Capítulo 52
Pasado
Alrededores de Göbekli Tepe
Al mediodía
Tras un tiempo inmerso en la oscuridad más absoluta, comienzo a notar el contacto del suelo bajo mis posaderas.
Intento abrir los ojos, pero la luz del día hace que me duelan.
Palpo con las manos y percibo la presencia de Lucía.
Eso me tranquiliza. Estamos juntos y no se ha quedado perdida en el tiempo.
Agarro sus manos, están frías. Aprieto varias veces, todavía con los ojos cerrados, pero no recibo respuesta.
Cabía esa posibilidad. Espero que solo sea un desvanecimiento temporal, tal y como le ocurrió a mi padre.
Al cabo de un momento puedo abrir los ojos.
Lucía está frente a mí, con las piernas cruzadas. Al soltar sus manos cae hacia atrás, sobre un terreno verde, frondoso, rebosante de hierba y enormes flores de colores.
Huele a limpio. A naturaleza pura.
La colina tras la que nos habíamos escondido no existe, pero el campo en el que estamos sentados es tan tupido que apenas se nos ve por encima de la maleza.
No podría ver venir a un puma o un león, la verdad.
Mis pulsaciones se aceleran de golpe al pensarlo.
Debo estar alerta.
Tiro de las manos de Lucía y la incorporo para dejarla sentada. Apoyo su cabeza en mi hombro y acaricio su pelo. Sigue dormida, pero estoy seguro de que despertará en breve. No me perdonaría por nada del mundo dejarla en coma.
No podría soportarlo.
Tose.
Su cabeza se mueve.
Cojo su cara entre mis manos y la miro.
Tiene los labios agrietados a pesar de que acaba de beberse una botella enterita. Me quito la mochila, vigilando que Lucía no se caiga hacia atrás de nuevo, y saco otra botella.
Le da algunos tragos con bastante esfuerzo.
Pasan varios minutos hasta que sus ojos se abren y comienza a espabilar. Mira hacia todos los lados, en silencio. Poco a poco, todo lo que ve es procesado por su cerebro. A medida que Lucía va comprendiendo lo que la rodea, su asombro crece como nunca hasta ahora.
Me mira.
—Es verdad que hemos viajado en el tiempo —susurra.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto.
—Muy cansada —responde ella—. Muchísimo.
—Toma, come esto, te dará fuerzas —digo entregándole una barrita de chocolate y caramelo.
Dos segundos después ya se la ha zampado.
—¿Dónde estamos?
—En el mismo lugar.
Ella asiente, sin dejar de acariciar las flores que nos rodean.
—¿Cuándo estamos? —pregunta de nuevo.
—No tengo ni idea.
—Pues vaya caca de viajero que eres —me suelta.
Su ironía me dice que ya se está recuperando.
Sonrío. Eso me tranquiliza.
—No hay manera de saber el tiempo si estás en un lugar donde no existe el calendario tal y como lo conocemos.
—En eso tienes razón. ¿Una aproximación ?
—Hasta ahora, el salto más grande que he hecho fue de casi cuatro mil años. Esta vez me he esforzado todavía más, así que supongo que será, como mínimo, el doble.
La verdad es que no lo sé porque vamos dos al precio de uno, pero no quiero parecer preocupado ni inseguro. Debo hacer que se sienta a gusto en su primer viaje.
—Yo diría que podemos estar alrededor del año 6000 antes de Cristo, más o menos —le cuento, todo lo convencido de lo que soy capaz.
En realidad, no tengo ni pajolera idea.
Ella me mira absorta.
—No puede ser…
Esta frase la repite varias veces. Con el mismo tono.
Me levanto con cuidado, sin dejar de mirar en todas direcciones. Observo el terreno que nos rodea. Ella se pone de rodillas y levanta la cabeza para echar un vistazo por encima de la maleza.
El clima es más húmedo y fresco.
Hasta donde alcanza la vista veo praderas salpicadas de matorrales, encinas y otros árboles que no distingo.
No es para nada un paisaje árido, sino un mosaico de vegetación y de bosque.
En el horizonte se pueden distinguir suaves colinas y quebradas, con pequeños arroyos que seguro alimentan multitud de charcas temporales, tan importantes para la biodiversidad local, que sin duda es muy variada.
Lucía se pone en pie y admira el panorama.
—Esto es increíble —deja escapar en un murmullo—. No me lo puedo creer. Es una pasada, Quim.
Está flipando pepinillos, como diría mi padre.
La agarro de las manos y hago que se agache de nuevo.
Me interroga con la mirada, sin comprender por qué.
—Debemos vestirnos de época —le explico en voz baja, a la vez que abro mi mochila—. Sé que te has saltado la carrera de viajes en el tiempo, así que aquí tienes tu primera lección: pasar desapercibidos.
Ella asiente. Entiende que es primordial.
—Desnúdate y ponte esta ropa —le indico.
Mira lo que le entrego y levanta las cejas.
—No me voy a quitar la ropa interior —me avisa.
—Me parece bien. Estamos tan atrás en el tiempo que nada de lo que llevemos sobrevivirá para cambiar la historia.
Una vez nos acabamos de cambiar nos ponemos en pie.
No tenemos mala pinta.
Yo llevo una túnica de piel amarrada con un cinturón hecho de fibras vegetales. Lucía lleva algo parecido, pero adornado con un brazalete y unas cuentas.
—Las sandalias son supercómodas —dice ella.
—Son modernas —le informo—. De un cuero tratado para que no salgan llagas. Nada que ver con las de ahora, pero visualmente no dan el cante. Me las hace a medida un zapatero que está cerca de la basílica del Mar.
Amarro la faltriquera al cinturón. Es la bolsa de tela donde llevo objetos para intercambiar y algunos frutos secos. A su lado coloco una daga.
La otra me la escondo.
—No me puedo creer que estemos aquí, Quim.
Está flipando.
—Espero que no hayamos caído en medio de una guerra o algo por el estilo —me dice algo asustada.
Yo niego con la cabeza, aunque todo puede ser.
—Prefiero la guerra contigo al invierno sin ti —le digo.
Ella sonríe.
—Me temo que no conocerán a Sabina en estos tiempos.
—Ellos se lo pierden.
Dejo la mochila escondida entre las hierbas antes de comenzar a caminar hacia el yacimiento, sin dejar de vigilar cada ángulo que nos rodea .
Por el camino nos encontramos con un par de ciervos y algunos caballos salvajes. Aunque no los hemos visto, estoy seguro de haber escuchado jabalíes. Solo espero no cruzarnos con depredadores como leones o lobos que, casi seguro, pueden estar acechando entre la maleza.
Al cabo de unos quince minutos llegamos a la zona donde debería estar el yacimiento de Göbekli Tepe. Pero no está. Miramos a nuestro alrededor sin decir nada. El sol está ahora sobre nuestras cabezas y cae de lo lindo.
—Esta es la colina sobre la que hemos estado antes observando la excavación —indica Lucía—. Mira, ven, este, más o menos, es el punto donde la guía hizo la foto que nos mostró. Entre aquellas colinas del fondo sale el sol en el equinoccio.
Su brazo está extendido en la dirección que indica.
Miro el terreno y compruebo que allí no hay nada.
—¿Quizá te has pasado en el salto y todavía no está construido? —opina.
Yo niego en silencio.
No lo creo.
Observo de nuevo la colina y me percato de que la flora que nos rodea es distinta a la que hemos visto durante el trayecto. Esta de aquí es mucho más pobre.
—Creo que hemos llegado tarde —le indico.
—¿Qué quieres decir?
—Mira esta área, es menos espesa que el resto. Toda esta colina está mucho más pelada —señalo a nuestro alrededor y ella observa con detenimiento.
—La guía dijo que todo este complejo fue enterrado sobre el año 6000 antes de Cristo —recuerda Lucía, con gran acierto—. Cubrieron la zona de tierra y piedras, por eso comentó que se ha mantenido tan bien conservado.
—Yo diría que no hace mucho que lo enterraron —opino .
—Entonces debemos estar sobre esa época —indica pensativa, sin dejar de mirar la zona—. Es flipante, 6000 antes de Cristo. No me lo puedo creer…
Yo asiento.
Esto no lo va a olvidar jamás.
—Debemos viajar más al pasado todavía —le digo.
—Unos tres o cuatro mil años más —indica.
Sonríe.
—¿De qué te ríes? —le pregunto.
—Viajar al pasado unos tres o cuatro mil años, como si fuera lo más normal del mundo —dice con una sonrisa que le ilumina el rostro.
Se nota que es feliz.
—Pues vamos al lío —le apremio—. Hay que volver al mismo punto al que hemos llegado para saltar desde allí. Será mucho más seguro que hacerlo desde aquí.
Tras otra caminata de vuelta llegamos al punto de partida. No te creas, que nos ha costado un huevo encontrar la mochila que dejé oculta entre tanta maleza.
Nos volvemos a sentar, como antes.
Lucía está frente a mí con nuestras manos entrelazadas. Esta vez me mira distinto. Ahora ya sabe que lo de viajar al pasado es real. Está orgullosa.
Impaciente.
No puede dejar de sonreír.
Me concentro al máximo y recibo con ganas a una oscuridad que llega de una forma rápida y agradable, justo en el instante en que mi cuerpo deja de pesar.