Capítulo 69
Tienda de Quim
Ya hace una hora que aterrizamos en el helipuerto de la torre Mapfre sin ningún contratiempo.
Después de acabar el paseo por la meseta de Guiza, nos despedimos del bueno de Kamal y emprendimos el viaje de vuelta.
Lucía le prometió que volveríamos a vernos y que pasaríamos un par de noches en el campamento de su hermano.
Ahora estoy en mi cripta secreta, con las dos mitades del Velo de Cronos encima de la mesa, decidiendo qué hacer con este poderoso objeto.
He hablado con mi padre y me ha dicho que tanto él como el dúo Sacapuntas siguen estando bien. Estuvieron algo nerviosos tras los acontecimientos en las oficinas, pero nada que no puedan sobrellevar como buenos profesionales que han sido. Y que son.
También me ha confirmado la hora y el punto de reunión al que debemos asistir con el velo para entregárselo a los ladrones de mentes: Santa María del Mar, tras el altar mayor, a las siete de la tarde en punto.
Ha remarcado varias veces que nuestras vidas dependen de que ellos salgan de allí con el objeto en su poder.
Lucía se ha marchado a casa a darse una ducha y a cambiarse de ropa.
La verdad es que está llevando muy bien ese pequeño detalle de viajar en el tiempo.
Está preocupada por lo que puede pasar y, a la vez, muy ilusionada con visitar mogollón de lugares que ha ido enumerando, uno por uno, así como sus motivos, durante todo el trayecto de vuelta.
Yo no le he contado nada sobre lo que he averiguado del velo. Ni de su procedencia ni del hombre con el que hablé una docena de milenios atrás en el tiempo.
¿Qué le podía haber contado? Solo divagaciones casi sin sentido, que es lo único que tengo hasta ahora.
Porque el tipo no soltó prenda.
Me podía haber revelado los secretos del universo, pero se calló como si le fuera la vida en ello. Lo que sí que tengo claro es que lo averiguaré tarde o temprano, porque, después de mucho darle vueltas, todo me lleva a pensar que ese hombre era lo que los antiguos sumerios llamaron Apkallu.
Los Apkallu, según fábulas sumerias, fueron siete sabios enviados por los dioses que se repartieron por el mundo para enseñar a la humanidad artes como la agricultura, la escritura, la cerámica, la astronomía y la arquitectura.
Después de hablar con él, esta teoría cobra más sentido.
Quizá no se encargaron de enseñar cosas nuevas a los hombres de la época, sino que quisieron evitar que cayeran en el olvido.
Recuerdo sus palabras de nuevo: «Estos lugares no son más que señales, marcas inamovibles en un mundo destinado a cambiar sin cesar a través de los milenios.
Si deseamos que algo sea encontrado debemos preservarlo dentro de una obra tan majestuosa y eterna que ninguna tormenta de las que están por llegar, por furiosa que sea, ni la marea del tiempo mismo, pueda borrarla de la existencia».
He leído que hay pruebas científicas de que hubo una enorme catástrofe al final de la era glacial que, entre otras desgracias, desató un diluvio universal de proporciones épicas y una subida del mar de varias decenas de metros que pudo eliminar cualquier rastro de casi todas las civilizaciones que hubiera en aquella época.
No hay que olvidar que los pueblos y ciudades se levantaban cerca del agua, ya fueran ríos, lagos o mares.
Y una subida del nivel de las aguas como la que parece ser que hubo, los pudo dejar a todos sumergidos en cuestión de días.
Ahora, en la seguridad de mi cripta, solo quiero concentrarme para decidir qué hacer con esta reliquia tan antigua y extraña que tengo ante mí y que Lucía no ha sabido reconocer, por mucho que la ha estudiado estas últimas horas.
Lo único que me ha dicho es que le recuerda a la máquina de Anticitera. Pero yo sé que no tienen nada que ver. Este artefacto es muchísimo más poderoso y antiguo.
Es un objeto circular, de veinticinco centímetros de diámetro por cuatro de grosor.
Está fabricado en metal de un color verdoso.
Es frío al tacto y tiene toda la superficie plagada de símbolos extraños.
Algunos me parecen sumerios, otros, egipcios.
El objeto está dividido en dos partes simétricas cuyos engranajes parecen encajar a la perfección.
—«El Velo de Cronos, tejido con los hilos del tiempo, confiere el dominio de las eras. Su poder eterno aguarda, dormido, hasta que sus mitades se unan» —recito en voz alta sin darme cuenta, recordando los textos que hallé en la cripta situada en la gruta, bajo El Escorial.
Es obvio que no puede caer en manos de los ladrones de mentes porque únicamente lo van a usar para su beneficio. No solo me quitarán mi poder, que ya es jodido, sino que se harán los amos del mundo y pondrán a toda la humanidad a sus pies.
Tampoco quiero destruirlo y perder este don que tengo.
Mucho me temo que tendré que dejar de lado mi vena más humana y hacer lo que me aconsejó mi padre: acabar con todos los ladrones de mentes que no dejan de jodernos.
Quitarles la vida. No veo otra opción. Este objeto no puede ser suyo.
No quiero ni pensar en las muertes que pueden causar, sin remordimiento alguno, si llegan a obtener mi don.
Ya lo han hecho .
He visto en decenas de ocasiones cómo poseen a gente inocente y los arrojan a batallas imposibles, sin importarles un bledo lo que pase con los cuerpos poseídos.
Los he visto acabar con centenares de vidas inocentes.
Mi móvil suena.
Es un mensaje de Lucía.
Me espera en el bar de mi tía en cinco minutos.