El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 71
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Capítulo 71

Barrio de la Ribera

Caminamos por la calle de la Argentería con dirección a la catedral del Mar.

Mi padre va delante, sumido en sus pensamientos.

Lucía y yo vamos detrás, cogidos de la mano.

Yo no quería que ella estuviera aquí, pero, después de lo que hemos viajado para encontrar el objeto, no se lo quería perder y yo no he podido hacerle cambiar de opinión.

Unos minutos después, llegamos a la plaza de Santa María, donde se encuentra la entrada principal de la imponente y siempre bella basílica.

La gente pasea por la zona ajena a todo lo que está por llegar.

Unos están sentados, tapeando, bebiendo; otros, simplemente, admirando la fachada de la iglesia sin ser conscientes de que el rumbo del planeta puede estar a punto de cambiar.

No tengo ninguna duda de que, si los ladrones de mentes se hacen con el velo y son capaces de viajar en el tiempo en persona, lo vamos a pasar todos muy mal. No solo nosotros, los Señores del Tiempo, sino el resto del mundo.

No quiero ni pensarlo.

Esto se podría convertir en una dictadura perenne y sin remedio, ya que, aunque alguien lograra doblegarlos, ellos siempre podrían volver para cambiar el pasado. Tengo un nudo en el estómago y esta vez no es de nervios, es de miedo.

De puro terror .

—¿Estás bien? —quiere saber Lucía.

Creo que mi pánico se nota a la legua.

Yo asiento sin decir nada.

Unos metros antes de entrar a la basílica, me giro hacia Lucía y la miro, serio. Pienso mis palabras antes de que salgan por la boca.

—Quiero que te quedes fuera, esperando.

Ella me devuelve la mirada y sabe que algo no va bien.

—Por favor, la gente a la que vamos a ver ahora es muy peligrosa. Si te quedas aquí estaré más tranquilo —le explico, rogando para que entienda la gravedad de la situación que vamos a vivir.

Tras un par de segundos, asiente.

—Si me lo pides así, lo haré —me anuncia.

Yo le doy un beso y un abrazo.

—Os esperaré allí, junto a la fuente —indica señalando hacia la Font dels Senyors, que lleva en aquella esquina desde principios del siglo XV.

—Gracias —le digo antes de darle otro beso.

Mi padre aguarda junto a la puerta principal de la basílica.

Antes de entrar, me giro para estudiar la zona.

Todo parece normal.

No veo al dúo Sacapuntas por ningún lado, supongo que ya estarán dentro. Tampoco distingo si alguno de los que están por la calle podría ser un ladrón de mentes, pero estoy seguro de que así es.

Respiro, intento calmar mis nervios y entramos.

La penumbra del lugar nos da la bienvenida.

El eco de los murmullos y del arrastrar de pasos vuela hasta rebotar en los impresionantes arcos, pasear por los altos techos y volver al suelo donde se mezcla con el ambiente.

El olor a cera derretida se expande por todos los rincones.

Mi padre camina por la nave central, entre los bancos de madera. No hay mucha gente a estas horas, ya que no estamos en temporada alta. Apenas una decena de personas, cabizbajas y pensativas, se pasean por las naves laterales admirando cada una de sus bellas, antiguas y labradas capillas.

No muy lejos del altar, a su derecha, está el dúo Sacapuntas. Están junto a la entrada trasera de la basílica, que también está abierta, y por la que transita un flujo de personas que sale y entra.

No nos decimos nada, pero nos hemos visto.

Sobran las palabras.

Hemos quedado con esta gente detrás del presbiterio, una zona semicircular que se encuentra al final de la planta, detrás de las altas columnas que vigilan al altar mayor.

El librero se dirige, disimulando, hacia el extremo opuesto al que está, mientras que el relojero se queda admirando una de las capillas. Vaya par de dos, pero ahí están, al pie del cañón y sin protestar. No se lo perderían por nada del mundo.

Mi padre y yo caminamos despacio hacia el pasillo lateral que tenemos a nuestra derecha. Pasamos junto al relojero sin decir nada y seguimos nuestro camino hacia la parte trasera del presbiterio. Antes de llegar, justo en el centro, veo a una persona que nos mira sin disimular.

Es una mujer rubia. Está de pie, con los brazos cruzados y con la espalda apoyada en una de las columnas.

Nos dedica una sonrisa fría, calculadora. No me gusta.

Al llegar hasta dónde está, dos hombres aparecen junto a nosotros. Son dos armarios empotrados que, casi seguro, pertenecen al equipo de seguridad privada de la empresa.

—El señor Quim Mora… Encantada de conocerle por fin.

No me tiende la mano, tampoco se la iba a dar.

—Félix, encantada de volver a verle —añade.

—Pueden invitar a sus dos ancianos amigos a que se unan a la fiesta, si así lo desean.

Vamos mal.

Tienen totalmente controlada la situación .

La miro con rabia y ella lo nota.

—Piense bien sus siguientes pasos, señor Mora. De ellos depende la vida de su padre y de sus amigos.

Su tono es frío y calculador.

—¿Tiene el Velo de Cronos? —quiere saber.

Intuyo una mezcla de ansia y avaricia en su rostro.

—Lo llevo en la mochila —le digo.

—Muéstremelo —añade ella mirándome fijamente.

Antes de que pueda quitarme la mochila de la espalda veo llegar al librero y al relojero.

Nos miran algo avergonzados por no haber pasado desapercibidos.

No es culpa de ellos. Ya los tenían controlados, esta gente es muy profesional.

Junto al dúo se han colocado los dos hombres del equipo de seguridad.

Visten con un traje negro idéntico. Memorizo sus caras, así como la de la rubia.

Voy a volver unos minutos atrás y, sabiendo ahora quienes son, me los cargaré sin miramientos. No les voy a entregar el velo.

Ni de coña, vamos.

Respiro con calma para concentrarme mientras me agacho y simulo que busco en el interior de la mochila. Debo estar centrado para poder saltar con tanto público. Ya me ocuparé después de dar explicaciones al dúo Sacapuntas, aunque no creo que las necesiten.

—Ni se te ocurra saltar —me dice el librero.

Esa frase me deja helado al instante.

No es por el frío, es mi sentido arácnido.

Lo miro.

Algo no va bien.

Me levanto sin dejar de agarrar la mochila con fuerza.

—Si saltas, los matamos a todos —advierte el librero de nuevo, ante mi sorpresa y la de su eterno amigo, el relojero .

—¿Emilio? ¿Acaso se te ha ido la cabeza o es que has sido poseído por un alma errante de la basílica? —pregunta el relojero, inquieto y nervioso como nunca lo había visto.

No va mal encaminado. Ha sido poseído.

—¡Quedaos ahí, junto a la columna! —me ordena el librero, con un tono que jamás había utilizado conmigo.

El relojero lo observa impertérrito.

Me mira a mí y, sin abrir la boca, los dos sabemos que algo no cuadra. Sobran las palabras.

—Hagámosle caso —susurra mi padre, con los ojos apretados y una mueca de dolor.

—¿Qué te pasa? —le digo.

—Están intentando poseerme —balbucea, mientras se agacha y se sujeta la cabeza con ambas manos.

Un instante después, se yergue y respira más aliviado.

—Así que tú también eres un Señor del Tiempo —dice una voz que suena a nuestro lado. Es un párroco de la iglesia que hasta hace poco estaba en el altar—. Dos especímenes juntos… No me lo puedo creer.

Sin duda, son sus cuerpos, pero no son ellos.

Sin poder evitarlo, doy unos pasos hacia atrás.

Uno de los tipos de seguridad entrega un cuchillo al cura y otro al librero. Acto seguido, ambos apoyan el cuchillo en sus respectivos cuellos.

—Un simple tajo y ambos morirán sin que pueda hacer nada por remediarlo —me dice la rubia, con los dientes apretados por la rabia. Creo que lo está disfrutando.

El librero, mejor dicho, el ladrón que ocupa la mente del pobre don Emilio, clava sus ojos en los míos y me sonríe. Una sonrisa que me aterroriza cuando empiezo a ver que un hilo de sangre aparece por su cuello.

—¡No! ¡Por favor! No le hagas daño —suplico, a la vez que me coloco donde ellos quieren .

Don Alfonso me imita. Aunque no entienda lo que está ocurriendo, sabe que no es momento de preguntar, tan solo de obedecer. Nos observa con las dos manos apoyadas sobre el bastón que tiene entre sus piernas.

—¿Quién eres? —le pregunto al cuerpo del cura.

—Un ladrón de mentes, como tú nos llamas de forma tan despectiva. Con eso te vale por el momento.

—Ladrones dementes, es lo que sois —comenta el relojero.

La mujer sonríe al escuchar el juego de palabras.

—No sé lo que serán, pero, evidentemente, ese tipejo que tengo a mi lado no es mi amigo del alma —indica el relojero de nuevo, sin apartar la vista de su inseparable compañero de fechorías.

—Menudo par de piezas que estáis hechos —dice el librero, sonriendo de forma exagerada—. He podido ver dentro de la mente de este hombre todo lo que ha vivido y, debo decir, que estoy impresionado.

El relojero me mira.

—Ignoro qué circunstancias nos han conducido a esta peculiar situación, pero lo que sí percibo con meridiana claridad es que estos dos elementos no son, en modo alguno, quienes deberían ser —repite de nuevo el relojero. Está muy perdido.

—Sus mentes han sido poseídas —le digo sin más.

El relojero observa con sus ojos negros, listos como el hambre. Hay en ellos tanta historia y tantas aventuras vividas que hasta siento envidia. Poco después, aparta su mirada y la fija sobre la de su amigo, el librero.

—Te lo explicamos después con calma —indica mi padre.

—Eso si salís con vida de aquí —sonríe el cura.

Cómo lo odio.

—¿Quién mejor para ser poseído que un cura? —indica el relojero con ironía, como si una posesión fuera un hecho tan normal como comprar el pan. Este hombre no dejará de sorprenderme jamás.

El que ocupa el cuerpo del librero sonríe.

Seguro que esperaba algo así. Aunque no lo conozca en persona, al ocupar la mente de don Alfonso ha absorbido todos sus recuerdos, así como sus conocimientos, habilidades, los más oscuros secretos y otras tantas vicisitudes que solo el librero sabe.

Por lo tanto, conoce a la perfección al relojero, como si fuera su propio compañero de fechorías.

—Digamos, viejo amigo, que somos gente mágica, tanto que, si no hacéis lo que debéis, estos dos cuerpos morirán para siempre.

—Deme el Velo de Cronos, señor Mora —ordena la mujer rubia. Está impaciente. Ella debe de ser una de las jefas de la empresa que me comentó mi padre.

—No te servirá de nada —le digo.

—Deje que yo decida ese punto.

—Está roto —arriesgo, a ver si cuela.

—Así debe ser. No me tome por idiota, mi familia lleva siglos detrás de ese objeto para recuperar lo que es nuestro.

—Ya tenéis vuestro don —protesto.

—Déjate de charlas y danos el velo —ordena el párroco, apretando el cuchillo contra su cuello un poco más.

La sangre vuelve a brotar.

Esta vez, el que posee al librero hace lo mismo.

Mierda, mierda, mierda.

Aunque salte al pasado se los van a cargar, además de a mi padre, y no creo que pueda salvarlos. Esos ladrones de mentes solo deben rajarse el cuello y dejar los cuerpos antes de que mueran desangrados, que será en cuestión de segundos.

No puedo perder a mi padre de nuevo.

Ni al librero, porque jamás me lo perdonaría.

Ni al cura, vale.

La rubia me observa, impaciente .

—Quim, hazles caso y dales lo que te piden.

Mi sangre se hiela por un instante.

Me giro y veo a Lucía que llega caminando.

Pasa a mi lado y se coloca junto a la rubia.

El mundo se detiene y mi corazón con él.

Lucía tiende la mano hacia uno de los miembros de seguridad, que le entrega otro cuchillo.

Este es diferente. Es un tanto , una pequeña espada samurái.

Ella se lo pone en la barriga, dispuesta a hacerse el harakiri.

No tengo ninguna duda de que lo hará si no accedo a lo que exigen.

Lo sé porque lo noto en unos ojos sometidos que ya no responden a la voluntad de mi Lucía, sino a la persona que la posee.