Capítulo 54
Alrededores de Göbekli Tepe
Al mediodía
Después de despedirnos de los amables habitantes de la zona, cosa que no sucede tan a menudo, ya que normalmente las tribus son bastante reservadas y desconfiadas, volvimos al punto de partida.
Encontré la mochila a la primera, algo que me sorprendió.
Tras ponernos de acuerdo en la fecha, saltamos de nuevo y llegamos al destino sin demasiadas complicaciones.
Lucía apenas sintió nada extraño y a mí me fue muy fácil viajar.
Si no fuera porque acabamos sentados en un lodazal y nos llenamos la túnica de barro, todo hubiera ido de maravilla.
Eso sí, no tengo ni la más mínima idea de en qué año estamos, pero hace más frío y resulta evidente que deberíamos haber traído alguna prenda de abrigo.
Y eso que el sol está en lo alto del cielo, lo que quiere decir que es mediodía, más o menos.
No me quiero ni imaginar cuando caiga la noche.
Espero encontrar lo que busco y volver al presente lo antes posible.
Muchos metros antes de llegar al lugar donde, en teoría, debería estar el yacimiento, ya podemos ver parte de la construcción. Lucía y yo nos detenemos a la vez, a distancia, con la boca abierta.
Lo que tenemos ante nosotros no tiene nada que ver con los restos que quedan en nuestro presente.
Ni siquiera con el templo que vimos en el último viaje.
Es muy distinto. Ya lo dijo el anciano, que ellos estaban cambiando las piedras de sitio para hacer ese lugar tal y como querían.
Ahora distinguimos con claridad que estaban modificando la estructura del templo original, o lo que sea este lugar.
—Está irreconocible —susurra Lucía.
—Si el original que vemos no tiene nada que ver con el de nuestro presente, quizá este no sea el lugar que buscamos. Podría ser que las piedras del león y las del resto de animales no se coloquen hasta dentro de miles de años —advierto, compartiéndole unas dudas que acaban de aparecer.
Lucía asiente.
—Bueno, no sé, ya que estamos aquí no perdemos nada por ver de cerca esta maravilla —indica ella antes de comenzar a caminar hacia el lugar.
En cuanto llegamos percibimos que algo no cuadra.
Tenemos delante una enorme obra de forma circular con paredes de tres metros de altura. La colocación de las enormes piedras es, simplemente, impecable.
Me acerco al muro y paso la mano por encima.
No sé qué tipo de piedra es, quizá granito.
—Juraría que es la misma roca con la que más tarde harán Göbekli Tepe —opina. Creo que tiene razón.
La colocación entre ellas es perfecta.
Casi todos los bloques son distintos en tamaño y forma, pero encajan al milímetro. Otra vez este tipo de arquitectura que ya vi en el cubo de las grutas, bajo El Escorial.
A miles de kilómetros de aquí.
A miles de años en el tiempo.
Lucía camina delante de mí siguiendo el muro circular. Supongo que está buscando una entrada. No dice nada, solo toca las piedras una y otra vez. No hay restos de escritura ni dibujos ni dato alguno que nos revele quién lo ha hecho ni en qué época estamos .
—¿Qué opinas? —le pregunto.
—Pues que estoy muy perdida —responde al instante.
Pues si no lo sabe ella, vamos listos.
Tras caminar unos minutos bordeando el recinto, encontramos una entrada. Por fin. Me asomo y escucho con atención.
No hay nadie.
Tampoco hemos visto gente en los alrededores, es como si este lugar estuviera abandonado.
La verdad es que eso sería un problema, porque no tengo ni idea de en qué fecha estamos y no sé cuándo será el equinoccio que nos interesa.
Información que, casi seguro, los que construyeron este lugar sí conocen.
El interior es amplio.
Un círculo enorme y diáfano.
Para mi tranquilidad, compruebo que dentro del recinto están las decenas de piedras en forma de T que vimos en el yacimiento de nuestro presente.
Siguen en el mismo lugar, aunque parezca increíble.
La diferencia es que ahora están pulidas, rectas, brillantes e imponentes, con sus aristas perfectas y los dibujos impecablemente esculpidos y pintados con colores llamativos.
Son más grandes de lo que recuerdo.
O lo parecen.
Hay una que destaca por encima de las demás, gracias a su color rojizo: la del escorpión con el buitre.
No puedo dejar de mirarla.
Lucía tampoco.
Es una maravilla.
— A-ba-me-en —dice una voz masculina a nuestra espalda, dándonos un susto de muerte. Ha hablado en un dialecto del sumerio que he entendido bastante bien.
Nos giramos, sobresaltados, y vemos al hombre que ha hablado. Está solo, de pie y a unos metros de distancia.
Lleva las manos en la espalda .
Lucía se queda muda, incapaz de dejar de mirarlo. Yo estoy igual. Algo en él me atrae y no sé por qué.
Es algo más alto que yo, cosa extraña para este tiempo. Un tío así, de metro ochenta y pico, debe cantar entre el resto del pueblo como un pescado pasado de fecha.
Es moreno y con la piel curtida por el sol.
No deja de observarnos.
Viste una especie de túnica blanca, larga hasta los tobillos, parecida a las típicas de los árabes. El pelo y la barba son negros y sin canas. Lleva el pelo largo y la barba poblada, al igual que sus cejas. Su mirada es profunda pero calmada. No veo peligro en él.
— Me-luh-ha en-e-ne —le contesto.
Lucía me mira extrañada.
—Le he dicho que somos gente de paso, o algo así.
El hombre asiente.
— A-na maḫ-e ki-a-ba igi-in —dice con toda la calma del mundo.
Parece increíble, pero lo entiendo un poco mejor que al anciano del viaje anterior.
A pesar de que el lenguaje es un poco distinto, la forma de construir las frases me facilita la comprensión.
Y eso que estamos atrás en el tiempo por varios miles de años.
—Quiere saber qué estamos haciendo aquí o qué buscamos en este lugar —le traduzco a Lucía.
En ese instante, una mujer aparece por la entrada del templo. Es casi tan alta como él. Lleva una túnica idéntica. Es morena, de pelo largo y rasgos suaves. No sabría decir la edad de ninguno de los dos.
Lucía los mira sin abrir la boca.
Supongo que ella tampoco esperaba encontrarse a gente como ellos en una época tan antigua. Quizá nos imaginábamos a hombres rudos, cejijuntos, peludos, sucios y apestosos, con los dientes negros y un taparrabos como ropa. Algo no me está cuadrando .
Ni a Lucía tampoco, lo veo en sus ojos.
—¿Qué te pasa? —le pregunto.
—No lo sé. Te confieso que estoy muy perdida. No tengo palabras —responde sin más.
La mujer se acerca a ella, sonriente, y le tiende las manos con las palmas hacia arriba. Lucía la mira. Tiene los dedos largos y las uñas están cuidadas, sin manicura, porque ya sería la bomba, pero sí muy limpias.
Lucía las agarra y cierra los ojos.
— Šul mu-na-šub —dice la mujer con voz sugerente.
Lucía no ha entendido que le acaba de dar la bienvenida, pero en su interior lo ha comprendido, porque al instante agacha la cabeza en señal de agradecimiento.
Dicho esto, se la lleva de la mano hacia el exterior del templo sin que Lucía se oponga. El hombre me mira y me hace señales para que las siga. Por supuesto, yo voy detrás de ella porque no la voy a dejar sola ni a perderla de vista un solo segundo.
Una vez fuera del recinto, caminamos hacia una de las colinas que están cerca, en el lado opuesto por el que hemos llegado.
A pesar de que el lugar es verde y frondoso, con grandes árboles por todo el terreno, hay caminos estrechos por los que se puede andar con comodidad.
Se nota que están hechos por la mano del hombre.
Unos minutos después, llegamos a la parte más alta de la colina y, desde allí, observamos que al otro lado hay un enorme poblado repleto de edificios. Puedo ver a muchas personas caminando por las calles y las plazas de esa pequeña ciudad.
Las casas que vemos, de hasta tres plantas de altura, son todas de color tierra.
Parecen construidas con las mismas rocas que han usado para el templo, o lo que sea ese lugar que acabamos de dejar.
Si no supiera en qué tiempo estoy, no podría ubicarme con exactitud.
Esta ciudad supera a cualquier urbe civilizada de la Alta Edad Media.
Huele a limpio. No tiene el tufo a podrido que desprenden las ciudades medievales que he pisado decenas de veces.
Poco después llegamos hasta una plaza atestada de gente.
Las calles son anchas, rectas y están tan bien adoquinadas que podría ir en bicicleta sin dañarme el coxis, cosa que no se puede decir de algunas grandes ciudades de mi presente.
En el centro de la plaza hay una enorme fuente que representa un león por cuya boca brota un chorro de agua cristalina.
El agua cae a una piscina redonda que contiene enormes flores de colores que flotan en la superficie y se mueven a merced de la corriente.
Lucía y yo nos miramos sin entender nada.
Toda la gente que nos rodea viste igual. Algunos llevan el pelo más corto, o recogido, pero la moda en este tiempo parece ser muy uniforme y todo el mundo la respeta.
La mujer nos hace señas para que entremos en una de las casas más grandes del lugar. Tiene una puerta ancha de madera, que bien podría pasar por una de las de nuestro tiempo. El portón tiene pomo y picaporte, pero no veo una cerradura.
Nada más entrar, sentimos una agradable temperatura.
La casa cuenta con amplios ventanales que dejan entrar la luz natural. No tiene cristales, pero sí contraventanas de madera que supongo que cierran por la noche o cuando hace frío.
Un olor apetitoso impregna el ambiente y me recuerda a la comida casera de mi tía Rosa.
Dentro no hay luz eléctrica, pero ahora tampoco se necesita, ya que el techo dispone de unas grandes claraboyas que dejan pasar la luz del sol.
No sé cómo lo harán por la noche, porque no veo velas ni antorchas por ningún lado, ni señales de que se hayan usado.
En el centro de la estancia hay una mesa de madera grande y robusta.
Alrededor de ella se reparten varios taburetes y algunas sillas con respaldo.
Todo es muy parecido a lo que tenemos en nuestro tiempo, lo que nos deja perplejos.
Los libros nos han enseñado que en esta época íbamos detrás de los animales con palos, arcos y piedras.
Lucía se sienta frente a la mujer.
El hombre espera a que yo haga lo propio para colocarse enfrente de mí. Al instante, varias personas entran en la casa y se sientan alrededor de la mesa sin decir palabra. No tengo miedo, pero eso no quita que esté algo nervioso.
Esta situación parece muy civilizada, no hay gritos ni malos modales, aun así, estoy con la guardia en alto y mi sentido arácnido despierto a la espera de recibir cualquier señal extraña.
Un par de chavales, que no tendrán más de diez años, con los pelos largos y alborotados pero limpios como una patena, dejan en el centro de la mesa una bandeja de madera con diversas frutas. Lucía las mira y se lanza a por una mandarina, o eso parece ser.
De momento, yo paso.
— Šul mu-na-šub —dice el hombre más anciano, que se ha sentado presidiendo la mesa, lo que nos hace pensar, como es normal, que es el que lleva la batuta en este lugar.
Lucía y yo asentimos. Creo que ella ya imagina que quiere expresar algo parecido a un saludo.
— Igi-me-en mu-un-de-a-ke —añade a los pocos segundos. Busco en mi memoria y encuentro la traducción aproximada a esas palabras. Mi pulso se acelera y un sudor frío comienza a brotar de mi frente.
La mirada del hombre que habla es directa.
No pestañea.
Se acaricia la barba larga y blanca, paciente.
Me recuerda a Gandalf, pero sin el bastón mágico.
Hay un atisbo de sonrisa en sus labios que me inquieta.
Lucia carraspea para llamar mi atención. La miro.
Ella abre mucho los ojos y me hace señas para que le traduzca lo que el hombre acaba de decir .
Estoy un instante en silencio, pensativo.
—Quim… —Me toca el brazo, impaciente.
Abre los ojos al máximo.
Quiere saber.
—Dice que estaban esperando nuestra llegada.