El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 76
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Capítulo 76

Tienda de Quim

Mi padre se pone en pie y comienza a gritar, corriendo por la sala con los brazos en alto, tal y como hizo en el bar de mi tía cuando Iniesta marcó el gol que nos dio el mundial de fútbol hace ya una eternidad.

Lo miro sin decir nada y con algo de desconcierto. Estoy un poco aturdido. Él parece estar en un mundo paralelo, inmerso en una fiesta particular rebosante de alegría y jolgorio.

Y la vida parece una fiesta a la que nadie se ha molestado en invitarme.

—Lo has vuelto a hacer —me dice, sonriendo, mientras se pone de rodillas a mi lado.

Sigue con los brazos en alto como si hubiera marcado él mismo el gol de la victoria.

—Lo has hecho, Quim. ¡Tu poder ha vuelto! —exclama.

Más bien, grita.

Intento recobrar un poco el aliento.

Este minúsculo salto al sótano de ca la Joana, si es que ha sido un salto en realidad, me ha dejado un pelín trastocado.

Mi padre me contempla, sonriente .

—¿Qué te pasa? —. No entiende por qué no estoy loco de contento—. No me digas que no recuerdas haber estado en el sótano de la señora Joana.

Así que sí, es verdad que hemos saltado los dos.

—No sé cómo ha pasado —le digo con sinceridad.

—Qué más da. Lo que importa es que has vuelto a viajar al pasado. ¡Hemos vuelto! ¡Hemos vuelto a viajar los dos juntos! —matiza con gran alegría.

—Quizás has sido tú el que me ha llevado.

Él niega con la cabeza.

Yo tampoco lo creo, la verdad.

Algo me dice que ha sido cosa mía.

—Haré un par de pruebas a ver si es verdad que mi don ha vuelto —le indico, aunque en mi interior sé que así es.

Me dedica una sonrisa y asiente. Está contento.

—Es mejor que, de momento, nadie sepa lo que nos ha pasado. Ahora que piensan que he perdido mi poder, estamos todos a salvo —le digo, pensativo—. Si los ladrones de mentes se enteran, volveremos a estar en peligro. Todos.

—Tranqui, tronco, que esto queda entre nosotros.

Hace como si se cerrara una cremallera imaginaria en la boca y tira la llave.

Yo sonrío.

Dejamos atrás la cripta y subimos a la tienda.

El regalo especial que le he dado por Navidad se ha quedado en el sótano secreto, bien escondido, donde podrá verlo cuando quiera.

Mi padre va directo hacia la salida, pero antes de llegar a la puerta de la calle, se gira y me mira.

Coloca una mano en mi hombro.

Ya no sonríe, está más serio.

Pensativo, más bien.

Algo le carcome por dentro.

Sé lo que es, no tengo ninguna duda .

—Quim, pensaba que jamás iba a poder pedirte este favor, pero, viendo que tu poder ha vuelto, necesito que me lleves a un sitio.

Sus ojos me chivan lo que más desea en estos momentos.

—Quieres ver a tu otro hijo por última vez —le digo.

He puesto más énfasis de lo que me hubiera gustado sobre el adjetivo posesivo «otro».

Él asiente.

—Cuando nos fuimos de Sagres le dije que iba a estar fuera un par de meses —me recuerda. No hace falta que lo haga porque yo estaba con él en aquel instante—. Solo quiero verlo una vez más.

Una lágrima cae por su mejilla.

—Deseo decirle adiós como es debido. No me gustaría que pensase que lo he abandonado —su voz se entrecorta por la emoción—. Tampoco, que viva el resto de su vida preguntándose qué me ha podido pasar.

Yo sé lo que es eso.

He pasado así los últimos ocho años, el mismo tiempo que él estuvo desaparecido y no sabía dónde estaba. No se lo recomiendo a nadie.

Mi hermanastro tampoco debería pasar por eso.

Además, se lo prometí.

Le prometí a mi padre que volveríamos para que pudiera despedirse de él y, ahora que cabe la posibilidad de viajar al pasado de nuevo, de que haya recuperado mi don, no voy a faltar a mi palabra.

Las mejores promesas son esas que no hay que cumplir.

—Podemos pasar unos días con él, como unas vacaciones. Así podrás conocerlo un poco más a fondo, es un chaval que vale la pena.

Me está intentando vender este viaje como sea.

—No todo el mundo puede decir que su hermano es Cristóbal Colon —añade .

Guardo silencio mientras busco una excusa que no encuentro.

—Qué podemos perder. Solo serán unos pocos días, Quim. Si algo te sobra, ahora que tienes tu don de vuelta, es tiempo.

Lo miro.

Sonrío.

Sus ojos brillan de felicidad en cuanto toma mi gesto como un sí rotundo y definitivo.

Me abraza con fuerza.

—¿Cuándo nos vamos? —pregunta entre lágrimas.

— FIN —