Capítulo 56
Presente
Göbekli Tepe
Por fin llegamos a donde quería. No es nuestro presente real, porque hemos estado demasiadas horas en el pasado y ya casi habría anochecido.
No quiero que Peter se preocupe por nosotros, así que, tras varios saltos, hemos logrado llegar a solo unos minutos después del primero.
Así, Peter seguirá esperándonos en el coche y no sospechará nada extraño.
Lucía está un poco aturdida, pero mucho mejor de lo que me esperaba si tenemos en cuenta que han sido varios saltos de ida y varios de vuelta. Es una campeona. Eso sí, va a estar bebiendo y comiendo como una leona las próximas horas, porque yo sé lo que desgasta un día como este.
Después de recoger la bolsa estanca con los móviles y demás cosas modernas, comenzamos a caminar por el sendero de piedra que nos llevará hasta la zona donde estará Peter.
Lucía me mira y sonríe.
—¿En qué momento estamos ahora? —quiere saber.
Miro mi reloj. Estamos donde quería.
—Hace dos horas y media que hemos dejado a Peter.
—Pero hemos estado muchas más horas en el pasado. ¿Ese tiempo no corre en el presente ?
—Sí, a la misma velocidad —le aclaro. Ya me imaginaba que tarde o temprano preguntaría por estos detalles—. Pero yo he elegido volver a ahora.
—Para que Peter no se dé cuenta —contesta ella, siempre tan lista.
—Eso mismo. Si no fuera así, ya hubiera llamado a la policía, preocupado después de haber pasado casi todo un día sin saber de nosotros.
—Como le pasó a la prota de Outlander —me dice ella.
—¿A quién?
—A la chica de una serie que viaja al pasado —aclara mientras caminamos—. Viajó dos siglos atrás, se quedó allí un par de años y en el presente su marido la buscó como un loco hasta que desistió.
—Pues eso mismo —le digo.
Me coge de la mano.
—Ha sido el mejor día de mi vida —expresa.
Está contenta, sonriente.
Ya me lo imagino.
Y eso que no ha visto ni hablado con ningún personaje crucial en la historia del hombre. Esas visitas sí que te marcan de por vida.
—Todavía estoy flipando con todo lo que hemos averiguado en tan solo unas horas —me susurra, como si nos estuvieran escuchando las piedras del camino—. La historia está tan equivocada…
Si tú supieras.
—Me parece increíble que los antepasados de esa gente usaran la escritura muchos siglos antes de que ellos la olvidaran —dice en voz baja.
—He visto indicios de este hecho en otros lugares del mundo —le informo—. Pueblos adelantados que desaparecen por distintas razones y cuyos descendientes tienen que volver a empezar de cero porque no queda nadie que les enseñe a leer, a escribir o a contar.
—¿Quieres decir que la evolución no ha sido lineal?
—Solo hasta que algo la detiene y resetea el contador —le contesto sin dejar de caminar—. Hace trescientos mil años que nuestra especie es la misma, ¿por qué hemos tenido que evolucionar solo en los últimos diez o doce mil años? No tiene sentido.
—Ya entiendo por dónde vas —me dice—. Opinas que pudo haber sapiens que evolucionaron, que desaparecieron por alguna razón y todo lo que sabían también se perdió.
Yo asiento sin dejar de caminar.
—Más tarde, quizá llegaron otros, que no recordaban a sus antepasados, se encontraron con las piedras, las movieron a su gusto y aquí no ha pasado nada. Y todo lo que sabían cayó en el olvido.
—No te daría la razón si no lo hubiera visto en primera persona. Eso sí, no entiendo lo del ojo que es capaz de analizar una gota de tu sangre en un santiamén —me dice, mirándome muy seria—. Estamos hablando de una tecnología que ni siquiera nosotros tenemos.
—Ya, yo tampoco acabo de entender este punto —confieso, pensativo—. Solo se me ocurre que alguien del futuro lo haya llevado al pasado para que únicamente un elegido pudiera obtener el Velo de Cronos.
—¿Tú crees que alguien podría hacer eso?
—Si es por un bien mayor… —le digo con sinceridad.
Ella niega con la cabeza.
—Pero eso sería alterar la historia.
Yo asiento sin aportar nada más.
Ella me mira asombrada .
—Según esa teoría, podrías haberle enseñado a ese anciano a leer, escribir y contar —deduce algo confusa—. Haberle explicado que la tierra es redonda, que no somos el centro del universo. Todo sea por el bien de la humanidad, como tú dices.
—El ser humano no funciona así —le digo, intentando que me entienda—. No puedes darle un ordenador a un niño, esperando que así será más listo de mayor. Todo tiene un proceso de aprendizaje y un momento para ello.
Ella me mira, pensativa.
—A Galileo casi lo queman porque sus ideas sobre la estructura del universo desafiaban las enseñanzas oficiales de la Iglesia Católica —le recuerdo.
Ella lo sabe de sobra—. Este es solo un ejemplo.
Desde luego que ha habido cientos de personas cuyos recuerdos se han perdido en la noche de los días sin dejar más huella que otro muerto en el cementerio.
Lucía me mira y asiente.
—O en la hoguera —añade—. Ya te entiendo…
—Quizá algún Mora, dentro de diez generaciones, descubre que el Velo de Cronos es vital para nuestra supervivencia y que, si cae en las manos equivocadas, puede provocar el caos en el mundo —le cuento, imaginando lo que yo haría—.
Para evitar que alguien lo encuentre, excepto un familiar, se lo lleva al pasado más remoto y le encarga a unos tipos, que parecen más listos y razonables que el resto, que lo cuiden hasta que alguien venga a por él.
—¿Tú crees que esa gente le haría caso? ¿Así como así?
—Solo con desaparecer y volver a aparecer de la nada delante de sus narices se haría el amo. Y te aseguro que esa historia se contará durante generaciones.
Peter nos ve llegar y sale a recibirnos.
Entramos en el coche y, nada más sentarme, noto el cansancio en el cuerpo. Tengo ganas de una buena siesta.
—¿Todo bien? —pregunta Peter.
—Todo muy bien, Peter, gracias —contesta Lucía .
—Volvamos al avión y, en cuanto tú estés listo, nos vamos hacia el siguiente destino —le informo.
—Perfecto —confirma mientras esquiva a dos autocares de turistas para salir del aparcamiento—. Aviso a Zoe para que lo tenga todo preparado.
Antes de que lleguemos al final del sendero que delimita la zona de Göbekli Tepe y enfilemos la carretera que nos llevará de vuelta al aeropuerto, noto cómo la cabeza de Lucía se apoya en mi hombro y, en menos de lo que canta un gallo, se queda frita.