El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 67
88%

Capítulo 67

Esfinge de Guiza

La luz intensa que me ha envuelto durante un breve momento comienza a desaparecer. No tengo muy claro qué ha pasado. En cuanto he escuchado la voz de ese hombre, todo a mi alrededor ha comenzado a dar vueltas. Ya no veo la luz. Ni siento el calor. Abro los ojos con notable esfuerzo.

Veo que a mi lado está Lucía.

Mierda, he saltado en el tiempo.

Ese tipo me ha hecho saltar al futuro.

Ella se frota los ojos con fuerza.

Creo que estoy en el momento exacto en el que la he dejado para saltar al pasado más lejano. No tengo ni idea de cómo sabía que mi idea era volver a este instante, pero ha acertado. El poder de ese hombre está fuera de toda duda.

Me cago en la mar salada, tengo el corazón a mil.

Me ha echado de allí y me han quedado un montonazo de preguntas por responder. Ojalá pueda volver a verlo.

Lucía se sigue frotando los ojos para intentar despertar de este instante de atontamiento que sigue a un salto al pasado. Sobre todo, al primero del día. Yo también lo sentía antes, pero con el tiempo uno se acostumbra, como a todo lo bueno y malo que la vida coloque en tu camino .

—¿En qué año estamos? —quiere saber Lucía, que no tiene ni idea de que me he ido de paseo a unos milenios atrás, que he estado a punto de morir dos veces y que he conocido al hombre más fascinante de la historia.

Me concentro para no cagarla.

Vamos Quim, enfócate que ahora te toca hacer teatro.

—He decidido tirar por el camino fácil y he vuelto al 20 de marzo de este mismo año —le miento a medias.

—Por el mismo precio podríamos haber viajado hasta el principio de los tiempos y comprobar si el geólogo ese tiene razón y la Esfinge es más antigua de lo que dicen —protesta con los ojos todavía medio cerrados.

—Lo es —le confirmo—. Te lo puedo asegurar.

Lucía se queda con la boca abierta sin poder decir nada.

Mierda, se me ha escapado.

—Cuando tengamos tiempo, si quieres, volvemos y te lo muestro —le digo para que se quede más contenta.

—Quim, si algo tienes tú es tiempo.

No le falta razón.

Ella me mira algo decepcionada.

De repente, sus ojos se abren como pelotas de golf.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —me pregunta casi gritando—. ¿Y en los brazos? Estás arañado por todas partes.

Vaya, no contaba con esto.

Me toco la cara como si no supiera nada.

—Parece que te has peleado con varios gatos rabiosos.

—No lo sé —le miento a ver si cuela—. Me debo haber raspado con la piedra en el salto. A veces me ha pasado. Depende de donde caigas…

Esto último sí es verdad.

Las primeras luces del día asoman por el este, rebasando un horizonte nublado, cargado de polvo en suspensión que le da a la zona un tono rojizo más digno del planeta Marte que de una ciudad terrestre .

Nos levantamos y salimos de detrás de la estela del Sueño, con cuidado de no llamar la atención. La poca gente que hay por la zona está en el mirador del lateral de la Esfinge. Desde allí casi no nos pueden ver. Además, están muy pendientes del sol que nace.

En cuanto nos volvemos y miramos hacia la cabeza esculpida del faraón, lugar en el que debían estar las fauces de la bestia original, los rayos del sol llegan hasta ella.

—No encuentro la marca —le digo a Lucía. Aunque en realidad ya sé dónde debo buscar, porque la he visto antes, recién tallada en la roca.

—Ven, vayamos debajo de la cabeza, junto a la panza.

—¿Por qué? —le pregunto. Me dejo llevar.

—El texto decía que el elegido será acogido en su seno.

Qué lista es.

Nada más llegar a la base de la enorme escultura y justo cuando el sol ilumina su falso rostro, aparto con disimulo la arena que hay sobre el símbolo que vi. Al instante, un brillo inusual se refleja en el suelo.

Dejo que ella sea la descubridora.

—¡Mira! —exclama Lucía.

Me acerco y acabo de limpiar la zona con la mano.

El destello proviene de un minúsculo cristal que se halla en el centro del relieve de un milenario ojo, cuya forma ya ha desaparecido casi por completo. En su interior todavía se puede distinguir, si sabes lo que es, un círculo con otro dentro y un punto en el centro.

Coloco el dedo sobre él y presiono.

Esta vez sí siento el pinchazo.

Imagino mi sangre saliendo de la yema del dedo y penetrando en la antigua roca para alimentar a un sensor que no debería estar aquí. Seguro que aquel hombre ya había visto este momento. No sé ni cómo se llamaba. Otra pregunta más para hacerle en cuanto vuelva a verlo .

Al cabo de unos segundos eternos, la piedra que hay bajo nuestros pies tiembla a la vez que emite un ruido sordo.

Nos alejamos un paso. La roca se eleva, poco a poco, hasta quedar en posición vertical.

En cuanto se detiene, una nube de polvo envuelve el lugar.

Un momento después de disiparse, deja a la vista un hueco de unos dos palmos de lado.

Lucía me mira, sorprendida.

Se gira, disimulando, atenta a que nadie nos vea. Se queda de pie para hacer barrera y ocultar lo que estoy haciendo.

Meto la mano en la cavidad y noto el tacto de algo blando. Agarro el objeto, que pesa igual que el otro hallado en Göbekli, y lo saco a la luz del sol. Este también está envuelto en una tela.

Empujo la tapa de piedra hacia abajo hasta que un ruido indica que se ha cerrado de nuevo. Echo tierra por encima para disimular el escondrijo. Cuando Lucía intuye que ya he acabado, se agacha. Nos volvemos a sentar con la espalda pegada a la estela del Sueño, de cara a la Esfinge.

Lucía me agarra de la mano.

Miro a izquierda y derecha y me aseguro de que no haya nadie observándonos. Espero que la salida del sol atraiga la atención de los pocos que hay por aquí.

Escondo la segunda mitad del velo en mi mochila y también agarro con fuerza sus manos. Me hace una señal con la cabeza que entiendo a la perfección.

Está preparada.

Para que Kamal no se percate de nada, tenemos que volver a un instante después de que nos fuéramos. Eso es, si no recuerdo mal, a las seis y cuarenta y cuatro de la mañana.

Respiro. Me concentro en el tiempo de llegada hasta que la oscuridad nos envuelve de nuevo entre sus brazos.