El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

En una ciudad desconocida

pasado el mediodía

La cara de Lucía es todo un poema. Se ha quedado callada, muda, mirándome fijamente. Su mente está buscando una explicación que dé sentido al hecho de que esta gente, de no sabemos cuándo, nos estuvieran esperando. Es imposible. No hay ninguna razonable.

—Igual se piensan que eres un mesías o algo así.

Yo niego con la cabeza.

—¿Has visto algún templo? Yo no. Hubiera sobresalido entre las casas del pueblo y no lo hemos visto, lo que quiere decir que quizá no le recen a nadie —le indico, pensativo.

Ella entorna los ojos y mueve la cabeza como diciendo «no sé yo si estás en lo cierto». No lo podemos saber sin indagar más, claro está. Para averiguarlo, lo mejor es preguntar.

— A-ba mu-un-de-a-ke? —pregunto al hombre. Miro a Lucía y le traduzco—. Quiero saber a quién estaban esperando.

— E-me-luḫ šer-gi —responde él, sonriente.

En realidad, todos sonríen de una forma amable.

Lucía me mira.

—No lo he entendido muy bien… Ha dicho que estaban esperando al caminante de la noche, o de las lunas —me encojo de hombros.

Ella agranda los ojos sorprendida.

Le pregunto con la mirada que qué pasa .

—Está claro, Quim —me susurra casi regañándome por no haberlo pillado—. Para ellos, describir a un viajero del tiempo con términos relacionados con su concepto de «tiempo», siempre girará en torno a algo que saben que es cíclico, como, por ejemplo, las fases lunares.

Yo la escucho con atención.

El resto de la mesa también. No entienden nada, pero no parece importarles que hablemos entre nosotros.

—Para este pueblo, un viajero del tiempo podría ser el hombre de las lunas, de las nieves o de los cometas —apunta muy sabiamente. Qué lista es—. No sé, cualquier acto que suceda de forma cíclica les orienta en su definición de «tiempo».

El anciano comienza a hablar sin dejar de clavar sus ojos en los míos. Vocaliza despacio, como si fuera un niño pequeño, usando palabras muy básicas, cuyo sentido comprendo a la perfección.

Lucía espera la traducción.

—Dice que hace muchas nieves que esperan la llegada del hombre que puede caminar entre sus ancestros.

—¿Ves? Te lo he dicho. Quim, esta gente sabe lo que eres. No tengo palabras...

Está exaltada, lo veo en sus ojos.

El anciano habla de nuevo.

Supongo que comprenden que cada frase la tengo que traducir y por eso no me suelta toda una parrafada seguida, sino que va haciendo pausas. También son muy listos.

—Dice que su pueblo solo tiene una misión, que es proteger el legado de mis antepasados.

—El objeto que buscamos —me dice ella.

Yo levanto los hombros en señal de incertidumbre.

—No creo que sepan lo que es el Velo de Cronos.

Los miro y advierto que no han reaccionado al escuchar el nombre de lo que busco .

—El Velo de Cronos —repito en voz alta—. No reaccionan a su nombre —le digo a Lucía.

Ella me mira sin entender mi comentario.

—Normal —me suelta con un tono de regañina—. Cronos pertenece a la mitología griega, un personaje que no aparecerá hasta dentro de miles de años. Como si nombras a Saturno, que es su homólogo romano.

—Supongo que la denominación de esa reliquia habrá cambiado con el paso de los siglos —le indico a Lucía.

—Y de las culturas —apunta ella al momento—. Cada una le habrá dado su propio nombre. Para ellos, que no parecen rendir cuentas a ningún dios que no sean animales que conocen, es tan solo el legado de tus antepasados. Pregúntale dónde está ese legado, venga —me apremia con la mano.

Miro al anciano y le hago la pregunta que manda la jefa.

—¿Dónde está el legado de mi familia?

Él pasea la mirada por toda la mesa, sin prisa.

El resto no habla, pero asiente.

Parecen un consejo de administración en el que el anciano es el portavoz, pero todos parecen tener voto.

— Ku-me-en —dice antes de levantarse.

El resto de los presentes también se levanta.

—¿Qué pasa? —quiere saber Lucía, nerviosa.

—Nos pide que lo acompañemos —le informo, mientras me pongo también en pie. Lucía me imita.

Salimos a la calle donde los tonos anaranjados del atardecer ya acarician las casas más altas del pueblo, dándoles un color rojizo casi mágico.

Ya no hay tanta gente por la calle. La luz en el interior de las viviendas se recorta en las ventanas con un brillo suave, tenue, pero que no se mueve al son del viento como lo haría el fuego de una vela.

Tengo mucha curiosidad por saber cómo se iluminan.

El grupo se dirige hacia el yacimiento .

Caminan con paso decidido, mirando atrás de vez en cuando para comprobar que los seguimos. He de decir que están en buena forma. A Lucía le cuesta cada vez más seguir el ritmo de esta gente, que, a su vez, sigue al más anciano. Debe de ser el viejo con mejor forma física que he visto en mi vida.

—Estoy agotada —balbucea Lucía al llegar a la cima de la colina, desde la que ya podemos divisar de nuevo esa especie de templo dedicado a no sé quién todavía.

Voy a aprovechar para preguntárselo.

— A-ba e-a niĝ-ku-ra? —pregunto con las palabras que conozco, aunque no sé si me entenderán.

El hombre mayor responde de nuevo.

El resto nunca hace intención de hablar.

—¿De qué habláis? —quiere saber Lucía. Pobre, cómo le gustaría saber este idioma para coserlos a preguntas.

Igual es mejor para ellos que no lo hable.

—Le he preguntado que a quién está dedicado este templo y me ha contestado que no sabe lo que es un templo —le explico como bien puedo—. Dice que es un lugar en el que entierran los huesos de los animales que comen como agradecimiento por darles el alimento que necesitan. Nada más.

—Quizá ellos no entienden el concepto de «templo», pero lo es, como cualquier otro espacio diseñado específicamente para una adoración —apunta Lucía, sacando sus dotes profesionales.

Se nota que ya ha recuperado un poco la respiración—.

Su significado puede variar según las tradiciones culturales, religiosas e históricas, pero comparte los aspectos fundamentales de un templo, por descontado.

La única diferencia es que, en lugar de hacer rituales a los dioses lo usan para hacer ofrendas a los animales.

—Respira un durante un par de segundos y añade—: Pregúntale si tienen escritura o algo parecido —me ordena, impaciente.

Está en su salsa, la tía.

Le traspaso la pregunta al anciano .

Camina unos pasos delante de mí cada vez más cerca del complejo, que ya se ve a pocas decenas de metros, iluminado con antorchas que le dan un aspecto casi mágico.

El hombre se extraña de la pregunta.

Se la formulo de otra manera y entonces asiente.

Me responde y sus palabras me dejan algo descolocado.

Repaso su respuesta antes de traducírsela a Lucía.

—Dice que sus antepasados sí usaban símbolos para escribir historias y hacer intercambios con otras gentes de la zona, pero ellos no. Dice que hace muchas nieves que se perdió esa costumbre, tantas que ningún pariente que haya conocido ha usado la escritura jamás.

Lucía se asombra de lo que oye.

Niega con la cabeza.

—No puede ser, no puede ser… —susurra una y otra vez.

En cuanto llegamos hasta la entrada del recinto, el anciano se detiene y nos mira a todos. Pronuncia unas palabras en voz alta y todos se vuelven para observarnos a Lucía y a mí.

—¿Qué quieren? —me pregunta, nerviosa.

—Que entremos.

Una vez en el interior, el anciano se acerca a uno de los megalitos y se detiene ante él. Me mira.

Veo que la piedra, alta y estilizada tiene forma de T como todas las demás. También tiene dibujos esculpidos. Es la figura de un hombre que parece caminar mientras sujeta en una de sus manos una especie de bolsa. O eso es lo que mi subconsciente me condiciona a ver.

—¿Eso es un hombre llevando un bolso? —pregunta Lucía, sorprendida. Ella ve casi lo mismo.

—No tengo ni idea, pero te diré algo: este tipo de pictograma ya lo he visto en otras partes del mundo —le explico, pensativo, recordando de nuevo lugares lejanos en la distancia y en el tiempo.

Voy a salir de dudas .

Nada más preguntarle, el anciano me contesta con varias palabras que no comprendo del todo, pero que puedo llegar a interpretar.

Y la respuesta me deja helado. Y mucho más cuando sé que esculturas como esta están repartidas por medio mundo.

Eso es otro tema que tendré que investigar en cuanto pueda.

—Dice que ese tipo es un antepasado mío —le cuento a Lucía, traduciendo lo que me ha comentado el anciano a palabras que nuestras mentes puedan comprender—.

Lo que parece un bolso no es tal cosa. El recuadro representa al mundo, al menos una idea conceptual de lo que ellos creen que es su mundo, su tierra.

Lo que tú y yo vemos como un asa, para ellos representa el camino de las estrellas, es decir, la Vía Láctea.

—El movimiento de las estrellas podría ser un concepto de tiempo para esta gente —opina Lucía, atenta y sabia como siempre—. Por lo tanto, este relieve podría representar a un hombre que tiene el tiempo en sus manos. Literalmente. Ni más ni menos que tú o uno de tus ancestros.

Podría ser factible.

—Quim, ¿hasta dónde se remonta tu familia? —pregunta.

Ojalá lo supiera.

—No tengo ni idea, pero considerando el momento en el que estamos y que ellos ya han olvidado a sus antepasados, que al parecer ya usaban la escritura y las matemáticas para hacer trueques con otros pueblos, mucho me temo que se nos va de las manos.

Y estas respuestas, tarde o temprano, las buscaré.

El anciano me coge de la mano y la coloca sobre la piedra del hombre del bolso. Me mira, atento.

Me dice unas palabras despacio para que las entienda.

Se lo traduzco a Lucía.

—Dice que, si soy uno de ellos, la piedra me mostrará el camino .

Ella asiente. Espero que no ande tan perdida como yo, porque no entiendo ni papa.

—¿No tenemos que esperar a las primeras luces del alba del equinoccio de las narices? —le pregunto.

—Ese instante nos serviría para indicar hacia dónde mira el león, cosa que ya te está diciendo el anciano —me aclara Lucía—. Mira… —señala hacia la roca del león—. Esta roca y otras muchas más están justo en la línea que va del león hasta las colinas por donde sale el sol.

Menos mal que ha venido ella.

—Nos hemos ahorrado otro viaje —acierto a decir, mientras Lucía asiente, contenta por estar más cerca de lo que hemos venido a buscar.

El anciano me señala en un punto en concreto.

Me fijo con atención y entonces lo veo.

Dentro del ojo del hombre que lleva el bolso, o lo que sea, veo el mismo símbolo que había en la pared del cubo de El Escorial. Un círculo con otro dentro más pequeño y, dentro de este, un punto.

—La madre que me trajo —digo en voz alta, sin darme cuenta—. Esto no puede ser posible.

—¿El qué? —pregunta Lucía.

—Mira, ¿ves este dibujo dentro del ojo?

Ella asiente en silencio.

—Esto ya lo he visto antes, justo donde encontré el texto que nos ha traído aquí. Bajo El Escorial, escondido en unas grutas.

Lucía me mira asombrada. Intuyo que decenas de preguntas se agolpan en su mente, pero no las hace. No es el momento y ella lo sabe.

—¿Qué debes hacer ahora? —quiere saber.

—En el otro lugar solo tuve que poner el dedo encima. Algo me pinchó y absorbió un poco de sangre. Tras eso, una puerta se abrió .

—No me lo creo —me dice negando con la cabeza.

Coloco el dedo sobre el símbolo y noto el mismo pinchazo.

Al retirarlo, ambos podemos ver cómo unas gotas de sangre son absorbidas por la roca.

Al instante, se oye un crujido suave y la figura del hombre que lleva el bolso se separa de la roca por la parte superior.

Cuando parece que se va a romper del todo y caer al suelo, se detiene, quedando enganchada apenas por la parte de abajo, formando una V.

Lucía da un pequeño grito de sorpresa.

El anciano sonríe y me abraza, a la vez que me dice algo así como que soy uno de los elegidos.

Veo ante mí la piedra abierta.

Todos esperan.

Me asomo.

Noto la cabeza de Lucía justo al lado, supongo que para no perderse nada. Sin embargo, el resto se mantiene en la distancia, como si no les estuviera permitido ver lo que hay en el interior de la piedra.

Me fijo con detenimiento y veo entre las sombras un espacio hueco. En él hay algo.

Meto la mano y palpo la textura de una tela.

Parece cuero reseco.

Me pongo de puntillas y miro de nuevo. Este secreto no es para bajitos. Apenas puedo llegar a meter la mano sin apoyarme en la piedra y, como lo haga, la voy a partir. Y no quiero.

Al cabo de poco consigo agarrar lo que sea esa cosa y la levanto. Pesa mucho para lo pequeña que es.

Con cuidado, ante la atenta mirada de todo el mundo, lo saco de su escondite. Una vez está fuera, respiro aliviado.

A los dos segundos, la escultura del hombre con el bolso se cierra de nuevo y queda en su posición original, como si nada extraño hubiera ocurrido en ella.

Coloco el paquete que acabo de sacar en el suelo .

Lucía se arrodilla junto a mí.

—No quieren saber nada de esto —me dice Lucía.

—Supongo que ellos solo son los guardianes —le respondo.

Tampoco lo entenderían.

Quito la tela que cubre el objeto.

Con cuidado.

Lucía me ayuda, ella entiende mucho de antigüedades.

En cuanto retiramos el último trozo de tela, aparece ante nosotros un objeto en forma de medialuna que lanza unos destellos brillantes de color verdoso.