nadie de nuestra edad que use eso. Soy Tomás.
—Renata.
—Renata —repitió, como probando el nombre, y por alguna razón sonó distinto en su boca que en la de Mateo. En el pasado, cuando Mateo decía mi nombre, sonaba a regaño. Cuando lo dijo Tomás, sonó a que le daba curiosidad. ¿Eres de por aquí?
—No, estamos en una casa, junto al lago. De vacaciones. Con mi familia.
—Nosotros andamos rodando por todos lados —dijo— y me presentó al resto a control remoto, señalando: Bruno, Lola, la otra Lola y como cuatro más que ahorita no me acuerdo de cómo se llaman.
Me reí. Hablar con él era fácil: no había que sacarle nada, todo fluía. Me preguntó qué fotografiaba, a dónde quería ir, si ya conocía el mirador de arriba del pueblo. Me sentí, por una vez, como una persona completa y no como el apéndice más joven de una familia.
—Oye —dijo Tomás—, hoy hacemos una fiesta en la casa donde nos estamos quedando. Nada del otro mundo: música, fogata, gente buena onda. Deberías ir. Trae a quien quieras. Toma mi número —dijo, mientras tocaba mi cel con el suyo—.
Parece brujería; no soy muy tecnológica, pero sé que existe eso de pasar los contactos con un toque.
Y justo en ese momento, como invocado por su peor versión, apareció Mateo.
Llegó con las bolsas del mandado, miró a Tomás, me miró a mí, y algo en su mandíbula se tensó apenas. No dijo nada grosero. No dijo casi nada, de hecho.
—Nos tenemos que ir —fue todo. Seco. Plano. Con una mano ya en mi hombro, redirigiéndome como a una niña perdida en un centro comercial.
—Un gusto, Renata —alcanzó a decir Tomás, sonriendo—. Lo de hoy va en serio, ¿eh?
Me dejé llevar dos pasos antes de quitarme la mano de Mateo de encima.
—Puedo caminar sola, gracias.
—Nos están esperando para almorzar —dijo, sin verme.
—No tenías que llegar a arrear como si fuera ganado.
—No estaba arreando nada.
Sí estaba.
El camino de regreso fueron otros cuarenta minutos, pero esta vez el silencio tenía textura. Mateo manejaba con la mandíbula apretada; yo iba pegada a la ventana, repasando la conversación con Tomás.
—¿Qué fiesta? —Soltó él de repente, a mitad de la carretera.
Ajá. Así que sí estaba escuchando.
—Una fiesta —dije, encogiéndome de hombros—. Hoy. Me invitaron.
—No vas a ir a una fiesta de gente que acabas de conocer en una plaza.
Volteé a verlo despacio, saboreando lo que estaba a punto de decir.
—Qué bueno que no eres mi papá, Mateo. Ni mi mamá. Ni nada, en realidad.
No contestó. Apretó un poco más el volante, subió el volumen de su playlist tristona y no volvió a abrir la boca en todo el camino.
Yo, por dentro, ya estaba decidida. Iba a ir a esa fiesta aunque tuviera que escaparme por la ventana. Lo que todavía no sabía —porque una nunca sabe estas cosas a tiempo— era que no iba a ser la única de la casa con ganas de ir.
Y que eso lo cambiaría todo.