El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 74
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Capítulo 74

Bar de Rosa

Cuando entramos en el bar, mi tía nos mira con cara de estar oliendo a podrido.

Sabe que algo ha sucedido. No tiene ni idea de lo que ha podido ser, pero lo intuye como medio bruja que es.

Mira a mi padre, que se escabulle hacia la mesa de siempre, antes de que le pregunte nada.

Después observa al dúo Sacapuntas, que también pasan de largo y con la cabeza gacha.

Lucía sí se acerca y saluda, pero mi tía le devuelve una sonrisa forzada.

No está para delicadezas en este momento.

Por último, clava sus ojos en los míos. Los entorna, como un miope intentando ver de lejos, y niega con la cabeza.

—¡Cualquier día os envío a todos al quinto pino! —exclama seria, despacio y con la voz firme—. Mi niña, a ti que no te arrastren a su mundo —le dice a Lucía antes de perderse en la cocina.

En cuanto Lucía y yo nos sentamos, siento como mis defensas se relajan y el cansancio me deja hecho polvo.

—Ni que decir tiene, mis queridos amigos, que lo acaecido en el interior de nuestra amada Santa María del Mar allí se ha de quedar para siempre —indica el relojero, serio—. Aunque no lo entendamos.

—Ni lo haremos a no ser que ellos quieran compartir con nosotros qué es lo que ha sucedido, claro —refuta el librero.

Lucía observa en silencio .

Mi padre y yo nos miramos por un segundo.

Ninguno de los dos tiene muy claro qué hacer, aunque, ahora que ya no tenemos nuestro don, nos importa más bien poco.

Mi tía se acerca con una bandeja que contiene lo que solemos pedir a estas horas. Y si no nos gusta, da igual. Hoy nadie va a decirle a la Rosa que le cambie el pedido. «No está el horno pa bollos», como diría ella.

Mientras tomamos las bebidas, les resumo, con el beneplácito de mi padre, el secreto de la familia Mora. Lucía ya lo sabía casi todo y apuntala punto por punto lo que cuento.

También les explico a Lucía y al librero por qué no recuerdan nada de lo sucedido esa tarde en la iglesia. Ambos se han quedado helados al enterarse de que han sido poseídos por nuestros ancestrales enemigos, hoy inquilinos del edificio de la avenida Diagonal.

—Ya sabía yo que esa gente, además de adinerada y poderosa, eran un hatajo de crápulas —apunta el relojero, sabio, como siempre.

—Siento muchísimo que hayas perdido tu don —me dice Lucía, apenada por partida doble. Sabe que el apasionante mundo de los viajes en el tiempo también se ha acabado para ella.

—¿Vas a ir tras ellos, joven amigo? Mi espada siempre estará disponible para lo que desees —indica el relojero. Todavía les tiene ganas y se nota.

—No vale la pena —refuta con seriedad el librero.

—No vale la pena —repito yo—. Ellos también han perdido su poder. Se acabó el juego. No van a volver a por nosotros.

—Sin embargo, aún les queda el dinero, ese otro gran poder terrenal. Debemos privarles de todo, incluso de su alma, para que, cuando llegue el día del juicio final, carezcan de cualquier medio con el que intentar negociar —añade el relojero

El silencio se adueña de la mesa por un tiempo demasiado largo, durante el cual todos apuramos nuestras bebidas.

—Si no fuera porque os conozco como a la palma de mi mano diría que os habéis quedado callados porque acaba de pasar un ángel —dice mi tía mientras recoge los vasos que ya están vacíos—. Pero aquí no se acercan ni los que tienen la espada de fuego, porque seguro que se la robáis.

—Mi querida Rosa, ya deberías saber que somos gente de bien, de alma pura y buen corazón —dice el relojero, ante la atenta mirada de mi tía. En el fondo es un valiente.

—Pura marrullería es a lo que huele esta mesa —protesta.

Observa a Lucía, seria.

—Mi niña, hazme caso. O consigues meterlos en vereda o sal corriendo, que no sabes tú el peligro que tienen estos cuatro oscuros elementos de la naturaleza cuando están de cháchara.

Lucía sonríe a pesar de la tarde que hemos vivido.

Ella es una historiadora nata que ha probado las mieles de visitar un templo milenario recién construido. A mí me va a costar volver a la normalidad, pero a ella más, lo tengo claro. Le han quedado demasiadas cosas por vivir. Yo no me puedo quejar. He aprovechado bien mi tiempo.

Que me quiten lo bailao .

—Con vuestro permiso —susurra Lucía, a pesar de que estamos solos en el bar—, me gustaría reunir toda la información sobre vuestra antigua familia.

Mi padre y yo la miramos, intrigados.

Veo en los ojos de mi padre algo de pena.

No ha comentado nada al respecto, pero yo sé que le ha quedado un tema pendiente por hacer y que le va a escocer como una espina clavada en el corazón durante el resto de su vida .

Él quería volver a Sagres para despedirse de su hijo, mi medio hermano, como es debido. Ahora ya no podemos y, mucho me temo, que eso le carcomerá mientras viva.

—Creo que vuestra historia no debería caer en el olvido. Yo necesito que no se olvide —matiza, casi con lágrimas en los ojos.

—Me encanta la idea —indica el librero a su lado—. Yo puedo rebuscar entre todo lo que tengo en la librería y en otras colecciones, seguro que hay información relativa a la estirpe de los Mora. Así puedo aportar mi grano de arena.

El librero mira a su colega de fechorías.

—¿Qué quieres que te diga, Emilio? —le pregunta sin saber muy bien qué decir a continuación—. Ya sabéis que a mí me va más la acción. Eso de investigar me da mucha flojera. Y la pereza es la madre de todos los vicios y, como madre que es, hay que respetarla.

Lucía suelta una carcajada sonora que hace que mi tía, que anda detrás de la barra, tuerza el gesto hasta extremos antinaturales.

—A mí me parece genial —les digo, cogiendo la mano de Lucía—. Sin duda, esto hará que estemos un poco más cerca de algo añorado que hemos perdido.

—Yo ya estoy deseando empezar —añade mi padre con un tono melancólico.