Capítulo 70
Bar de Rosa
Nada más entrar al bar, mi tía se me queda mirando fijamente, estudiando mi cara, mis gestos. Se gira hacia la máquina de café y comienza a preparar un expreso doble. Lo hace porque sin duda cree que aún estoy dormido.
—Toma, un buen café para despertarte —anuncia mi tía, dejando la taza sobre la barra en mi sitio de siempre. Después me da un beso cariñoso—. A ver si se te quita esa cara de recién levantao que traes —añade antes de dar media vuelta y perderse en la cocina.
Lo sabía. Si es que la conozco casi tanto como la quiero.
En la mesa de siempre veo a mi padre y al librero, que me saludan levantado un poco la barbilla.
Me acerco hasta ellos y me siento después de darle un beso a mi padre. Antes de que nadie diga nada, aparece el relojero. Su mirada se pasea por el bar hasta que nos ve.
Se acerca, sin prisa, con su aristocrático e inseparable bastón marcando el ritmo de los pasos.
—Habíamos convenido encontrarnos a las seis —dice nada más llegar—. ¿Qué misteriosa razón os ha llevado a adelantaros a la cita? ¿O acaso hay algún asunto de vital importancia que preferís mantener lejos de mi conocimiento?
El relojero se queda de pie y nos mira, altivo .
—¿Es que no sois conscientes de que ciertas tradiciones, una vez consolidadas, no deben ser objeto de modificaciones frívolas, especialmente a estas alturas de nuestra vida?
Mi padre le acerca una silla para que se siente.
El librero lo mira a la vez que niega con la cabeza.
—Cada vez estás más quejica, Alfonso —le dice.
—Está claro que, a ciertas edades, la rutina se convierte en algo importante —añado yo con una sonrisa.
—El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos —asevera el relojero, serio, nada más sentarse.
—Pues es la verdad, cada día estás más quejica —le suelta mi tía cuando pasa por su lado. Esta se entera de todo, aunque esté metida en la cocina.
—La verdad está pasada de moda, mi querida Rosa —le contesta el relojero.
—Además de sobrevalorada —añade mi padre.
El relojero asiente dándole la razón.
—Deduzco, estimado amigo, que nuestra presencia en este lugar obedece a que esos pendencieros han tenido a bien hacerte llegar sus últimas exigencias.
Mi padre asiente en silencio.
Me mira. No hemos tenido ocasión de hablar en persona después de mi viaje. Ya tendré tiempo de contarle todo lo que he averiguado sobre nuestros ancestros.
—Nos han citado a las siete en Santa María del Mar.
Eso ya lo sabía porque me lo había dicho antes.
Por las caras del dúo Sacapuntas veo que ellos no.
Como no sé qué información conocen y cuál no, me limitaré a callar y dejar que mi padre lleve la conversación.
No olvidemos que fueron secuestrados y retenidos durante horas en las oficinas donde los ladrones de mentes tienen su base, así que no creo que se haya librado de tener que revelarles algunas cosas.
—¿Has encontrado el dichoso objeto, mi querido Quim ?
El relojero me mira fijamente, esperando una respuesta.
Bueno, de momento ya sé que están informados de que hay un objeto.
—Así es —respondo.
—¿Dónde lo tienes? —quiere saber mi padre—. ¿Puedo verlo? Lo estoy deseando, vamos.
Yo sonrío a pesar de la situación.
Abro la mochila que he dejado a mis pies y deposito sobre la mesa una caja de madera. No es vieja ni especial, es tan solo una caja que tenía por la tienda y que he usado para meter el Velo de Cronos y que no se rompa.
Mi padre abre la caja con cuidado.
El velo está dividido en dos partes que permanecen separadas y bien encajadas en una espuma gris, que he cortado a su medida, para que lo proteja de posibles golpes.
Dos pedazos de metal con forma de medialuna de color verdoso que nadie había visto juntos hasta ahora.
Al menos nadie ajeno a nuestra ancestral familia.
«Ojalá pudiera hablar y contarnos su historia», seguro que están pensando estos tres elementos que observan el velo boquiabiertos, pensativos y enmudecidos.
—¿De verdad que se lo vamos a entregar? —pregunta el librero, en un susurro casi inaudible.
El relojero pasa su dedo, con mucho cuidado, por encima del velo. Lo acaricia. Me mira. Sé lo que me está preguntando con esa mirada. Yo asiento.
—¿Qué antigüedad tiene? —quiere saber. Se pone las mismas gafas que usa cuando estudia sus preciados relojes. Levanta una de las mitades y se la acerca a la cara.
—No lo sé con exactitud, pero tiene, por lo menos, diez mil años de antigüedad —les suelto sin pensarlo dos veces. La verdad es que creo que tiene muchos más. Mi padre abre los ojos, asombrado. No se lo esperaba. Esta información no hará daño a nadie, porque sé que no saldrá de esta mesa .
El relojero me mira, de nuevo, con los ojos como platos. En parte por las gafas que lleva puestas y en parte porque ese dato lo ha dejado verdaderamente pasmado.
Mientras lo estudia, el resto solo miramos.
—Está hecho de un material que no soy capaz de concretar por mucho que me esfuerce —nos informa el relojero que, si de algo sabe, es de engranajes y de metales con los que se fabrican, pasión que no deja de cultivar a diario—.
Las piezas que componen este artefacto son de una fabricación, simplemente, magistral.
Perfecta. No había visto nada igual en mi vida.
Ni siquiera en los relojes más modernos.
Si el relojero dice eso es porque lo considera muy extraño y especial.
—Ni que decir tiene, mi querido Quim, que esta pieza no pudo fabricarse con las manos de un tipo que apenas sabía usar un palo para defenderse.
Yo asiento sin decir nada.
El relojero le pasa la mitad del velo a mi padre, que lo observa como si de algo sagrado se tratara. Le da la vuelta, una y otra vez, admirando las ruedas grandes y pequeñas que encajan unas con otras con precisión milimétrica.
El relojero coge la otra mitad y la estudia.
—Más de lo mismo.
Le pide a mi padre la otra parte del objeto.
Ahora tiene uno en cada mano.
Los mira con atención por delante, de perfil, por detrás, por el lado de nuevo. Niega con la cabeza. Por su mente deben estar pasando miles de preguntas para las que no tiene respuesta.
—Intuyo que estas dos mitades se podrían engranar entre sí. ¿Lo hacemos? —pregunta el relojero.
Estoy seguro de que, si las une alguien que no sea el elegido, que en teoría soy yo, no pasará nada. Así que me da igual si lo prueba. Mi mirada le dice al relojero que él mismo .
Mi padre solo observa, boquiabierto.
El relojero pone las dos partes sobre la mesa del bar. Las encara, con cuidado, y las acerca lentamente. Una vez que se tocan, no sucede nada. El relojero aguarda, pero sigue sin haber cambios.
Las separa.
Las vuelve a unir.
Nada.
Nada, excepto una pequeña cosa que he podido ver.
Hay dos partes redondas, justo en el centro de cada pedazo del velo, que me habían pasado desapercibidas. No hay escrito nada sobre ellas, pero, cada vez que el relojero ha unido las mitades, me ha parecido notar que algo se movía en su centro.
Me fijo mejor.
El relojero vuelve a acercar los dos trozos del velo una vez más, como esperando un milagro porque sí.
Y lo veo.
Dos pequeñas agujas, de apenas un milímetro, han aparecido cuando las dos piezas se han unido. Un segundo después, se han vuelto a ocultar. Entiendo que en ese lugar deberé poner los pulgares para que las agujas me pinchen, salga mi sangre y el velo pueda verificar que soy el elegido.
Mi padre coge las dos mitades para probar.
Veo que coloca los dedos en el lugar indicado.
Mi sentido arácnido se activa en dos milisegundos.
Un centímetro antes de que las piezas se unan, lo detengo.
—Ya está bien de jugar con el cacharro —les regaño, ante la mirada triste de mi padre, que estaba deseando probar suerte al unirlos—. Vamos a guardarlo ya.
Pone cara de niño enfadado.
Ha faltado un pelo. No me quiero arriesgar.
—Sí, será mejor que lo pongas a buen recaudo —añade el librero, salvador, mientras los señala con una sonrisa—. Estos dos son capaces de romperlo .
He tardado solo un segundo en comprender que quizá la sangre de mi padre, al ser de la familia, sea tan buena como la mía, a pesar de haber perdido su poder.
No lo sé, pero no quiero arriesgarme a averiguarlo con tanta gente mirando, incluida mi tía, que nos observa desde la barra, en silencio, como un halcón que acecha a su presa.
El relojero saca su reloj de bolsillo, abre la tapa, lo mira.
—Son las seis y diez. Emilio, creo que lo más prudente sería que nos pusiéramos en marcha para llegar antes que esos facinerosos y estudiar el terreno con calma —indica, a la vez que se pone en pie y estira su espalda—. Las prisas no son buenas en estas contiendas. No se ganó Toledo en un credo.
— Efectiviwonder —confirma mi padre.
—Tienes razón, viejo amigo. Al paso que tú caminas llegaremos justos de tiempo —le suelta el librero.
—¡Vete a freír espárragos! —contesta el relojero.
A mí se me escapa una sonrisa.
Nos estamos jugando el futuro de la humanidad y, aun así, sonrío gracias a estos dos individuos. Están tranquilos porque no saben lo que nos jugamos. Para ellos no es más que otro trapicheo, como tantos de los cientos que habrán podido hacer a lo largo de sus carreras.
En cuanto van a salir por la puerta del bar, esta se abre y aparece Lucía. Los mira con una sonrisa mientras les aguanta la puerta para que pasen. Ambos la saludan antes de desaparecer camino de la basílica.
Lucía se acerca a mi tía y le da un beso.
Me mira y sonríe.
No quiero perder mi don ahora que ella lo conoce.
—¿Qué tienes pensado hacer? —pregunta mi padre.
Está preocupado. Sus ojos no lo pueden disimular.
—Todavía no lo sé —le respondo justo antes de que Lucía se siente junto a nosotros.