CAPÍTULO DOCE #2
Finalmente sube los escalones de dos en dos, sigiloso como un gato.
La puerta del apartamento queda a su izquierda; se agacha, saca una tarjeta de celuloide de la cartera y la desliza con cuidado por el borde de la puerta.
No intenta forzar la cerradura: el ruido podría ser sorprendentemente fuerte.
Pero al retirar la tarjeta ha averiguado lo que quería saber.
La puerta solo tiene echado el pestillo automático.
Una buena patada la abrirá de par en par.
Pega el oído a la puerta, escucha un momento y oye la voz de la chica en jadeos rítmicos.
Echa la pierna hacia atrás, apunta justo debajo del pomo y patea con fuerza demoledora.
La puerta se abre de golpe y ya está dentro, en la habitación bañada por la luz azul de una lamparita con bombilla de color.
Solly sigue dentro de la chica, encima de ella, y Ben le ve la cara: miedo instintivo, automático, y asombro.
Dispara a la desnudez carnosa del hombre, tres veces, mientras las piernas de ella aún lo aprisionan.
Solly estalla en una lluvia roja cuando los potentes proyectiles lo destrozan, y la chica queda cubierta al instante de pedazos de carne desgarrada y vísceras derramadas, y grita, patea con furia, intenta apartarse.
Pero Solly está encima de ella, literalmente un peso muerto, reteniéndola en un último abrazo, un último polvo mientras su cuerpo se estremece en los espasmos de la muerte.
—¡Quítenmelo de encima! —oye Ben gritar a la chica—.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Solly, Solly! —Las palabras se funden en un largo grito histérico, ensordecedor, hecho de puro terror y repulsión.
Ben tira el rifle al suelo, se aparta de los cuerpos desnudos, más rojos que blancos ya, y baja las escaleras.
Otros corren hacia el edificio y se detienen al verlo.
Él se encoge de hombros, señala con el pulgar hacia el segundo piso y pasan corriendo a su lado.
Los gritos de la chica siguen desgarrando la noche mientras él sale a la calle, gira a la izquierda y se aleja sin prisa, con el sonido de más pasos precipitándose hacia el edificio.
Se mete en un callejón, lo cruza hasta la calle siguiente y sigue su camino.
En poco tiempo la policía tendrá el rifle en sus manos, y por la mañana habrán localizado dónde lo compró y sabrán que él fue el comprador.
El vendedor les dará una lista de todo lo demás que adquirió allí.
A estas alturas, Joe Colardi ya ha hecho sus propias averiguaciones.
Ya sabe que sus hombres no murieron en un ataque de una Familia rival.
Ya está bastante seguro de quién mató a sus hombres, y ahora, con el rifle abandonado, la certeza será absoluta.
Joe Colardi no podrá mirar hacia otro lado, y sentirá muchas cosas, Ben lo sabe.
Primero, incredulidad. Su arrogancia se encargará de eso.
Luego rabia, rabia furiosa, explosiva. Después tendrá que reaccionar, y lo hará con determinación despiadada.
Pero además de todo eso, Joe Colardi sentirá algo más, algo que no se atreverá a admitir ni ante sí mismo, pero que estará ahí.
Joe Colardi sentirá miedo, y con cada hora que pase ese miedo crecerá hasta que tenga que reconocerlo por lo que es.
Y Ben no lo querría de otra manera, sonríe, de ninguna otra manera.
Cuando llega a la pequeña y sórdida isla que ha convertido en su hogar, su base de operaciones, se desnuda y se tumba en la cama sin poder dormir, bebiendo el café que ha preparado.
Mañana la policía también lo buscará, pero no contarán con la ayuda de Joe Colardi.
Aunque su miedo llegue a ser abyecto, el hombre no recurrirá a ellos.
Eso va contra el código, la ley dentro de la ley, y siempre se aferrará a la esperanza de poder salvar la situación de algún modo.
Además, Joe Colardi tenía sus propios amos.
Siempre estaba Gennosanti, el Don. Él jamás permitiría que Colardi pidiera ayuda a la policía.
Pero, reflexiona Ben en la oscuridad de la pequeña habitación, ahora debe andarse con más cuidado con la policía.
Con cuánto empeño lo buscarán es una incógnita.
Donaldson se presentará en el apartamento a primera hora, a hablar con Donna.
Ella no podrá ayudarlo, claro, pero él lo intentará con todas sus fuerzas.
Querrá encontrar a su Ben por el bien de todos.
Es un buen hombre, Donaldson. Aún es capaz de sentir.
No ha dejado que el trabajo le embote la sensibilidad.
Pero tiene un trabajo que hacer y lo hará, aunque sea a regañadientes.
Y Donna, ¿qué sentirá cuando lea los periódicos de la mañana?
Puede entender, si se lo permite. Pero solo entender, nunca estar de acuerdo.
Esa no es su forma de ser. Nunca podría serlo.
No va con ella. Posee un tipo diferente de fuerza: la fuerza de soportar un dolor insoportable, la fuerza de quedar destrozada y vacía y aun así seguir adelante.
Es una fuerza defectuosa, se dice. Se nos pide ser más que portadores de injusticia, guardianes del dolor.
Se nos pide empuñar el escudo y la espada, la única defensa contra los carroñeros de esta tierra.
¿No podía ella verlo? Quizás, en algún rincón de la amargura en que se había convertido Donna, esa verdad seguía ahí, y ella lo sabía, y algún día la sacaría a la luz y la reconocería por lo que era.
Pero ahora solo podía ver que nada de esto habría ocurrido si él hubiera cedido ante los hombres de Colardi aquel primer día que fueron a buscarlo.
Así de simple. Era tan fácil escudarse en el amor y la preocupación. La más fácil de todas las evasiones.
Cierra los ojos y en el vacío negro ve una pequeña figura que se retuerce, que ríe, que corre hacia él. Hasta el último de ellos, murmura en silencio antes de que el sueño lo arrastre. Eso es lo único que importa ahora. Hasta el último de ellos.