Capítulo 75
Tienda de Quim
Han pasado más de tres meses desde que perdí mi don.
Todavía no me acostumbro a este nuevo Quim, sencillo, sin el poder que conlleva viajar al pasado.
El primer mes fue duro, muy duro, he de decir.
Si Lucía no hubiera estado conmigo no sé qué hubiera sido de mí.
No pensaba que fuera a echar tanto de menos los viajes al pasado.
El segundo mes fue de aceptación. Lo intenté y, al final, más por costumbre que por otra cosa, acabé convenciéndome de que volvía a ser un tipo corriente sin nada especial que aportar al mundo.
Ya sólo me queda la vacía pena del viajero que regresa.
En mi interior a veces aún temo que Lucía se canse de mí por no ser tan único como ella pensaba.
Si bien es cierto que se enamoró cuando aún no conocía mi secreto, lo hizo de un hombre seguro de sí mismo, formado a base de todo lo que había vivido en cientos de aventuras.
Ahora soy uno más del barrio. Y de los menos agraciados físicamente.
Como hoy es el día de Navidad, he decidido hacerle a Lucía un regalo de los que le gustan. Le he dicho a mi padre que me acompañe de compras a mi cripta secreta.
—¿Qué tienes pensado regalarle? —quiere saber mi padre, que camina detrás de mí mientras bajamos al sótano .
—Tengo algunas cosas que le pueden gustar, pero no acabo de decidirme. Por eso te he traído —contesto a la vez que le guiño un ojo.
Tecleo mi código secreto y bajamos a la cripta.
—Estoy entre el gladius de Espartaco, una lámina dibujada por mi amigo Leonardo, y un juego de pulseras que perteneció a Hipatia de Alejandría.
—A nosotros seguro que nos fliparía la espada de Espartaco, pero a ella nasti de plasti , nene. Sin duda que le gustarán mucho más las pulseras de una mujer como Hipatia —afirma mi padre, convencido.
Puede que tenga razón.
Las pulseras son una opción genial y, si le cuento que pertenecieron a la que es considerada una de las primeras mujeres filósofas de la historia, cosa que ella por supuesto ya sabrá, le van a encantar.
—Yo me hubiera decidido por la ilustración —le digo.
Saco de una carpeta de plástico transparente el dibujo inédito de Leonardo da Vinci y se lo muestro.
—¡Alucina, vecina! —exclama mi padre—. Esa lámina podría valer millones de euros. Esto debería de ser un seguro para vender solo en caso de necesidad, pero jamás de los jamases para regalar. Ni a Lucía ni a nadie.
—¿Lo llegaste a conocer? —le pregunto.
—¿A Leonardo da Vinci? No, pero tenía pensado hacerlo.
—Yo sí. Un personaje especial donde los haya.
—Yo me centré más en viajes relacionados con la vida de Jesús, de Salomón y esa parte de la historia que tanto me apasiona —me cuenta, melancólico.
—Por eso fui allí a buscarte —sonrío.
Saco un paquete de un cajón y se lo entrego.
—Hablando de todo un poco, toma, este es tu regalo de Navidad —le digo para su sorpresa.
Mi padre, asombrado, sonríe .
Le encantan las sorpresas, algo que yo odio.
—¿Qué será, será? —canturrea contento.
En cuanto quita el papel y abre la pequeña caja se queda callado, embobado, sin saber qué decir. En su interior, envueltos en un fondo de algodón blanco para protegerlos de golpes y de la intemperie, hay tres clavos enormes que todavía contienen restos de sangre seca.
Mi padre me mira. Imagina lo que es, pero no se lo puede creer. Niega con la cabeza.
—No puede ser —susurra con la voz entrecortada.
—Yo esperaba que dijeras algo tipo: ¡Por los clavos de Cristo! —me río con ganas, hubiera sido un gran momento.
—No juegues conmigo, Quim —me suplica.
—Son los clavos que se insertaron en las muñecas y los pies de Jesucristo —le digo despacio, para que me entienda sin lugar a error—. Te lo puedo asegurar porque, en cuanto lo bajaron de la cruz, los arranqué yo mismo de la madera y los cambié por otros.
—Estoy flipando, hijo. Mola mogollón.
Los mira con respeto. Casi con veneración.
—Yo estuve allí —me explica, emocionado hasta la lágrima.
—Yo también, pero no te vi.
—Tal y como iba disfrazado era imposible —me cuenta recordando aquel día—. Yo no me fijé, claro, porque nunca se me hubiera ocurrido pensar que estabas en aquel monte. Mira, todavía tienen sangre —babea mi padre.
—Es suya, reseca, pero es suya.
—Yo me llevé la lanza de Longinus —me informa a la vez que me guiña un ojo.
—¿En serio? —pregunto sorprendido—. La busqué en el almacén donde los romanos guardaron las armas al final del día, pero no la encontré .
—Me la llevé en cuanto el soldado la depositó allí —me relata, orgulloso de aquel instante—. La enterré no muy lejos, en un lugar seguro.
—Ojalá pudiéramos tenerla aquí —le indico—. Igual algún día podemos ir a por ella.
—Imposible, tendríamos que colarnos en la mezquita de Al-Aqsa, bajar a la cripta, y encontrar la entrada a las cuevas sin morir en el intento. Va a ser mejor que se quede allí.
Mi padre suspira.
Mira de nuevo su regalo.
—¿Puedo tocarlos? —me pregunta.
—Son tuyos. Puedes hacer lo que quieras con ellos, eso sí, no saldrán de esta cripta. Podrás bajar a verlos cuando quieras, pero algo tan especial debe permanecer a buen recaudo.
Él asiente. Lo entiende y lo comparte.
Coge uno de los clavos por la punta, con cuidado. Se lo acerca a la cara y lo mira con detenimiento.
Sonríe.
—Toma, esto no te hará tanta ilusión, pero este regalo sí te lo podrás llevar de aquí —le digo a la vez que le entrego otra pequeña caja.
Él me mira sin comprender, todavía absorto en los pequeños pedazos de hierro. La coge y la abre.
—Es una moneda —me dice como si yo no lo supiera.
—Es una moneda de las que me dio la señora Joana, nuestra antepasada, el primer día que cené en su posada —le explico para que entienda el valor sentimental del regalo.
Él levanta la moneda y la mira a la luz.
—Es muy bonita. Gracias.
Agarro la moneda para contarle que todavía tiene restos del cocido de ca la Joana, cuando, de repente, un relámpago de luz blanca me quema las retinas.
En el instante en que los dos hemos tocado la moneda a la vez, el mundo se ha sumido en una oscuridad vacía y sorda, como si se lo hubiera tragado un agujero negro.
Siento un frío tremendo, seguido de un calor asfixiante, que acaba con un mareo como jamás he sentido, tan brusco que a punto estoy de vomitar.
Al cabo de unos segundos interminables, puedo abrir los ojos.
Apenas hay luz. En cuanto se acostumbran a la oscuridad del lugar, atisbo al fondo las llamas nerviosas de un par de velas.
Observo. Me quedo helado al comprender dónde estoy.
Miro a mi alrededor para cerciorarme y compruebo que no estoy equivocado.
Una mano me agarra de la camiseta.
Bajo la mirada y veo que es mi padre, aturdido, tirado en el suelo como un borracho tras una velada de barra libre. Intenta hablar, pero le cuesta. Señala hacia las paredes.
Sus ojos se abren al máximo.
—Estamos en el sótano de la señora Joana —me susurra.
Veo una sonrisa tímida en su cara.
—Estamos en el sótano de la señora Joana —repito.
Tras otro relámpago cegador, los dos volvemos a estar en mi cripta, tirados en el suelo, mareados como dos novatos viajeros del tiempo, sin saber qué acaba de ocurrir.