El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 72
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Capítulo 72

Santa María del Mar

Poco a poco, mi corazón vuelve a latir. Despacio, casi sin fuerza, mientras mi vista sigue clavada en la pequeña espada samurái que continúa apoyada sobre el estómago de Lucía.

Al mirar hacia otro lado, compruebo que el cura y el librero siguen con los cuchillos en el cuello.

La poca gente que pasea por el interior de la catedral no se fija en nosotros.

Somos un grupo más, amparado por las sombras del lugar.

El relojero me lanza una mirada triste. Debe de estar perdido, muy perdido. Sus ojos me dicen que necesita órdenes. No tiene ni idea de lo que está pasando, pobre. Y ahora no es momento de contarle que estos cerdos son viejos antepasados, rabiosos por haber perdido un poder que yo todavía conservo.

Miro a la rubia.

—Tiene treinta segundos para decidir si viven o mueren.

—No puedes ser tan cabrona —le suelto.

—Veinticinco…

—No te dejes amedrentar, mi querido Quim —oigo decir al relojero, valiente como él solo.

Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

—Calla, vejestorio, o no verás el final de la historia —le dice su compañero de mil aventuras .

—¡Ni hablar del peluquín! —le contesta el relojero con enfado. Valor no le falta—. A la muerte se la toma de frente, con valor y después se le invita a una copa.

—Quince…

La rubia sigue impasible con su jodida cuenta atrás.

—No son momentos de citar a Poe, viejo amigo.

El librero sonríe, sabiéndose el vencedor de hoy.

—Ellos no saben nada sobre nuestra historia —suplico.

—Trece…

—No puedes matarlos. —No sé qué más decir.

—Diez…

—Quim, lo que tú decidas estará bien —advierte mi padre.

Miro hacia un lado y hacia el otro, pero no hay nadie que nos pueda ayudar.

Ni aunque pasara un policía cerca podría hacerlo.

Esta situación está descontrolada. Antes de coger su arma y disparar, el cura, el librero y Lucía estarían desangrándose en el suelo.

Y después caería mi padre. Y más tarde mi tía.

Y toda mi vida se iría a la mierda por culpa de esta gente.

—Cinco…

Me agacho de nuevo y saco la caja de madera de la mochila. La pongo en el suelo y la abro.

—Cuatro…

—¡Ya voy! ¿No me ves?

Destapo las dos mitades del velo.

La cuenta atrás de la rubia se detiene al ver el objeto.

Cojo una mitad con cada mano.

Me tiemblan demasiado.

Me incorporo y le muestro las dos piezas.

La rubia abre sus ojos tanto que parece que van a salirse de sus órbitas.

—Por fin podremos viajar como Dios manda —dice el que posee a Lucía, sonriendo, ansioso por tener el poder del velo en su familia.

—Déjelo en la caja, por favor —me dice la mujer .

La observo y veo en sus ojos, con claridad cristalina, que todos vamos a morir en cuanto le entregue el dichoso objeto. No tengo la menor duda.

Mientras mi corazón dice una cosa y mi cabeza otra distinta, la realidad me muestra su verdadera y cruel fisonomía.

Si el corazón no rima con la realidad, quemo mis naves, sintiéndolo mucho.

Respiro con calma y, sin pensármelo ni un segundo más, junto las dos mitades del velo.

El clic del acople resuena alto y claro a pesar del gran espacio vacío que nos rodea. Noto los pinchazos en mis pulgares e imagino la sangre recorriendo su ancestral camino para ser verificada. No sé qué más debo hacer, pero quizá no es necesario saberlo.

Al instante, una voz resuena dentro de mi mente.

La reconozco.

Es la voz del hombre de Guiza.

Mi antepasado.

—Espero que tu decisión sea la correcta —susurra.

Miro a la rubia y compruebo que el tiempo se ha detenido.

Las caras de mis acompañantes están inmóviles, así como sus armas. Yo tampoco puedo moverme. Solo mis ojos van de lado a lado, como un preso en su celda, haciéndome consciente de lo que me rodea.

Percibo cómo la penumbra de la Basílica de Santa María del Mar se tiñe con los últimos rayos del sol, que se filtran tímidamente a través de las vidrieras. Veo las motas de polvo suspendidas en el aire como por arte de magia.

Escucho todavía el eco del clic del velo al encajarse, resonando en el vacío, mientras que el objeto que sostengo entre mis manos vibra con una energía indescriptible .

Siento un estallido inaudible que sacude el aire. Es una onda expansiva invisible y poderosa que me atraviesa, traspasa las paredes de piedra y se despliega, rápida y silenciosa, hasta alcanzar cada rincón del planeta.

O del universo, quién sabe.

Los presentes en la basílica permanecen helados, inmersos en sus rezos o contemplando un altar iluminado por la tenue luz de la enorme lámpara que lo sobrevuela.

Yo siento en mi pecho una pulsación distinta, un llamado ineludible. Y no soy el único; sé que otros, lejos de aquí, también lo están percibiendo en este preciso instante.

Un segundo después, el mundo sigue su curso sin alterar su rutina, pero algo ha cambiado. La onda que ha salido del interior del Velo de Cronos ha cumplido con su ancestral función.

En el umbral de la noche, mientras las sombras envuelven a mi querida ciudad de Barcelona, soy consciente del cambio que acabo de sufrir. No hay señales, es mi propio ser el que sabe que mi don ha sido eliminado.

Contemplo con estupor cómo los cuerpos, antes poseídos, caen al suelo.

El relojero me mira, asustado. Lucía yace junto al pobre cura y al librero.

La odiosa rubia me taladra con unos ojos rebosantes de rabia, sabiéndose perdedora de un don que jamás ha estado tan al alcance de su familia como hoy, consciente de que he iniciado un camino del que no hay retorno.

Antes de que puedan reaccionar, me lanzo contra los dos tipos de seguridad y los derribo. Mi prioridad es agarrar la pequeña espada samurái que empuñaba Lucía y cortar los cuellos de mis enemigos. Miro a la rubia y veo terror en sus ojos.

Y no le falta razón, porque ella será la siguiente.

Es un deseo tan potente que no le voy a cortar las alas.

Antes de que pueda llegar a la espada, algunos gritos resuenan en el lugar.

La gente que está en el interior de la basílica ve los cuerpos tirados en el suelo, además de los cuchillos, y entra en pánico.

Los pocos que quedan dentro salen despavoridos mientras otros, los curiosos, quieren entrar, preparados, móvil en mano, para inmortalizar el momento.

Antes de que pueda evitarlo, los dos tipos de seguridad se escabullen hacia la calle entre el tumulto, llevándose casi en volandas a la mujer rubia, que me mira con odio desde la distancia.

Yo también estoy rabioso.

No he podido llevar a cabo mi macabra misión.

—¡Esto no acaba aquí! —les grito.

En cuanto los pierdo de vista, me centro en mi gente.

Parece que Lucía comienza a despertar.

Me agacho junto a ella y sostengo su mano.

Abre los ojos, perdida, sin saber ni siquiera dónde está.

—¿Qué ha pasado? —quiere saber.

—Ya ha acabado todo —le digo.

Incluido mi don.