El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 66
87%

Capítulo 66

Meseta de Guiza

Al atardecer

Mi mente está vacía. No encuentro las palabras adecuadas que puedan expresar lo que estoy viviendo.

He visto muchas cosas extrañas durante mis viajes, pero todas ellas, sin excepción, estaban dentro de una normalidad relativa que yo era capaz de llegar a entender.

Esto no. Esta situación anómala e irreal está a otro nivel. Uno muy superior a mi comprensión.

—Supongo que tendrás muchas preguntas —me dice el hombre, hablando en mi idioma con un acento neutro.

Pasados unos segundos, que bien han podido ser minutos, mis palabras encuentran el camino para salir de mi boca.

—No sé ni por dónde empezar —balbuceo casi sin sentido.

El hombre se gira y observa el paisaje.

Creo que se ha percatado de que cuando me mira soy incapaz de mover los labios. Ahora su vista está clavada en la montaña de roca que va cogiendo forma de león.

—¿Has visto esta obra finalizada? —me pregunta.

Yo asiento.

Él espera, paciente, a que yo hable.

—¿Quién eres? —quiero saber, entre otras muchas cosas.

—Digamos que soy tu amigo —me responde sin más.

Está bien, nada de nombres entonces.

Espero un poco antes de hacerle otra pregunta .

—¿Cómo sabes hablar un idioma que todavía no existe?

—¿Cómo sabes tú hablar un idioma que ya no existe?

—Porque tengo acceso a él y puedo aprenderlo.

—Ahí tienes tu respuesta.

Creo que este tipo va a estar todo el rato con evasivas.

—Eso quiere decir que puedes viajar en el futuro.

—Para mí, visitar otros tiempos, es como para ti cruzar un sendero. Solo debo proponérmelo.

—¿De dónde vienes?

—Del mismo lugar del que venimos todos.

Y se queda tan ancho.

—¿De dónde venimos? —toma ya pregunta buena y complicada allá donde las haya. Saber la respuesta me puede dar una idea sobre el propósito de la vida, la eterna búsqueda de identidad y la conexión con el cosmos o con lo divino.

Me mira y sonríe. No dice ni pío.

La madre que lo parió.

Creo que no me va a aclarar demasiadas dudas.

—¿Por qué puedo viajar al pasado?

—Porque eres sangre de mi sangre —me suelta.

Vaya, eso no me lo esperaba.

Me he quedado mudo. Mi cabeza vuela entre mil cuestiones y no sé por cuál decidirme.

—¿Somos parientes? —le pregunto al fin.

—Muy lejanos.

—¿Hay más como yo? —le pregunto.

—Mis hijos serán como tú.

—¿Tienen tu poder?

Él niega sin articular palabra.

—No pueden jugar con el tiempo a su merced. Pero sí pueden ir a tiempos pasados. Como tú.

—¿Por qué no son como tú? —quiero saber.

—Porque son mestizos —contesta al fin.

Veo melancolía en esos ojos tan especiales .

—La madre de tus hijos no tiene tu poder —le digo.

—Las madres no tienen ningún control sobre el tiempo.

Por eso dice que son mestizos. Él tiene todo el poder, pero sus parejas no. Debe de ser por eso que sus hijos tienen el don a medias. Como yo, vamos, que solo puedo viajar al pasado.

—¿Tienes familia? —no creo que haya nacido del barro.

Él asiente.

—Quieres saber más de lo que debes.

Strike uno, me queda claro.

Me sonríe y algo me dice que lo hace para que me sienta a gusto. Parece que todo se ilumina a su alrededor. Por descontado que este hombre es el rey del lugar. Un dios en toda regla, capaz de manejar al resto de hombres y mujeres a su entera voluntad.

Solo espero que sea para bien.

—¿Eres humano? —le suelto sin pensar.

Me mira y sonríe de nuevo.

—Todos somos fruto de la misma semilla.

Y se vuelve a quedar tan ancho.

Si este tío quisiera hablar podría responder, de manera incuestionable, a las preguntas básicas que todo ser humano se hace alguna vez en su vida.

—¿Qué haces en esta época? No eres para nada un cazador recolector como los que dicen los libros de historia que debería haber en esta región, en este tiempo.

Me mira fijamente. Creo que está sopesando su respuesta.

—Estoy aquí para ayudaros —dice al cabo de unos segundos que se me han hecho eternos. Aun así, no he podido apartar la mirada de sus ojos.

—¿A qué nos vas a ayudar?

—A impedir que el pasado se olvide.

—¿A qué pasado te refieres?

—Al que habéis olvidado .

Me quedo pensando en esa respuesta, pero no acabo de entenderla. La verdad es que me hago un poco de lío con las paradojas temporales, y creo que aquí tenemos una.

—Si lo hemos olvidado es porque lo que has hecho no ha salido bien, ¿no? —le pregunto sin querer contrariarlo.

—El pasado todavía no ha sido desvelado en tu presente. Saldrá a la luz cuando sea comprendido.

Y punto.

De ahí debo sacar yo una explicación lógica. Si es que así no hay quién se entere, cojones.

Se acerca un poco más y me mira fijamente.

—Os estamos enseñando a construir grandes obras, imperecederas como el horizonte mismo. Esta que ahora contemplas es solo una entre muchas, diseñadas no solo para resistir el paso de los tiempos, sino para ser guardianas de aquello que no debe caer en el olvido.

Su tono de voz es pausado pero poderoso.

Yo permanezco callado y sin entender nada.

Él sonríe de nuevo sin dejar de mirarme.

—Estos lugares no son más que señales, marcas inamovibles en un mundo destinado a cambiar sin cesar a través de los milenios.

Si deseamos que algo sea encontrado en el futuro distante, no basta con enterrarlo en una simple colina o esconderlo bajo la sombra de un árbol —murmura, a la vez que comienza a caminar por la zona, con las manos entrelazadas a su espalda.

Al fondo, el sol inicia su lento descenso y la brisa de la zona se vuelve algo más fresca—.

Debemos preservarlo dentro de una obra tan majestuosa y eterna que ninguna tormenta de las que están por llegar, por furiosa que sea, ni la marea del tiempo mismo, pueda borrarla de la existencia.

Creo comprender por primera vez a qué se refiere. Aunque no las tengo todas conmigo.

—Construyes una obra majestuosa y escondes algo en su interior para que perviva al paso del tiempo, pase lo que pase .

Él asiente con la cabeza.

—Entonces tú eres el que esconderá el Velo de Cronos en ese lugar de ahí —le digo señalando hacia la marca, todavía visible, que he encontrado entre las patas del león.

Asiente de nuevo, sin dejar de mirarme.

—El paso del tiempo transformará su nombre, distorsionará su historia y confundirá el fin para el que fue concebido. Pero eso no importa. Mientras permanezca al amparo de una obra como esta, sobrevivirá hasta que un elegido lo halle en el momento oportuno.

—Es como la X en un mapa pirata, pero a lo bestia.

Él me mira sin decir nada.

Creo que este hombre está de vuelta de todo.

Caminamos por la zona donde estará la estela del Sueño.

—Necesito saber qué función tendrá ese objeto que ocultarás aquí —le suelto sin pensarlo. No voy a ir con rodeos con este hombre porque no vale la pena. Si me dijeran que puede leerme la mente me lo creería.

—Ese objeto es uno de los siete primordiales que no se deben olvidar. Es una fuente de poder que otorga a su dueño el don de navegar por el tiempo.

—Es el don que yo tengo —le digo.

—Es más que eso. Es la fuente principal de mi poder y del tuyo. Me fue confiado hace ya mucho tiempo y debe permanecer a buen recaudo, al igual que el resto de los elementos primordiales.

Ese es otro tema que me apunto para preguntarle antes de que nos despidamos. ¿Quién se lo entregó? ¿Cuáles son esos elementos de los que habla?

No sé por qué me vienen a la memoria las gemas del universo de los Vengadores. Se me pone la piel de gallina.

—¿Por qué está dividido en dos?

Él sonríe .

—Porque así es su naturaleza. Yo los uní para absorber su poder. Una vez el poder estuvo en mi interior, el objeto se dividió de nuevo.

—¿Qué pasa si alguien lo vuelve a unir?

—Mi poder, y el tuyo, pasarían a ser del que los una y nosotros perderemos nuestra singularidad.

—¿Y si lo uno yo?

—Si lo haces, teniendo ya el poder, destruirás el objeto.

—¿Qué pasa si se destruye?

—Su esencia desaparecerá con él.

Ahora lo entiendo todo.

Por eso mismo mis enemigos lo quieren, porque saben, no sé cómo, que unir esas dos mitades les concederá el poder que ahora tengo.

—Creo que nuestro don está en peligro —le aviso.

Él me mira, pero no dice nada.

Diría que no me entiende. Supongo que no tiene ni idea de que su línea de descendientes mutará en dos caminos distintos que nos volverán enemigos de por vida.

Pensándolo mejor, seguro que lo sabe, porque él es el dueño del tiempo, presente, pasado y futuro.

Sonríe de nuevo.

Algo me dice que me lee el pensamiento.

—¿Por qué no lo guardas tú, en lugar de esconderlo?

—He de partir de viaje y debo dejarlo aquí.

—¿Adónde te vas?

No contesta, solo sonríe.

Él se acerca y me toca en el hombro. Siento el calor de su mano a través de la tela de mi ropa. Un calor que aumenta por segundos.

—Lo que deba suceder, sucederá —me susurra, tranquilo.

—Intentaré evitar que caiga en malas manos —le digo.

No pierde esa sonrisa sincera a pesar de que estemos hablando de la mayor desgracia del planeta. Aunque quizá, para él, es otra nimiedad más de las muchas que ya ha vivido. Incluso es muy posible que no sea la más nefasta de todas.

Su mirada es tierna, casi paternal.

En cierto modo es como un abuelo lejano, según ha dicho. Aunque, sin duda, es mucho más poderoso de lo que era mi yayo Jordi y más de lo que yo seré jamás.

Coloca su otra mano en mi otro hombro.

Cierra los ojos.

Noto un calor intenso que sale de sus palmas y penetra en mi cuerpo, llenándome de una energía que no había sentido jamás. Sin decir nada, abre los ojos, ahora más brillantes y azules que nunca, al mismo tiempo que escucho su voz en el interior de mi cabeza.

—Buen viaje, Quim. Y buena suerte.