Capítulo 64
Meseta de Guiza
Al mediodía
Nada más llegar al destino mi boca se abre como la de una anaconda gigante dispuesta a tragarse un ciervo.
Doy una bocanada como jamás antes lo había hecho.
El ansiado oxígeno entra en mis pulmones y me revive al instante.
En cuanto mi cuerpo lo permite, realizo otra inhalación más, guiado por el primitivo instinto de supervivencia que todo ser vivo posee.
En esta segunda respiración, el preciado aire viene acompañado de un trago de líquido que penetra en mi garganta y se lleva toda la arena que había en ella.
En cuanto puedo abrir los ojos siento que estoy flotando en un río a merced de una corriente bastante fuerte.
Miro hacia todos los lados, pero no veo nada donde agarrarme.
Nado con todas mis fuerzas, mientras respiro con más intensidad.
Un vómito repentino me sorprende en pleno acto de supervivencia.
Intento flotar boca arriba a la vez que vomito hacia un lado el líquido que he tragado, acompañado de la arena que me he comido y que me raspa de nuevo al salir.
Esto me va a doler durante días.
Creo que esta vez me he pasado en el salto porque no hay resto alguno de la Esfinge.
La corriente me arrastra hacia una de las orillas repletas de juncos y enormes plantas que me arañan la cara y los brazos.
Me agarro a ellas como puedo hasta que consigo quedarme varado, respirando para vivir, recuperándome de uno de los mayores miedos de un viajero del tiempo: quedarse atrapado en un lugar y morir sin que nadie se entere.
Cómo me alegro de no haber traído a Lucía. No me hubiera perdonado jamás que hubiera muerto enterrada o ahogada.
Desde donde estoy, agarrado con fuerza a los tallos para que la corriente no me arrastre, compruebo que el agua no está fría y es dulce.
Casi buena para beber, diría yo. El cielo es de un azul intenso, salpicado de unas pocas nubes.
Las aguas del río corren rápidas, dibujando surcos de espuma que se desvanecen.
Algunos de ellos parecen moverse a contracorriente, serpenteando, directos hacia mí.
¡Mierda!
Empiezo a dar saltos hacia atrás, subiéndome por encima de los juncos que se doblan y me sirven de colchón. Me alejo del agua lo más rápido que puedo hasta que toco suelo. Veo cómo varios cocodrilos se acercan hasta el lugar donde yo estaba hace un momento. Me observan desde la distancia.
Miro a mi espalda y veo otro muro de juncos que me impide salir del agua. No tengo escapatoria.
La madre que me trajo.
Hoy no está siendo un buen día.
Los cocodrilos se acercan, sigilosos.
Cierro los ojos y me evado de las enormes mandíbulas que nadan hasta mis carnes.
Respiro en profundidad.
Me concentro en saltar hacia adelante, a ver si acierto con el siglo por lo menos.
Por fin llega el silencio y la ansiada oscuridad que me llevará hasta otros tiempos más seguros. Eso o es que me han devorado y ya estoy muerto.
No lo tengo claro.