Capítulo 65
Pasado el mediodía
Al sentir que he llegado al destino, mi corazón se pone a trotar a mil por hora.
Necesito un poco de calma antes de ponerme en marcha.
Abro los ojos y observo dónde estoy. Respiro aliviado.
No estoy enterrado en las arenas del desierto ni flotando en un río repleto de reptiles hambrientos.
Estoy estirado en un prado de hierba verde y todo lo que me rodea es increíblemente frondoso, tan espeso que apenas puedo ver más allá de unos pocos metros.
A mi cabeza llega uno de esos pensamientos catastróficos que a veces me salvan la vida y otras, simplemente, me la complican.
Este lugar debe de estar plagado de leones, pumas, panteras, serpientes y cualquier otro animal dispuesto a devorar la poca carne que tengo y no dejar ni los huesillos.
El río ha desaparecido y no queda ni rastro de su cauce.
No tengo ni idea de cuándo estoy, solo sé que me hallo en lo que será la bulliciosa ciudad de El Cairo dentro de, por lo que veo, muchos miles de años.
Ojalá tuviera un calendario que me marcara la fecha exacta en la que me encuentro, así no me sentiría tan perdido. Ni tan fuera de lugar.
Errante, como un taxi por el desierto .
Debo remontar todo el terreno que fui arrastrado por la corriente para llegar hasta donde sé que estaba la Esfinge y empezar mi búsqueda desde ahí. Debo ir hacia el sur.
Tras más de media hora caminando entre árboles, arbustos, plantas y todo tipo de enormes raíces que sobresalen del suelo, llego hasta una zona en la que parece haber un claro.
Por fin noto los rayos de sol en mi cabeza.
Las enormes y frondosas copas de los árboles, con más ramas y hojas de las que he visto nunca, llevaban rato sin dejarme disfrutar de su calor.
Parece mentira que esto vaya a ser un desierto en el futuro.
Escucho voces y golpes rítmicos.
No es un claro artificial. La ausencia de árboles se debe a que hay una montaña de roca maciza en medio del bosque.
Veo que está siendo trabajada por un centenar de hombres. Me fijo bien en ellos y compruebo, con asombro, que visten casi de la misma forma que la gente de la antigua ciudad que visité con Lucía, junto al yacimiento de Göbekli Tepe.
Me escondo tras uno de los enormes troncos y observo cómo le dan forma a la roca. Todavía no se puede adivinar qué están cincelando, pero viendo las enormes patas delanteras, entre las que he estado no hace mucho, no me cabe la menor duda de que esta enorme mole será la futura Esfinge.
— Šu ba-ti —dice alguien a mi espalda.
Me giro, sobresaltado por el susto, y observo al hombre que me acaba de dar la bienvenida. Es alto, muy moreno de piel. Tiene la barba negra y poblada, a juego con una melena larga y lisa, que cae sobre su pecho.
No respondo nada.
La sorpresa me ha dejado sin palabras.
El hombre señala la sangre que corre por mis brazos y mi cara, debida a los arañazos con los juncos del río.
—Estoy bien —le digo en su mismo idioma, que no es otro que un dialecto del sumerio muy parecido al que se hablaba también en Göbekli. Es innegable que estos dos lugares están conectados.
— Šu-me-en za-e e-da-ab-du —me dice sin más el hombre, agachando la cabeza en señal de saludo.
Mi boca no se abre.
No lo he entendido todo, pero sí lo justo como para saber que me estaban esperando.
No sé qué decir.
—¿En qué época estamos? —es la única pregunta que me sale. Ha sido sin querer, pero nada más hacerla me doy cuenta de la estupidez que he hecho.
Este pueblo no debe de tener un calendario como el mío, así que mucho me temo que me quedaré con la idea de que estoy a muchos miles de años de mi tiempo. Ni siquiera yo sabría decirles cuándo nos encontramos porque no tengo ni pajolera idea de en qué año estoy.
Además, ¿quién podría ser tan tonto de interferir con antiguas tribus con estos datos que pueden alterar su concepción del tiempo?
La respuesta llega con la imagen de mi padre paseándose por el pasado con objetos que no debe. O yo mismo diciendo cosas que se me escapan sin querer y que podrían haber cambiado mi presente conocido decenas de veces.
Está claro que para no cambiar el pasado lo mejor es no moverse del presente.
Ya me lo dijo una y otra vez mi amigo Stephen.
Qué razón tenía cuando me explicaba que, aunque no quisiera, cada vez que pisara el pasado la iba a cagar sin poder hacer nada.
Cómo echo de menos aquella voz metálica que desprendía ironía en todas sus frases.
Cuatro hombres aparecen a su espalda. Visten de la misma manera. Podrían ser hermanos.
— Mu-e-da —me dice el mismo que me ha saludado antes con un gesto de su mano. Quiere que le siga. Señala hacia la montaña de roca que está siendo cincelada. Encantado .
Cuando estoy cerca, me percato de que muchas partes ya están casi acabadas, sobre todo las partes bajas.
Las patas, la base y toda la zona trasera tienen una forma muy parecida a la que yo conozco, aunque mucho más pulida, lisa y perfecta, claro está.
El paso de los años todavía no ha hecho mella en la gran escultura.
Me acerco a la parte delantera y me coloco justo donde dice el texto que debería estar con las primeras luces para que el león me acoja en su seno. No creo que sirva de mucho, porque hoy no será el día del equinoccio deseado, pero bueno.
Ellos me miran y se mantienen callados.
—En este lugar hay algo que es de mi familia —les digo en su idioma como buenamente puedo.
Creo que me entienden.
El que parece llevar la voz cantante, que es el único que ha hablado conmigo, se acerca a mi lado.
Se agacha entre las patas del futuro felino y limpia con su mano una zona en concreto.
En cuanto el polvo que ha levantado se asienta, puedo ver el dibujo de un ojo grabado en relieve sobre el suelo.
Parece el ojo de Horus, pero difiere en algunos trazos.
Lo toco con cuidado. Está cincelado sobre una roca igual de dura que el resto de la montaña.
Lo limpio mejor.
Me chupo un dedo y lo paso por encima del relieve.
Al fijarme bien, veo el símbolo que ya he visto antes.
Un punto dentro de un círculo, que está dentro de otra circunferencia más grande.
Ahí está.
Presiono con el dedo sobre el punto, pero no sucede nada.
No hay pinchazo ni sangre ni compuerta que se abra.
El hombre de los pelos largos me mira curioso.
No entiende nada. Yo tampoco.
¿Quiénes son estos tipos?
¿Qué hacen aquí ?
¿Por qué construyen la Esfinge?
¿Por qué no se abre ninguna compuerta?
Por descontado, sé que este pueblo, así como el que vimos ayer, es demasiado avanzado para estar en un tiempo en el que lo más normal es cazar, comer, procrear, dormir y levantarse para seguir en una ruta constante tras la estela de los animales que te alimentan.
Esta gente tiene una estructura social mucho más compleja.
Están asentados como pueblo y conviven de forma civilizada.
Parecen bien alimentados, aseados y con buena salud.
Sin duda, deben de conocer la agricultura para poder permanecer anclados a un lugar durante todo el año.
Hay ancianos que sobrepasan con creces la esperanza media de vida de cualquier persona de esta época.
Incluso la de algunos países de mi presente.
Aun así, hay algo que no me cuadra.
Cuando los miro a los ojos no veo a hombres capaces de grandes cosas. Veo miedo, quizá son destellos de desconfianza. Me recuerda a la mirada que tenían mis sobrinos cuando se quedaban embobados observando a los Reyes Magos los días de cabalgata.
De repente, tanto el Jesucristo Superstar que tengo delante como los cuatro representantes que lo acompañan en esta extraña obra enmudecen, a la vez que abren los ojos más de lo normal.
Como un grupo bien coordinado que ha acabado su función, se ponen firmes, agachan la cabeza hasta casi tocarse el pecho con la barbilla y permanecen así durante unos segundos.
Intuyo que alguien importante acaba de llegar.
Me giro despacio, nervioso, y veo a la persona a la que han dirigido sus respetuosos saludos.
El mundo se detiene.
Me quedo de piedra, literalmente.
No puedo mover un solo músculo de mi cuerpo .
Intento decir algo, pero soy incapaz.
El hombre que acaba de aparecer se me acerca despacio sin dejar de mirarme.
Es enorme. Debe de medir dos metros o un poco más, diría yo.
Cuando está a poca distancia se detiene.
Sus hombros deben de ser el triple de anchos que los míos.
Me sonríe, mostrando una dentadura perfecta, blanca, radiante.
Menos mal, porque este tipo enfadado debe de dar mucho miedo.
Aun así, no lo tengo. Solo estoy impresionado.
Su piel es morena. No tiene ni una sola arruga.
Sus rasgos son suaves pero duros a la vez.
Imposible de explicar con palabras. Su mirada se clava en la mía.
Sus ojos son del azul más claro e intenso que he visto jamás.
Su pelo, negro como la noche, cae en tirabuzones hasta sus hombros.
La barba también es larga y espesa pero cuidada.
Viste de blanco, como los otros hombres que he visto, aunque su túnica es algo distinta.
Es, desde luego, el hombre más bello que he visto en mi vida. Y no me refiero a esa belleza exterior que se aprecia con la vista.
No sé cómo explicarlo.
Es, simplemente, perfecto.
Sin conocerlo de nada, siento que le puedo contar todos mis problemas y secretos, que sé que me va a ayudar de buena fe, sin pedir nada a cambio. A pesar de su aspecto, que podría ser intimidante, emana bondad por cada poro de su bronceada piel.
Se acerca un poco más.
Ahora me parece un gigante.
Hace un saludo bajando un poco su cabeza y me mira.
—Hola, Quim. Me alegro por fin de conocerte.