Capítulo 73
Edificio Vimley C&S
Poco tiempo después de que Quim uniera el Velo de Cronos, los tres ladrones de mentes que habían poseído el cuerpo de Lucía, del sacerdote y de don Emilio, despiertan entre espasmos incontrolables.
El doctor, que siempre está presente en la sala mientras ellos viajan, corre despavorido de uno a otro, inyectando calmantes para evitar un ataque cardiaco que acabe con sus vidas.
No puede perder más viajeros esta semana o será su cuello el que lo sufra. Lo tiene muy claro.
Desconoce qué ha podido fallar.
Todo iba como la seda. Las constantes eran normales hasta que, en menos de un segundo, la situación ha cambiado por completo.
El médico intenta tomar la presión de Samuel, el enviado del Sumo Sacerdote de Roma, pero le está costando horrores sujetar el brazo.
No ha querido colocarse los sensores, como siempre hacen.
El pobre doctor tiembla de miedo, sabiendo lo que se le viene encima.
Tiene orden estricta de sus jefas de cuidar de este hombre mejor que de su propio hijo.
Los datos que ve no le preocupan, le aterran.
Sale corriendo hacia un pequeño mueble donde guarda todo tipo de medicamentos y rellena una jeringuilla con otro calmante mucho más potente .
Abel muere tras intensas y descontroladas convulsiones.
Justo cuando el doctor se percata del pitido que indica la ausencia de pulso, fallece Isaac, el más joven y fuerte de los tres.
Y antes de que llegue a inyectarle la droga a Samuel, este expira, con la boca abierta y los ojos bañados en sangre.
A pocos kilómetros de aquella pequeña sala, Ruth escapa de la catedral para meterse en un coche que espera a pocos metros, acompañada de sus dos agentes de seguridad privada. La rabia que siente en su interior solo es comparable con las ganas de matar a Quim Mora con sus propias manos.
Su teléfono suena en el instante en que el coche se larga a toda prisa del lugar. Mira la pantalla y ve que es su prima Shira.
No quiere contestar.
No sabe cómo decirle a su prima, a su familia, o al Sumo Sacerdote de Roma, que ha tenido el poder a un metro de sus manos y lo ha perdido, no por el momento ni por un par de días, sino para siempre.
La energía del Velo de Cronos se ha esfumado como el humo porque el último Señor del Tiempo ha preferido sacrificarse y perder su don antes que entregárselo a ellos.
El teléfono suena de nuevo.
—Dime —contesta.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Shira, nerviosa hasta tal punto que no puede dejar de caminar por los pasillos de la lujosa décima planta—. Ruth, han muerto los tres hermanos que estaban contigo. No han logrado volver.
—Lo hemos perdido —balbucea entre sollozos la mujer mientras estira, colérica, su cabello rubio—. Hemos perdido el poder para siempre.