El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 61
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Capítulo 61

Esfinge de Guiza

En cuanto los primeros rayos de sol aparecen por el horizonte, nosotros ya estamos caminando entre las patas delanteras de la Esfinge.

No me preguntéis cómo, pero Kamal nos ha logrado colar en el recinto mucho antes de que abran al público.

Y, no solo eso, sino que, además, estamos paseando por una zona que normalmente no pueden pisar los turistas.

Es un lugar que está reservado a profesionales con permisos especiales, de esos que tardan semanas en concederse.

Este guía es una pasada.

Lucía protestó un poco por el hecho de tener que levantarnos a las cinco de la mañana, pero ahora está como una niña con zapatos nuevos.

Lo está manoseando absolutamente todo.

—Estas son las marcas de las que habla Schoch, un geólogo que observó extraños patrones de erosión tanto en la Esfinge como en su recinto —le digo a Kamal, seguro de que sabe de lo que hablo—.

Afirma que hay altas probabilidades de que fueran causadas por las lluvias intensas de final del Neolítico, mucho antes de la datación convencional.

Kamal guarda silencio mientras pasea sus manos por las piedras que forman la base de la Esfinge .

—Había leído sobre sus ideas —indica Lucía sin dejar de admirar la soledad y magnificencia del lugar—. Han generado mucha controversia en la comunidad arqueológica, ya que desafían la cronología establecida por los egiptólogos.

—Muchos de mis colegas atribuyen la erosión a factores como la arena y el viento —informa Kamal, pensativo—, pero yo opino que estas fuerzas no pueden explicar completamente los patrones de desgaste que podemos ver aquí.

—Y tu Gobierno no deja hacer demasiadas pruebas al respecto —le digo al guía—. Bueno, ni el tuyo ni el mío ni ningún otro si esas pruebas pueden ir en contra de sus intereses.

Kamal asiente sin decir nada.

—Lo mismo pasa con la gran pirámide —añade mirando hacia ella, que se levanta imponente a unos pocos metros, ajena al paso del tiempo—. Hay tantas respuestas que se podrían responder si nos dejaran estudiarla a fondo, que a veces me pongo enfermo solo de pensarlo.

Lucía observa la estela de roca con jeroglíficos que hay entre las patas de la Esfinge. Yo la miro, pero no entiendo nada de lo que pone. Nunca se me ha dado bien este tipo de escritura.

—Según nos narra la inscripción, Tutmosis IV, cuando aún era un príncipe, se quedó dormido bajo la sombra de la Esfinge durante una cacería en el desierto —comienza a explicar Kamal, con el tono propio de un narrador de cuentos de aventuras—.

En su sueño, la Esfinge le habló y le pidió que la liberara de la arena que la cubría casi por completo.

A cambio, ella le prometió que lo convertiría en faraón, aunque no fuera el heredero directo al trono.

—Y la desenterró del todo, por supuesto —indica Lucía con una sonrisa.

—Así fue —confirma Kamal—. Tras este sueño profético, Tutmosis IV ordenó desenterrar la Esfinge y limpiar el recinto que la rodeaba, cumpliendo así con lo solicitado por la deidad .

—¿Cuánto lleva aquí esta losa? —quiero saber.

El texto que encontré decía que el elegido será acogido en su seno cuando la primera luz ilumine sus fauces. Y quizá este pedazo de roca, colocada a posteriori, moleste para mis fines. Más que nada porque está en todo el medio.

—La estela del Sueño lleva aquí desde el 1400 antes de Cristo —indica Kamal.

—¿La orientación de esta maravillosa mole de piedra tiene algo de especial? —pregunta Lucía.

—¡Por supuesto! La Esfinge mira directamente hacia el punto por donde sale el sol durante los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración.

Lucía y yo paseamos por la zona que está bajo la cabeza de la Esfinge, entre sus patas, junto a la dichosa estela, buscando una marca como la que descubrimos en la piedra de Göbekli. Pero no la vemos. Quizá la erosión de los siglos ha hecho que desaparezca.

O tal vez estemos buscando en el lugar equivocado.

Lucía se arrima a mí, aprovechando que Kamal se aleja unos pasos para hablar con uno de los policías que patrulla por la zona.

—Debemos saltar al pasado, hasta el equinoccio de primavera, a ver si así encontramos la segunda mitad.

Yo asiento.

Tiene razón.

—Ven… —me dice a la vez que coge mi mano.

Pasamos al otro lado de la estela del Sueño y nos sentamos en el suelo como bien podemos. Apenas hay sitio para estirar las piernas, ya que entre la losa y la panza de la Esfinge no hay mucho espacio.

Lo que sí es cierto es que, desde aquí, no nos pueden ver ni Kamal ni el policía, que andan enfrascados en lo suyo.

Agarro a Lucía de las manos y la miro.

Ella sabe lo que voy a hacer .

Quiero ir al amanecer del pasado equinoccio de primavera, exactamente al día 20 de marzo a las seis de la mañana. Lo sé porque lo busqué por Internet ayer por la noche.

Coloco la mochila entre mis piernas. Apoyamos la espalda contra la estela del Sueño y nos quedamos mirando a la panza de la Esfinge durante unos segundos.

Esta sería una foto extraña para un par de turistas.

Intento concentrarme, pero me cuesta un poco.

Es bastante incómodo estar sentado en este lugar.

Hay decenas de guijarros que se me están clavando en demasiados sitios.

Y muy poco espacio para los dos.

Miro mi reloj.

Son las seis y cuarenta y tres con treinta segundos.

Respiro en profundidad varias veces hasta que la calma me envuelve, la luz viene a buscarnos y dejo de sentir cómo las piedras se hincan en mi trasero.