CAPÍTULO TRECE
J oe Colardi acababa de hablar por teléfono con todas sus oficinas y sus lugartenientes cuando llegó la llamada del Don.
Cerró la puerta de la biblioteca y descolgó el auricular con los labios apretados.
Tras el accidente del niño, había llamado al Don para contarle lo sucedido.
El Don se había mostrado muy callado, con un desagrado inconfundible, un tono gélido en sus escasas palabras.
—Una pésima decisión desde el principio —había dicho el Don—. Deberías haberte asegurado de que nada saldría mal.
Joe recordaba cómo había respondido de inmediato, echándole la culpa a Frankie el Vigilante y a Tony.
Al fin y al cabo, era la pura verdad. La incompetencia había sido de ellos.
El Don no había dicho nada, ni a favor ni en contra, y él se había apresurado a continuar, usando los mismos argumentos que se había repetido a sí mismo.
Había irradiado confianza por teléfono, asegurándole al Don que, pese al desafortunado accidente, todo les había salido bien al final.
—Espero que tengas razón, Joey —había dicho el Don con voz plana, sin emoción—. Pero no estoy contento. Todo este asunto huele a problemas. Mantente en contacto.
Joe no había mencionado la llamada de Ben Martin. Era mejor no sacar el tema, y ahora, al descolgar el teléfono, notaba la boca seca.
—Esto no pinta bien, Joey —dijo el Don tras un saludo seco—. Nada bien. Este hombre es un problema.
—El tipo está loco —dijo Joe.
—No lo has calado bien desde el principio —dijo el Don con voz gélida—. El consigliere me dijo que te aconsejó mantenerte alejado de este hombre.
—Don, el tipo tiene que estar loco. O sea, ¿enfrentarse a mí, a todo el régimen ? ¿Qué otra cosa puede ser sino un loco?
—Creo, Joey, que hay mucho que no sabes sobre la gente, demasiado —dijo el Don, de nuevo con aquella voz gélida.
Joe Colardi sintió que se le tensaba la mandíbula y que el estómago se le hacía un nudo. —Mira, el tipo está prácticamente muerto —dijo—. Tengo a todos buscándolo. Lo encontraremos.
—Creo que lo encontrarás cuando él quiera que lo encuentres —dijo el Don con suavidad, la voz gélida. «¿Qué demonios quiere decir con eso?», se preguntó Joe, guardándose la pregunta.
—Qué va, lo encontraremos —respondió.
—Estate preparado cuando lo hagas —dijo el Don—. Mátalo, Joey, y rápido. Espero que puedas hacerlo, por tu propio bien.
Joe notó que los dedos se le agarrotaban alrededor del teléfono y se obligó a abrir la mano y relajar los músculos. —¿Dónde está Annette? —preguntó el Don—. ¿Y Stella?
—Las metí en un avión a Miami. A casa de Russo —dijo Joe rápidamente, esperando aprobación. El Don estaría complacido. Siempre había que cuidar de la familia, especialmente de la sobrina favorita de un Don.
—Esperaba algo así de ti —dijo el Don, y no había aprobación en su voz, ni siquiera satisfacción, ni en las palabras ni en el tono. Joe notó que se le encendía el rostro, cada vez más oscuro.
—El tipo está loco. Podría haber ido a por Stella por lo que le pasó a su hijo, ¿no? —soltó Joe.
—No.
La palabra quedó suspendida en el aire, cargada de condescendencia, casi de sombría decepción.
—Cuando esto termine, tú y yo tendremos que hablar, Joey —dijo el Don, y Joe oyó cómo se cortaba la línea.
Colgó de golpe y maldijo en voz alta. Joder, siempre era más fácil criticar a toro pasado.
Ya le demostraría al viejo cabrón. Nada parecía satisfacerlo, pero se lo demostraría.
Pondría a los muchachos a cazar a Ben Martin las veinticuatro horas hasta que lo atraparan.
Fue a la cocina y llamó a Louie, su chófer.
Louie también hacía de cocinero cuando tocaba, y Joe le pidió un sándwich de jamón y queso y un café.
Se acercó a las ventanas, con las cortinas medio corridas.
Solo había dos guardaespaldas junto a la verja.
Había mandado a todos los demás a peinar las calles de Nueva York en busca de Ben Martin.
Al mirar por las ventanas, sintió una punzada de inquietud y se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón, donde guardaba el Smith & Wesson .
38 Centennial de cañón corto. DiGrasso y Carli eran los dos hombres en la verja, dos de los mejores.
Detectarían a cualquiera o cualquier cosa fuera de lo normal.
Se dio la vuelta, se sentó junto al teléfono y empezó a llamar a algunos de los números de contacto en South Brooklyn.
Eso lo mantendría ocupado durante horas.
Nunca se le había dado bien esperar. Si los muchachos no conseguían nada, tendría que salir él mismo a hacerse cargo.
Era media tarde y había tomado demasiado café.
Tenía el estómago revuelto y amargo. Estaba pensando en qué otra cosa podría beber cuando sonó el teléfono.
Era Frankie el Vigilante, que llamaba desde la cabina de Barclay Street.
Estaba alterado, y Frankie no se alteraba fácilmente.
Martin iba a ir a su tienda a recoger una maleta, le contó Frankie, poniéndolo al día de lo que habían visto.
Lo único que tenían que hacer era esperar, solo esperar, y sería pan comido.
Joe Colardi se recostó tras colgar y lo invadió una abrumadora sensación de alivio.
A solas, en la intimidad de la biblioteca, podía permitírselo, y se echó a reír, despacio al principio, luego más fuerte.
Llamaría al Don. Pero no hasta que todo terminara, no hasta que pudiera servirle a Ben Martin en bandeja.
Esa llamada la iba a disfrutar. Le había dicho a Frankie a quién poner de vigilancia con él y le había dado instrucciones precisas.
Para esto solo quería gente curtida y de confianza.
Iban a llenar al cabrón de plomo hasta que tardaran una semana en vaciarlo.
—¡Louie! —gritó a través de las puertas cerradas—. Prepárame algo de comer, comida de verdad. Tengo hambre.