El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 60
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Capítulo 60

Librería de don Emilio

Barcelona

Félix cierra la puerta de su tienda, aburrido de que no haya entrado ni un alma en toda la tarde.

Ya no se acordaba de las horas muertas que pasaba detrás del mostrador sin hablar con nadie.

En realidad, él sabe que siempre hay tareas pendientes en un negocio como el suyo, como limpiar los mostradores, ordenar los objetos expuestos, cambiar alguna bombilla parpadeante y cosas así, pero hoy no tiene ganas de nada.

Su cabeza sigue dándole vueltas a un problema real y agobiante que supera con creces al de quitar el polvo de las repisas.

Deja un cartel colgado en la puerta que avisa de que volverá en quince minutos. Tras esto, se dirige hacia la librería de don Emilio, que le ha escrito un mensaje para decirle que tanto él como don Alfonso están poniéndose al día de lo que han podido averiguar.

Félix empuja la puerta de la librería y al instante lo envuelve el inconfundible aroma de los libros viejos.

Es un olor rancio con matices de papel envejecido, humedad y tinta desvanecida atrapada entre las páginas.

En la librería de don Emilio flota un aire a nostalgia, como si cada libro susurrara los ecos de las manos que lo han sostenido, de las historias que han sido leídas y olvidadas, esperando ser redescubiertas .

Los últimos rayos del atardecer se cuelan a través de los cristales, dibujando diagonales de luz que cruzan la estancia para acabar sobre el mostrador principal, como si hubieran sido dibujadas con un tiralíneas.

Las motas de polvo flotan en el aire, moviéndose a merced de la más mínima brisa que rompe la paz ambiental.

Detrás del mostrador, situado al fondo del local y perpendicular a la entrada, don Alfonso saluda con un movimiento leve de cabeza.

Don Emilio le sonríe desde el otro lado del mueble.

Junto a ellos se halla Octavi, el joven ayudante de don Alfonso, que se encarga de que su relojería siga funcionando cuando él no está.

Últimamente, su jefe ya solo se pasa por allí para reparar piezas muy especiales de clientes selectos.

—¿Qué tal estáis? —saluda Félix.

Octavi le da la mano, sonriente.

—Todavía no me creo que estés aquí.

Félix le da unos golpes en el hombro y se apoya en el mostrador, donde hay varias hojas desperdigadas.

—¿Novedades? —pregunta don Emilio. Va al grano.

Félix niega con la cabeza.

—Quim sigue buscando… —No miente, aunque no les dice que se encuentra en El Cairo. No se fía de que sus amigos sean poseídos y puedan arrancarles la verdad.

—Octavi ha estado indagando a fondo —anuncia don Alfonso, dando paso a su joven ayudante para que intervenga.

El joven Octavi se ha ganado la confianza de todos, incluida la de Quim. Félix apenas lo conoce porque andaba perdido en el pasado cuando el joven apareció en escena, pero, si es válido para sus amigos, también lo es para él.

Por supuesto.

Todos saben que es un genio en lo suyo.

Y lo suyo son los ordenadores. Podría estar trabajando para cualquier empresa tecnológica de Silicon Valley, pero él prefiere seguir en su ciudad, cerca de la familia.

Lo que le paga el relojero no es tanto como lo que cobraría siendo la mano derecha de Zuckerberg, ni mucho menos, pero para él es más que suficiente.

Y, lo más importante: le encanta su trabajo.

Cada día que pasa averigua más sobre ese par de vejestorios y su sorpresa aumenta por todo lo que han logrado en sus vidas.

—Como ya sabíamos —comienza a explicar—, la compañía que nos interesa pertenece a The Vimley Company, una empresa matriz que tiene su sede en Roma. Poseen cientos de pequeñas sociedades que se dedican a todo lo que os podáis imaginar y más. Sus cuentas están más protegidas que Fort Knox.

Octavi calla por unos segundos.

—He sido capaz de burlar puertas traseras de lugares que no creeríais, pero, en serio, el sistema de seguridad de esta compañía es tan complejo que necesitaría años y un equipo de primera para poder abrir cualquier puerta.

—No te preocupes —señala Félix, al ver el apuro del joven. Aunque él apenas lo conoce, Quim le ha contado maravillas sobre su forma de trabajar—. Ya sabemos que son poderosos, multimillonarios…, y con dinero todo es posible.

—Mi estimado Félix, bien sabes que no necesitamos de pretextos baratos para acompañarte en esta aventura —señala don Alfonso con tono sereno—, pero considero que, llegado el momento, deberías compartir algo de esa información que sabemos que guardas celosamente.

No estaría de más conocer en qué asuntos estamos metiendo las narices.

Félix lo mira sin decir nada.

No quiere desvelar su naturaleza ancestral.

No puede.

Aunque él ya no es un Señor del Tiempo, su hijo sí, y debe recaer sobre Quim esa responsabilidad, si es que así lo desea.

En ese instante, tintinea furiosa y salvadora la campanilla de la puerta de la entrada. Los cuatro miran hacia el sonido y ven entrar a dos hombres que comienzan a dar paseos por la tienda sin fijarse en nada en concreto.

Octavi es joven e inexperto en el trato directo con las personas peligrosas, pero los otros tres, con carrera y máster doble en la materia, los calan al segundo.

Don Emilio echa mano de la pistola táser que guarda junto al mostrador. Don Alfonso la lleva en el bolsillo de su chaqueta, junto a las llaves de casa, como siempre, costumbre que le ha salvado la vida en más de una ocasión.

—Señores… —dice uno de los que acaba de entrar, a modo de saludo. Es mayor que el otro. Tiene el pelo canoso, a juego con una barba bien cuidada de varios días.

—¿Qué desean? —pregunta don Emilio.

—Solo venimos a informaros de que el tiempo sigue su marcha imparable —contesta el más joven con una sonrisa que nadie querría ver en un callejón oscuro. Lleva una gorra de beisbol negra, desgastada por el sol.

El otro se acerca al mostrador un poco más.

Mira su reloj, paciente.

—Ya solo quedan veinticuatro horas para el final de la cuenta atrás —sentencia.

Los tres amigos ya saben a lo que vienen. Octavi todavía no, pero intuye que no será para nada bueno.

—¿No serás tú uno de los cobardes mangurrinos que nos retuvo durante horas el otro día? —pregunta don Alfonso, sereno.

La pareja sonríe, también sin miedo.

—Solo cumplimos órdenes, viejo. Seguro que tú sabes cómo va esto —informa el del pelo canoso a modo de excusa, como si no fuera con ellos.

El más joven se acerca un poco más al mostrador.

Sonríe mirándolos uno por uno.

Don Emilio y su amigo de mil batallas saben que hay cables desconectados en el interior de su cerebro .

—A mí me gustan las órdenes, no os voy a engañar —afirma empoderado, con el mentón en alto, mientras se coloca bien la vieja gorra—.

Si no cumplís lo acordado deberemos hacer lo que nos han ordenado, que es, ni más ni menos, que acabar con vosotros cuatro, con el tipo raro de la tienda de aquí al lado —se refiere a Mario—, con la loca del bar y con la parejita feliz que anda de amoríos en París.

Octavi abre mucho los ojos, pero no dice nada.

Félix siente cómo la rabia le inunda por momentos.

El hombre joven se percata de ello.

Le gusta.

Es especialista en sacar de sus casillas hasta al más santo de los santos. Lo lleva haciendo desde que iba al colegio.

—Eso sí —añade con la voz pausada. Se quita la gorra, mira a Félix, se peina y se la vuelve a colocar—, a la novia de tu hijo pienso darle un buen repaso antes de acabar mi trabajo.

Félix no se lo piensa dos veces. Conteniendo la furia en silencio, se lanza como un resorte y le planta un puñetazo en el mentón haciendo que su oponente se tambalee y caiga de rodillas sin apenas saber qué lo golpeó. Casi al mismo tiempo, el otro tipo cae al suelo entre temblores descontrolados.

La cara del más joven, todavía arrodillado y aturdido, cambia por completo cuando ve al viejo del bastón sujetando la pistola eléctrica que ha derribado a su amigo.

Se incorpora sin dejar de mirar a los ancianos que tiene delante.

Siente cómo los ojos se le inundan de rabia.

Sin pensarlo, lleva su mano hacia el cuchillo que esconde en su chaqueta, pero, antes de sacarlo, todo se vuelve silencio y oscuridad.

Don Emilio sujeta la pistola cuyos electrodos se han clavado en su cuello, haciendo que las venas se tensen y sobresalgan de la piel hasta límites insanos.

—Ya estamos como siempre —dice don Emilio, como si la situación fuera de lo más normal .

—Soy de gatillo fácil, no lo niego —se justifica don Alfonso, que ha disparado primero—. Pero en este caso en concreto diré, en mi defensa, que este par de dominguillos se lo han buscado.

—Estos matones son solo una avanzadilla. No van a dejar de tocarnos las narices —advierte Félix, cabreado como pocas veces ha estado; y eso que ha pasado por muchas situaciones complicadas—. Lo siento, no me he podido contener.

—No tienes de qué disculparte. Yo le hubiera disparado antes de tu felino salto —indica don Alfonso, tranquilo, como si el hecho de que haya dos cuerpos tirados en el suelo no fuera con él—, pero no quería ser el primero, que después siempre me lo recrimináis —concluye, mirando a don Emilio.

El dueño de la librería niega con la cabeza.

—¿Qué hacemos ahora? —quiere saber Octavi.

—Tú vuelve a la relojería y sigue indagando —le ordena su jefe, como si nada—. Nosotros nos ocupamos de sacar la basura.

Dicho esto, Octavi recoge sus papeles, rodea los dos cuerpos que todavía están inconscientes en el suelo y sale por la puerta.

—¿Y bien? —inquiere don Emilio.

—No podemos dejarlos marchar —indica don Alfonso, que acaba de cerrar con pestillo la puerta de la entrada—. Estos dos nos iban a acabar dando matarile, así que no les debemos nada. Hay que llamar a los de la limpieza.

—¿Estás seguro? —pregunta don Emilio.

—Si no son estos, serán otros fantoches, lo sé. Pero no voy a permitir que nadie cruce el umbral de nuestra casa y me amenace de semejante manera. La juventud de hoy en día ha perdido el respeto que merece un oficio como este —opina don Alfonso.

—Enviarán a más, de eso no hay duda —apunta Félix, más calmado, sin dejar de mirar los cuerpos caídos—, pero han de saber que el que entre por esa puerta y nos toque lo que no suena, no se irá de rositas.

—Pues eso mismo —confirma don Alfonso.

Se saca el teléfono del bolsillo y marca un número de memoria, de esos que no se guardan en la agenda.

—Diga —contesta alguien al otro lado.

—Necesito desinfectar mi local —contesta don Alfonso.

—¿Cuántas ratas hay?

—Dos.

—¿Vivas o muertas?

—Vivas, de momento.

—En quince minutos estamos allí.

Don Alfonso cuelga sin despedirse, mientras sus dos amigos comienzan a encintar las muñecas y los pies de los dos tipos que todavía duermen en el suelo.