El Velo de Cronos (Las aventuras de Quim Mora 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

Alrededores de Göbekli Tepe

Al atardecer

Pasan unos segundos hasta que la densidad del aire a mi alrededor me indica que hemos llegado.

Esta vez no he dejado de sentir las manos de Lucía en ningún momento.

Abro los ojos y compruebo que la luz del día no es tan fuerte.

Diría que es el sol se está poniendo. Aunque bien podría ser el amanecer. Cuando vea dónde está el sol lo sabré.

Miro a Lucía y veo que tiene los ojos abiertos. Está consciente, despierta, como si fuera toda una profesional de los viajes al pasado. Quizá el cuerpo se ha acostumbrado y no lo ha pasado tan mal como en el primer salto.

El paisaje que nos rodea es parecido al que hemos dejado. Yo diría que todavía es más salvaje, más espeso y frondoso. Dejo la mochila oculta entre unas piedras que no estaban antes del salto y la cubro de hierbas. Espero poder encontrarla a la vuelta.

Nos ponemos en pie, con cuidado.

El ambiente es bastante más fresco.

El olor también es distinto. Creo que flota en el aire el aroma de carne haciéndose en una hoguera.

Mi estómago ruge .

Observamos en derredor y nos damos cuenta de que hay una columna de humo que asoma por donde debería estar el yacimiento. En este instante, viendo la posición del sol, compruebo que estamos en las últimas horas del día.

—Vamos hacia allá —indico, señalando al humo.

No es que quiera interactuar con los habitantes de la zona, es que allí está lo que hemos venido a buscar. No queda otra.

Tras unos minutos caminando llegamos al lugar.

Lucía se queda con la boca abierta, embobada.

El templo que se levanta ante nosotros no se parece en nada al que me imaginaba que debía ser.

—Es mucho más grande —susurra anonadada.

—Y mucho mejor construido —añado al ver las enormes piedras que forman los muros exteriores.

A pocos metros, un grupo de hombres vestidos con ropas hechas de piel mueven rocas de un lado a otro. A su lado, varias mujeres nos contemplan mientras cocinan en el fuego. Unos cuantos niños corren por la zona, siempre cerca de las hogueras.

Todo parece normal. Tranquilo.

El templo que se levanta ante nosotros es distinto al que hemos visto esta mañana. Y no es solo porque ahora esté en pie y enterito, no, es que es muy diferente a los dibujos que tenía la guía. Esto que vemos debe de ser el recinto D que nos contó, el primero en ser construido.

A mi memoria llegan sus comentarios: «El primero y el mejor construido. Los que se hicieron después eran de peor calidad, algo inusual, porque lo normal es que con el tiempo se perfeccione la técnica».

—No sé, pero hay algo que no me cuadra —dice Lucía, ante la atenta mirada de casi todos los presentes.

—¿Qué es? —quiero saber, aunque lo intuyo.

—Lo que vemos es espectacular, no tiene nada que ver con los restos que hemos visitado —indica ella .

Pensamos lo mismo.

Un par de hombres se acercan hasta donde estamos.

No llevan armas.

Se detienen a un par de metros y hacen un gesto con la cabeza. No sé qué quieren decir, pero es un gesto amable.

— Nin-zu zi-da —dice el más anciano, con una voz grave y profunda pero agradable a la vez.

Lucía me mira, asustada.

— Zi-ga lu-kal —contesto, a la vez que inclino la cabeza tal y como ellos han hecho.

Los dos hombres sonríen.

Veo por el rabillo del ojo que Lucía me mira.

El anciano, que tiene una poblada barba canosa, nos hace un gesto con su mano y nos invita a acercarnos al fuego.

El sol cada vez calienta menos y comienza a refrescar.

—¿Qué ha dicho? ¿Cómo lo has entendido? ¿En qué lengua hablan? —quiere saber Lucía, como es normal.

—Es una variación del sumerio. El saludo sí lo he entendido, veremos ahora cuando hablen.

—¿Sumerio? —pregunta con los ojos como platos.

—Es una lengua que se hablaba en esta zona.

—Ya sé lo que es el sumerio, pero ¿cómo sabes hablarlo? Es una lengua muerta —pregunta, antes de sentarnos junto al grupo.

—Muchos viajes —me limito a contestar.

Ahora no es el momento de ponerse a dar explicaciones.

Una de las mujeres entrega una bandeja de madera a Lucía. Sobre ella descansan un pedazo de carne humeante y unas verduras.

—Esto huele de maravilla —me dice Lucía.

—Dile a la mujer: aš-me —le digo al oído.

— Aš-me —dice ella con una sonrisa.

La otra mujer también sonríe mostrando unos dientes bastante blancos para esta época. No debe de ser muy mayor, quizá yo soy el mayor de todos, exceptuando al de la barba canosa. Eso o es que está muy estropeado, que también podría ser.

Instantes después me pasan otra bandeja con lo mismo.

Pruebo la carne y se me deshace en la boca.

—Mmm, está deliciosa.

Ellos me miran sin entenderme.

Busco en mi memoria y, gracias al efecto Pausa, encuentro las palabras adecuadas para expresarme.

— Ḫe-gal —les digo, que significa algo así como que me gusta mucho.

El anciano de la barba me pasa un cuenco con líquido.

Esto ya no me mola tanto.

Tengo malas experiencias con las bebidas del pasado, desde fiebres horrorosas hasta jornadas enteras sentado en la taza de un baño, si es que existe en la época, si no, agachado junto a un árbol.

Me lo llevo a la boca y me mojo los labios.

Hago como que bebo y se lo paso a Lucía, que me mira con un poco de asco.

—No bebas —le susurro con una sonrisa, para que nadie sospeche que somos unos desagradecidos—. Solo moja los labios y haz como si tragas, pero por nada del mundo bebas.

—¿Puedo comerme la comida? —pregunta, aparentando normalidad. Ha entendido a la perfección que debemos hacer un poco de teatro.

—Sí, sin problema. Todo lo que esté cocinado no nos hará ningún daño, pero ni agua ni vino ni nada líquido.

Ella asiente y hace como que bebe.

Varias de las mujeres señalan el collar de cuentas que Lucía lleva puesto. Hablan entre ellas.

—Creo que les gusta mi collar —dice Lucía.

—Se lo puedes regalar como agradecimiento a su hospitalidad. No tiene valor, son piedras del chino —le indico .

Ella se lo saca y lo tiende a una de las mujeres, que abre los ojos y lo acepta de buena gana, después de darle las gracias en su idioma.

El anciano sonríe al ver este gesto y nos muestra los huecos que quedan en su dentadura. Podría ser peor.

—¿Qué están construyendo? —le pregunto al hombre en su idioma, a la vez que señalo a su espalda.

Él contesta con frases sueltas de las que solo entiendo unas pocas palabras. Aun así, el contexto me queda claro.

—Dice que no están construyendo nada, que tan solo lo están cambiando a su gusto. Moviendo las piedras o algo así.

—Pregúntale cuánto hace que este lugar está construido y quién lo hizo —me sugiere Lucía.

Le interesan los datos, como buena historiadora.

Al cabo de cinco intentos el hombre parece entenderme.

Asiente con la cabeza, intercambia unas frases con los que tiene al lado y me contesta algo que me deja perplejo.

Miro a Lucía y ve la sorpresa en mis ojos.

—Dice que este lugar lleva aquí desde que recuerda la memoria del primer hombre —le informo tras pensar las palabras durante un tiempo prudencial.

—O sea, que es más antiguo que todos ellos.

Yo asiento.

El anciano habla de nuevo.

Su voz es calmada, sabia a su manera.

—Dice que desde hace muchas nieves, las tribus se han quedado alrededor de este templo porque se sienten seguras.

—La guía tenía razón —indica Lucía—. La gente se quedó a vivir cerca de aquí hasta que formaron pueblos que acabaron cultivando la tierra y, casi seguro, eso dio paso a la civilización. Es increíble. Hay que volver y contárselo.

Al segundo de decir esto, ella misma advierte que lo que acaba de soltar es una locura.

—Lo sé, lo sé —susurra .

—Debemos volver al punto de partida. Hemos de viajar hasta el equinoccio de primavera —le indico.

—¿En qué fecha estamos? —me pregunta.

—Diría que sobre el 10000 antes de Cristo, pero no te lo puedo asegurar de ninguna manera —le confieso.

Ella me interroga con la mirada.

—Ya que tenemos que volver a saltar y no sabemos cuándo es el día concreto que buscamos, ¿por qué no vamos hasta el principio? Al instante en que construyeron esto.

Yo sopeso lo que dice.

—Si los constructores escondieron el velo, qué mejor que preguntarles a ellos directamente —opina Lucía con mucha razón.

—No es mala idea —digo convencido. Entre otras cosas, porque no me veo capaz de dar con el momento exacto del equinoccio ni estando aquí todo un año.

—Para eso debemos averiguar cuántos años atrás tenemos que viajar, porque este templo parece llevar bastante tiempo levantado —razona ella, que sabe de lo que habla.

Le pregunto al hombre si sabe cuándo se colocaron las primeras piedras, a ver si así lo entiende mejor y me puede dar una respuesta más aproximada.

El anciano intercambia unas palabras con otros hombres y en cuanto llegan a un consenso, nos da una respuesta.

Yo escucho con atención.

Repito lo que no entiendo para que me lo aclare.

Este dialecto es muy distinto al sumerio que se hablará aquí dentro de seis mil años, pero seguro que es la base.

Tras unos minutos me queda algo más claro.

—Dice que la primera piedra se colocó ante la presencia de la gran montaña de hielo.

Lucía me mira, perdida.

—Durante la última glaciación —traduzco.

Ella abre los ojos todo lo que puede .

Las llamas anaranjadas del fuego se reflejan en su rostro y le confieren un aspecto intrigante.

—Eso nos lleva hasta…

Hace cálculos mentales, concentrada.

—El período glacial tardío, según los libros de Historia, duró unos dos mil setecientos años y acabó sobre el 13000 antes de Cristo —me dice en voz baja Lucía, como si fuera un secreto.

Se ha olvidado de que esta gente no entiende ni papa de lo que hablamos—.

O sea, que, más o menos, estamos hablando de un período comprendido entre el 13000 y el 10300 antes de Cristo. Ahí es nada.

—Empezaremos por el más lejano y de ahí vamos retrocediendo —le propongo.

—Eso si no consideramos el último período máximo glacial, donde, por supuesto, también había una gran montaña de hielo —indica de nuevo, absorta en sus pensamientos como si no hubiera nadie más a su alrededor—. Porque ese duró siete mil años, comenzando en el 27000 antes de Cristo.

Yo sonrío.

—Tranquila. Tenemos todo el tiempo del mundo para encontrar lo que buscamos —le digo antes de acabarme de un bocado el suculento trozo de carne, que, sin duda, es el mejor ciervo que he probado en mi vida.