El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 59
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Capítulo 59

Explanada de Guiza

Acabamos de aparcar junto a las taquillas que dan acceso al recinto de Guiza.

Nada más bajarnos del coche, un hombre se ha acercado y ha hablado con Peter.

Según nos ha dicho el piloto, es uno de los mejores guías de la ciudad.

Al parecer se lo ha recomendado un amigo que trabaja en el Museo de Historia Natural de Nueva York.

—Buenos días —sonríe el hombre que acaba de llegar, aunque más bien es un chaval que aparenta no tener más de treinta años—. Mi nombre es Kamal. Bienvenidos a El Cairo.

El joven moreno nos sonríe con los brazos abiertos.

Su acento delata el cierto deje típico de la persona que habla español teniendo el árabe como lengua materna. Lleva el pelo revuelto y barbita de pocos días que no le crece igual por toda la cara. «La tiene mal sembrá », diría mi tía.

Tras unos minutos charlando con Peter y acordando un precio que a todos nos parece justo, el guía nos indica por dónde debemos ir.

—Os esperaré aquí mismo —me dice Peter.

—Te avisaré media hora antes, así no tienes que quedarte aquí esperando. Mejor vete al hotel y disfruta con Zoe de una mañana de relax —le digo, guiñándole un ojo.

Él asiente, sonriente .

—¿No tenemos que hacer cola para entrar? —le pregunta Lucía a Kamal, mientras señala a la enorme fila de gente que aguarda desde primera hora de la mañana.

—No, mi querida visitante, los amigos de Kamal tienen entrada prioritaria —le anuncia sin dejar de sonreír—. Me ha dicho un pajarito que vosotros también sois historiadores.

—Así es —responde ella. Le encanta hablar con la gente. Yo soy más de ir al grano, sin ser impertinente, claro está.

—Egipto es la mejor ciudad del mundo para los amantes de la Historia. Es mi vida, mi pasión. Esta ciudad es un caos, como ya habréis visto, pero es mi caos favorito —nos informa Kamal.

La verdad es que el chaval desprende buen rollo.

—¿Qué es lo que más os interesa? —quiere saber.

—Queremos ver la Esfinge, con calma, y también la zona que la rodea —indica Lucía—. Que nos cuentes todo sobre ella.

Kamal la mira con curiosidad.

Asiente.

—Pues vamos a ello —anuncia.

Se aleja unos pasos y se cuela por una puerta flanqueada por dos policías. Les da la mano y algo más. Aquí sin propinas no llegas muy lejos.

Pasamos ante ellos y nos miran sin decir nada.

—Vamos, seguidme de cerca, que la puerta se cierra rápido y no quiero que os quedéis fuera.

Entramos en el recinto de Guiza en menos de un minuto, sin hacer cola ni esperar durante horas. Una vez más, Peter ha sabido elegir bien al personal. Y, una vez más, a mí me va a tocar pagar una pasta gansa.

—No hay nada como tener buenos contactos —sonríe Kamal a la vez que nos guiña un ojo.

Y dinero para pagarlos, chaval .

—¿De dónde eres? —le pregunta Lucía, a la que le encanta hacer amigos allá por donde va.

—Nací en Alejandría —informa él—. ¿La conocéis?

Lucía niega con la cabeza.

Yo me callo y no le digo que viví los últimos días del gran Alejandro en aquella maravillosa y espectacular ciudad. Si me cae bien y hace su trabajo como es debido, igual le doy alguna pista de dónde se encuentra la tumba de mi ilustre amigo.

—Pues hablas muy bien nuestro idioma, casi no tienes acento —le dice Lucía como cumplido.

—Mi padre nos obligó a mi hermano y a mí a estudiar inglés y español desde muy jóvenes —nos aclara con algo de melancolía en sus ojos—.

Mi padre, muy sabio y previsor, siempre decía que en este país solo encontraríamos futuro junto al turista.

Así que los dos nos educamos para trabajar, de una forma u otra, para el turismo —nos dice a la vez que nos señala a nosotros.

—¿Tu hermano también es guía? —quiere saber Lucía.

Si es que se mete en todo, la tía.

—Ahora ya no. Tiene un campamento más al sur, en pleno desierto —informa Kamal, señalando a lo lejos, hacia el horizonte—, muy cerca de la pirámide escalonada de Djoser. Allí acampan muchos viajeros en esta época, pero, sobre todo, arqueólogos que trabajan por aquella zona.

—¡Qué interesante! —exclama Lucía—. Me encantaría pasar una noche en un campamento de esos, en pleno desierto, bajo las estrellas.

Me mira y me guiña un ojo.

Si tu mujer te dice que te tires por un tajo, pídele a Dios que sea bajo. Vamos, que me va a tocar ir al dichoso campamento tarde o temprano, lo tengo claro.

Caminamos unos pocos metros más y la cabeza de la Esfinge se revela ante nuestros ojos. Cada vez que la contemplo me impresiona, aunque no tiene nada que ver con lo que fue en sus orígenes.

Kamal se planta un segundo en el camino y otea el horizonte. Después se vuelve hacia nosotros.

—Ahora hay mucha gente en la Esfinge. Acaba de entrar uno de esos grupos organizados que llegan con cuatro o cinco autobuses llenos —nos informa señalando hacia una zona donde no cabe ni un alfiler de la gente que hay—. Os recomiendo visitar primero el Templo del Valle, que está ahí mismo.

Kamal señala hacia la izquierda de nuestra posición.

—Me parece genial —dice Lucía.

El guía comienza a caminar y ella me coge de la mano.

Está contenta de estar aquí.

Y, sin duda, de todo lo que ha vivido desde ayer.

Mientras caminamos nos cruzamos con gente que vende de todo, desde agua hasta pañuelos para la cabeza.

Hay multitud de tenderetes al aire libre, todos al amparo de la sombra de un muro irregular que rodea la zona, que en algunos puntos tiene hasta tres metros de altura.

El suelo es más anormal todavía, ideal para romperte un tobillo si no estás atento a dónde pisas.

Poco después, giramos a la derecha por un entrante que apenas tiene un par de metros de ancho y que parece no tener salida. Antes de llegar al final, a la izquierda se abre una entrada por la que no caben tres personas a la vez.

Kamal entra y lo seguimos.

Nos encontramos en un recinto enorme de forma rectangular salpicado de columnas. Todo el espacio está sin techar y el sol cae con fuerza, haciendo que la gente que escucha las instrucciones de otros guías se acumule en las pocas zonas de sombra, como vampiros huyendo del sol.

Yo ya he estado aquí antes .

Este es uno de los lugares en los que recordaba haber visto el mismo tipo de arquitectura que contemplamos hace más de doce milenios en Turquía. El que visitamos ayer y que, al igual que este, está construido con enormes piedras de distintas formas y encajadas a la perfección.

Tras unos pasos, Kamal se detiene en una zona de sombra en la que apenas hay nadie.

—¿Qué os parece el lugar?

—Es impresionante —indica Lucía—. Estuve aquí hace años, antes de acabar la carrera. Era una visita casi obligatoria.

Kamal asiente.

A mí no me presta demasiada atención, ya ha visto que soy hombre de pocas palabras. Aun así, siempre nos mira a los dos cuando habla. Es un buen profesional.

—El Templo del Valle de Kefrén es una de las estructuras funerarias más destacadas del Antiguo Egipto —comienza a explicar emocionado—. La arquitectura de este lugar es, simplemente, maravillosa.

—Me llama mucho la atención este tipo de piedras que no son totalmente cuadradas, sino que tienen varios ángulos y que, aun así, encajan todas al milímetro —le digo para ver qué sabe sobre esto.

Kamal observa hacia donde señalo.

—Es una técnica que se usaba para evitar que las construcciones se derrumbaran a causa de los terremotos —me explica el guía. No le falta razón.

Me mira para ver si me ha convencido su respuesta.

—Siempre he pensado, viendo este tipo de cimentación y lo que hay alrededor —le digo señalando hacia el exterior, más allá de la Esfinge—, que fue edificado por distinta gente.

Él se acerca un poco más a nosotros.

—Reconozco que no se sabe con exactitud cuándo se construyó este recinto —me susurra, como si lo que estuviera diciendo fuera pecado mortal—, pero estoy de acuerdo contigo en que es una obra maestra de la ingeniería que no siempre está presente en la cultura antigua de mi país.

Esa explicación me pilla fuera de juego.

—¿No te convence mi respuesta, amigo Quim?

—Al contrario —le confieso—. Pensaba que serías otro guía de esos que dicen lo mismo que los libros de Historia que ya han quedado obsoletos, sin pensar en otras posibilidades.

Kamal me observa.

Lucía, también, atenta.

El guía sonríe de forma traviesa.

—Lo que sí te puedo decir con total seguridad es que este templo fue construido principalmente con grandes bloques de granito rojo traídos desde Asuán —informa Kamal casi de carrerilla, pero sin caer en la monotonía—.

Está revestido con piedra caliza blanca de Tura, materiales que denotan el carácter sagrado del edificio.

Y también tiene una planta rectangular y un diseño simétrico que refleja el equilibrio y la armonía, conceptos clave en la arquitectura de mi pueblo.

Yo asiento sin dejar de mirar las piedras.

Me siguen fascinando por muchas veces que las vea.

—El interior contiene una sala hipóstila con columnas y nichos que albergaba la famosa estatua de Kefrén con el dios halcón, Horus, detrás de su cabeza —añade Kamal.

—¿Tiene alguna relación con la Esfinge? —se interesa Lucía.

—La proximidad entre el Templo del Valle y el Templo de la Esfinge sugiere que pudo haber una conexión funcional o simbólica, quizá vinculada al culto solar o a la protección del complejo funerario —informa Kamal bastante convencido.

Yo paso mi mano por las piedras de la pared.

Me flipan.

Solo pensar en cómo cortaron estas enormes rocas con más ángulos de los necesarios hace volar mi imaginación .

—Una obra maestra de la ingeniería —expresa Kamal a mi lado—. Ya te lo digo yo.

—He visto este tipo de construcción, idéntica, en distintos países de Sudamérica y Asia; y en lugares tan remotos como la Isla de Pascua —miro a Lucía, que me escucha incrédula, con los ojos como platos—. Incluso en Turquía, no hace mucho, en un yacimiento de casi doce mil años de antigüedad.

—O más… —añade ella.

Kamal nos escucha con atención.

—Quién sabe, igual eran todos amigos —nos suelta como si nada—. A estas alturas, ya nada me sorprendería.

Me lo quedo mirando. Vete tú a saber lo que ha visto o vivido este tipo para que no le extrañe en absoluto la posibilidad de que gentes de distintos continentes hayan podido tener contacto hace miles de años. Ahora me pica la curiosidad por saber más de él.

Tras dar un par de vueltas por el recinto, salimos de nuevo y caminamos hacia la Esfinge, sorteando a los vendedores y a las decenas de chavales que nos intentan vender de todo.

Lucía no hace más que pararse a charlar con ellos.

— Lā, ʾidhhab min hunā! —les grita Kamal—. No le compres nada, por favor —le dice a Lucía—. Ese dinero no será para ellos, sino para los adultos que los obligan a estar todo el día vendiendo baratijas a los turistas.

Lucía pone cara de sorpresa.

Tiene tanto que aprender de la realidad.

Seguimos caminando hasta que llegamos a una especie de anfiteatro que recorre el lateral de la enorme escultura con cuerpo de león y cabeza humana.

Desde allí la contemplamos en todo su esplendor.

—He escuchado que originalmente tenía cabeza de león.

Kamal asiente ante el comentario de Lucía.

—Así es —susurra como si fuera un secreto—.

Es una escultura perfecta excepto en una cosa: el tamaño de su cabeza es ridículo comparado con el del cuerpo, lo que me hace sospechar que fue modificado en tiempos de los faraones.

Los maestros que la construyeron jamás hubieran cometido semejante error.

—Opino lo mismo que tú —confirma Lucía, cómplice.

—¿Podemos bajar a los pies de la Esfinge? —le pregunto.

Kamal niega con la cabeza.

—Sin un permiso especial no se puede pasar de aquella valla —señala con la mano. Tras unos segundos pensativo, me mira—. ¿Para qué?

—Para nada concreto, solo nos gustaría estudiar aquella zona más de cerca —le contesto. No le miento.

El guía nos mira con atención.

Pasea su vista por el recinto, donde cada vez hay más gente deambulando y haciéndose mil fotos. Al cabo de un instante nos mira de nuevo con una sonrisa pícara.

—Con una buena propina todo es posible —me suelta sin más.