El verano de mi libertad CAPÍTULO 1
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El verano de mi libertad

El verano de mi libertad

Por Misha Helling

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Lo que cabe en una maleta

Había aprendido a hacer maletas con tips de videos de viajeros, pero ninguno me decía cómo empacar mi clóset entero, así que cada cosa tenía que ganarse su lugar.

Desdoblé la tercera blusa, la sostuve contra la luz de la ventana y la devolví al clóset.

No. Esa era una blusa de niña que va adonde la llevan.

Y este verano yo ya era una mujer independiente.

Iba adonde yo quisiera.

Lo repetí en voz baja mientras acomodaba los rollos de película en el bolsillo interno de la mochila, envueltos en una calceta para que no se golpearan.

Cinco rollos. La cámara de mi abuelo —era un dinosaurio de la tecnología, analógica, que mi mamá juraba que era un capricho— iba hasta arriba, donde pudiera sacarla rápido.

Porque esa era la idea, el plan secreto que llevaba semanas corriéndome en el pecho: este verano iba a salir sola.

A perderme en el bosque y bajar al pueblo.

Ir hasta donde se acabara el camino y fotografiar lo que encontrara, sin que nadie me preguntara a dónde iba ni a qué hora pensaba volver.

Tenía dieciocho años recién cumplidos, un diploma todavía oliendo a tinta y  ya nadie me iba a tratar como si fuera a romperme.

—¡Renata! ¿Ya casi? —La voz de mi mamá subió por las escaleras—. ¡Tu papá quiere salir antes de que haga calor!

—¡Cinco minutos! —Mentí, con la maleta a medio llenar.

Me senté en el borde de la cama y miré el cuarto como si lo despidiera. No era para tanto, eran solo unas semanas. Pero algo me decía que el verano que estaba a punto de empezar iba a ser uno de esos que te resetean la vida, aunque entonces no tuviera ni idea de por qué.

Cerré la maleta. Pesaba más de lo necesario.

El viaje era, como cada año, de las dos familias.

Los míos y los suyos: los tíos —que no eran mis tíos de sangre, pero como si lo fueran—, los mejores amigos de mis papás desde antes de que yo existiera.

De esos amigos que ya no se eligen, que simplemente son , como un mueble heredado que uno no se imagina la casa sin él.

Habíamos crecido juntos, sus hijos y yo, en cumpleaños, navidades y veranos como este.

Yo era la más chica de la manada. La nena.

La que siempre tenía que ir agarrada de una mano.

Eran Ian, el mayor —que era puro ruido, risa y planes a última hora; alto, moreno, cabello mediano muy espeso y oscuro, y nariz refinada—, y Mateo, quien no es por nada, pero era guapísimo, de 1,85 m, blanco tostado por los fines de semana que pasaba en la casa de la playa, y admito que más de una vez me estupidicé viéndolo jugar vóleibol y dando esos saltos que hacían aparecer unas entradas en el inicio de sus ingles.

Mateo es cuatro o cinco años mayor que yo —nunca me molesté en hacer la cuenta exacta—, y desde que tengo memoria me había mirado con esa cara de “cuidado con la niña”.

El que me quitaba las tijeras de la mano.

El que en las fotos viejas siempre sale revisando que yo no me acercara mucho a la orilla de la piscina.

Para Mateo yo tenía ocho años y siempre los iba a tener, daba igual cuántos diplomas juntara.

Ni siquiera pensé mucho en él mientras bajaba la maleta a rastras por las escaleras. Pensé en el lago. En el bosque. En el pueblo. En todas las fotos que todavía no había tomado.

Manejamos casi todo el día.

La ciudad se fue quedando atrás como viejos recuerdos, y el paisaje empezó a cobrar vida: campos, después colinas, después árboles, y después solo árboles, tan altos y tan juntos que la carretera se volvió un túnel verde con el sol cayendo a pedazos entre las ramas.

Bajé la ventanilla. El aire olía a tierra húmeda y a algo dulce como los rollos de canela que hago en otoño, y por un instante saqué la cámara y disparé sin mirar, solo para guardar ese olor de alguna forma.

—No te alcanzarán esos rollos todo el verano si los gastas en árboles —dijo mi papá desde el volante, divertido.

—Compraré más en el pueblo.

—El pueblo queda a cuarenta minutos, Reny. No está a la vuelta de la esquina.

Cuarenta minutos. Eran exactamente la distancia perfecta entre estar acompañada y estar libre.

La casa apareció al final de un camino de terracería, entre los árboles, como si el bosque la hubiera escupido ahí: grande, de madera oscura y ventanas enormes, con un porche que daba ganas de no levantarse jamás.

Y detrás —lo vi antes incluso de bajarme del carro— el lago.

Quieto, plateado, tan cerca que se podía llegar caminando en lo que se cuenta hasta cien.

Pocos pasos. Eso era todo lo que separaba la puerta de la casa del agua.

Me quedé parada apoyada en el auto, admirando todo, y sentí esa cosa rara en el pecho otra vez. Como si el lugar me estuviera esperando.

—Llegamos —anunció mi mamá, estirándose—. ¿Verdad que es un sueño?

Lo era. Pero no le contesté, porque ya venía el otro carro detrás del nuestro, levantando polvo, y con él la otra mitad del verano.

Las llegadas con los tíos eran siempre un caos feliz: abrazos, gritos, maletas que se caían, la tía contando algo que le había pasado en el camino y mi mamá riéndose antes de que terminara.

Ian se bajó dando saltos, ya hablando de que en el pueblo había escuchado que los veranos se ponían “buenísimos”, y me revolvió el pelo al pasar como si yo siguiera midiendo un metro.

Y atrás de todos, sin prisa, bajó Mateo.

Traía esa cara de siempre —la de quien preferiría estar en cualquier otro lado— y unos audífonos colgándole del cuello. Me vio batallando para sacar mi maleta de la cajuela, se acercó y sin decir nada me la quitó de las manos.

—Yo la llevo; pesa.

—Puedo sola —dije— y la jalé de vuelta.

Él levantó las dos manos, como rindiéndose ante una niña berrinchuda, con media sonrisa de burla.

—Como diga, Madame.

Y entró a la casa antes de que se me ocurriera una respuesta lo suficientemente filosa.

Apreté los dientes. Ocho años , pensé. Para él siempre voy a tener ocho años.

Pero no le iba a regalar el gusto de que se notara que me molestaba.

Saqué mi cámara y la acomodé contra mi cuerpo, agarré mi maleta —que sí pesaba, pero qué más daba— y la subí yo sola, escalón por escalón, hasta el cuarto que me tocaba.

Esa primera noche, cuando los grandes ya se habían sentado en el porche con sus copas y sus historias de siempre, yo me escapé.

No fue difícil. Nadie se da cuenta cuando se va la más chica; es una de las pocas ventajas de serlo. Crucé el pasto todavía tibio, bajé los pocos pasos que separaban la casa del agua, y me quedé parada en la orilla del lago con los pies descalzos y la cámara colgándome del cuello.

El sol terminaba de hundirse atrás de los árboles. El agua estaba tan quieta que el cielo entero le cabía adentro, naranja y morado y un poquito de oro. Levanté la cámara, enfoqué, y antes de disparar me reí sola, bajito, de pura felicidad tonta.

Este verano era mío. El lago, el bosque, los cuarenta minutos de camino, los rollos sin revelar, los lugares que todavía no conocía.

Mío.

No tenía idea —jamás me imaginé— de que el verano tenía otros planes para mí. Que no iba a ser el lago lo que me partiera la vida en antes y después .

Disparé. El obturador hizo clic , guardó la luz, me quedé un rato más ahí, sin saber que ya había empezado todo.